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Desaprender para aprender

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Está bien que haya gente que te descubra maneras nuevas de ser, de estar o de hacer.

Qué necesario es que cuando tú te centras en hacer lo urgente cada día -que no es poco-, haya alguien cerca de ti que se busca la vida, para hacer las cosas mejor. Alguien que te recuerde que podemos aprender maneras nuevas de resolver las situaciones cotidianas, cuando no nos satisface el estilo con el que habitualmente gestionamos, por poner un ejemplo, las discusiones con nuestros hijos.

Algo se removió en mi interior el pasado fin de semana cuando una amiga me envió media docena de mensajes sobre el taller sobre disciplina positiva al que se había apuntado.

Me recordó a mí misma, cuando hace años devoraba cualquier artículo o libro que tuviera que ver con la crianza. Y aunque ahora con lo que pierdo la noción del tiempo es con textos sobre adolescencia, el reto de entrenarnos en paciencia, amabilidad y respeto hacia nuestros hijos, sin que esto esté reñido con la firmeza, se me hace tan atractivo como después de dar a luz a mi primer hijo, hace ya catorce primaveras.

Después de años de experiencia criando a tres niños muy diferentes he aprendido a no creerme horrible por dar una voz o a no pensar que soy mala madre por no explicar las razones de cada cosa que hay que hacer en casa. También, que me parece menos traumático obligar a un niño a tomar una medicina «en un pis pas», que tenerse que inventar cada día una coreografía diferente para lograr este fin con creatividad y «sin forzar». Ya me conocéis, no soy mujer de extremos. Si algo me caracteriza es el sentido práctico. Algo que me lleva en ocasiones a obligar porque sí, si pienso que es lo mejor en ese momento o a parar el reloj y tener los cinco una conversación de las que no se olvidan, a las diez de la noche, si la situación lo requiere.

Lo más importante en todo esto es que cada uno encuentre su propio estilo de hacer las cosas en función de sus propias habilidades, de su carácter y de las circunstancias. No es lo mismo una casa en la que están disponibles ambos padres y solo hay un niño, que otra en la que es un adulto el que hace el pino puente para atender a cuatro chiquillos por las tardes, con sus deberes, sus baños y sus batallitas que contar. No hay las mismas opciones de creatividad y pedagogía, creo yo.

Aunque lo dicho, hay técnicas y trucos que funcionan y está bien conocerlos para poder ponerlos en práctica siempre que sea posible.

Yo le agradezco a mi compañera que me haya contagiado las ganas de aprender maneras diferentes de llegar a las diez de la noche. Porque … ¿por qué vamos a llegar de mal humor si podemos terminar el día echándonos un baile?

En este momento de mi vida, tengo bastante claro cuál es mi estilo como madre. Esto tiene como ventaja la seguridad que he ido ganando con los años, pero conlleva un riesgo que me horroriza: caer en el error de pensar que ya lo sabes todo. Porque no, nunca lo sabemos todo. Hay diferentes modos de hacer las cosas y en esto de ser madre tampoco quiero acomodarme. A ser padres nunca terminamos de aprender. Para las mentes inquietas, éste es el mayor atractivo de la maternidad. ¡Gracias Beatriz! @amparolatre

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