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Conversaciones

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Mi día ha estado marcado por dos conversaciones.

La primera de ellas con mi benjamina en el metro. Después de hacerme un gesto para que me agachara y me pudiera susurrar algo al oído, ha soltado la perla: «mamá me parece que tienes pelos de loca».

Vaya hombre, con lo bien que me veo yo con mi nuevo corte, oye. Y resulta que a ella este estilo despeinado que a mí me hace tanta gracia no le gusta nada de nada.

Me encantó que mi benjamina tuviera confianza para hacerme una crítica de tal calibre y también que decidiera decirlo «en bajito». Ella sabía que estaba siendo políticamente incorrecta y no era plan de gritarlo en medio del metro. ¡Bien por Sara!

Creo que la salud de la comunicación entre padres e hijos se mide con estos pequeños gestos. Que haya confianza para poder estar en desacuerdo me parece un indicador de que vamos por el buen camino. Si el resto de los pasajeros del metro se hubieran enterado, tampoco habría pasado nada. A estas alturas de la vida hay cosas que no pueden incomodarme. Pero reconozco que el hecho de que ella quisiera hacerme la confidencia «en bajito», le dio a nuestra conversación mañanera un plus de encanto.

No puede evitar acordarme de la delicadeza de Sara unas horas después. Salía del trabajo y detrás de mí avanzaba un grupo de media docena de adolescentes. No es que quisiera espiarles, pero hablaban tan fuerte que no pude evitar enterarme de su conversación.

Hablaban de intimidades, pero las gritaban a los cuatro vientos y eso me dio pena. Se preguntaban unos a otros por la condición sexual. En algún momento yo misma dude de si estaba entendiendo correctamente lo que decían, porque me perdía entre tantas opciones. Había para todos los gustos, pero sobre todo lo que había era mucha confusión y poco pudor.

Cuánta responsabilidad tenemos los adultos en el acompañamiento de los chicos y chicas de estas edades para acompañarles en su desarrollo y en esta tarea tan complicada de encontrarse a uno mismo. Por el camino, además de despejar interrogantes también hay que aprender a saber estar, saber decir y también a saber callar. ¿Quién, cómo y dónde se aprenden estas actitudes tan importantes en la vida?

Creo que nadie debería mirar para otro lado. La familia y la escuela son lugares privilegiados para ello, pero cualquiera puede ser ejemplo de buena educación y un espejo en el que se miren los jóvenes. Nunca sabe uno el poder que tienen los gestos de cada día. A «mi adolescente favorito» siempre le llama la atención las conversaciones que tiene con un chico que pide dinero en la esquina de casa. Siempre educado, siempre sonriente. Los modales, la delicadeza, el buen humor o la alegría siempre acercan a las personas. Nunca están de más. @amparolatre

 

 

 

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