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Católicos amantes del skate

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A ver cómo lo podría explicar sin recurrir a una grosería, que es lo que me pide el cuerpo. Porque como le acabo de decir a mi hijo, «qué ganas tengo, de no tener ganas, de lo que tengo ganas».

Y como uno de mis mayores propósitos con mi hijo mayor actualmente es dar ejemplo de autocontrol, no recurriré a la grosería.

Lo que quiero explicar para el que no lo sepa es que los católicos no somos bichos raros. Mi día transcurre como el de tanta gente. Me cuesta levantarme y hay días que no me apetece ir a trabajar. A veces grito a mis hijos aunque deteste dar voces. Me gusta el vino y la cerveza. No sé qué más podría contaros. Me siento afortunada por la familia que tengo, por poder dedicarme a lo que me gusta y tener las necesidades básicas cubiertas. Me gusta reír y en ocasiones también lloro, por agotamiento, por rabia, de pena, también de alegría; porque soy humana en definitiva.

Hoy en una rueda de prensa con el sacerdote que atiende la parroquia de Las Rozas a la que solía ir Ignacio Echeverría (el español que ha perdido la vida en el último atentado de Londres) una periodista se ha extrañado de que un católico fuera aficionado al skate.

La verdad es que el comentario da risa, pero lo que indica es tremendo. ¿Es posible tanto desconocimiento? ¿Se trata de un caso aislado o son más los que piensan que a los católicos no puede gustarnos el rap, los tatuajes o los pantalones deshilachados?

No sé si alguien me verá como un bicho raro, pero lo cierto es que yo me siento una persona poco original.

Ignacio era un chico aparentemente normal, que además de practicar el skate, alimentaba el espíritu en un grupo de Acción Católica. Como ha explicado hoy su párroco, lo que le convertía en una persona extraordinaria es que «su corazón estaba preparado» para poner a su vida una rúbrica que le ha convertido en un héroe.

Llegados a este punto me parece interesante la siguiente reflexión de G.K. Chesterton: «El suicida es el antípoda del mártir. El mártir es un hombre que se preocupa a tal punto por lo ajeno, que olvida su propia existencia. El suicida se preocupa tan poco de todo lo que no sea él mismo, que desea el aniquilamiento general». @amparolatre

 

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