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A propósito del Día Mundial del Refugiado

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Una de las cosas que más me gustan de mi profesión es que me permite conocer a gente interesante como Jorge Naranjo, el misionero comboniano al que he tenido la ocasión de escuchar hoy, Día Mundial del Refugiado, durante la presentación de la Memoria del 2016 de Ayuda a la Iglesia Necesitada.

Lleva años en Sudán del Norte, dedicado en cuerpo y alma a ofrecer educación no solo a los sudaneses, sino a los refugiados que llegan de los países limítrofes y a los desplazados internos. Tiene claro que es la educación lo que marca la diferencia y lo que permite construir la paz. Y por eso las instituciones de la Iglesia con las que colabora no hacen distinciones de ningún tipo entre las personas a las que atienden.

Hoy al contarnos todo esto le brillaban los ojos. Y ha llegado un momento en el que he dejado de tomar nota para pensar en todas las decisiones complicadas que habrá tomado este físico de formación, pero misionero de vocación a lo largo de su vida; en todas las dificultades a las que se enfrentará a diario en un país como Sudán; en las veces que llorará de rabia o de impotencia aunque lo que hoy nos haya mostrado a todos sea una amplia sonrisa.

Y como aunque estén en el colegio, los llevo siempre conmigo, pensaba sobre todo en mis tres hijos. No deseo para ellos la ausencia de problemas o de dificultades en la vida. No. No es eso lo que quiero para ellos.

Para ellos quiero bondad, generosidad y coraje para tomar postura ante todos los dilemas que se les presentarán en la vida. Porque es esto y no una vida fácil lo que hará que sus ojos brillen como al misionero que he conocido esta mañana. Estoy segura. Es este brillo lo que quiero para ellos. @amparolatre

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