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¿Cómo se diseña una velada con el Papa? Entrevista con el director artístico

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Crédito: JB.Delerue | Diocese of Paris

Transformar el Stade de France en una "catedral al aire libre": ese fue el ambicioso objetivo de Jean-Baptiste Darantière para la vigilia por los jóvenes con el Papa León XIV el 25 de septiembre. Responsable del concepto, la dirección artística y la puesta en escena de esta extraordinaria velada, habla con Aleteia sobre los entresijos de este trascendental evento que tuvo repercusión internacional. Entrevista

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El Stade de France nunca había lucido tanto como una catedral. El 25 de septiembre, 80.000 jóvenes se congregaron allí en torno al Papa León XIV para una vigilia donde los actos escenificados debían dar paso a la oración. Detrás de esta espectacular transformación se encontraba un hombre: Jean-Baptiste Darantière, de 33 años. Responsable de la concepción, la dirección artística y la puesta en escena de la vigilia, Darantière habló con Aleteia sobre la creación de este extraordinario evento, explicando las decisiones que guiaron su organización y relatando también los numerosos imprevistos que marcaron los preparativos y la velada misma.

Usted fue responsable de la dirección artística y la puesta en escena de la gran vigilia en el Stade de France, que reunió a 80.000 jóvenes en torno al Papa León XIV. ¿Cuándo le propusieron esta tarea y, dada la magnitud del evento y el limitado tiempo de preparación, por dónde empezó su trabajo?

Jean-Baptiste Darantière: Cuando la Diócesis de París me pidió que supervisara la dirección artística, la creación y el desarrollo de la vigilia juvenil en el Stade de France, comencé por considerar cómo podía dotar al espacio de una atmósfera sagrada, propicia para la oración. Muy pronto, se me ocurrió una idea: transformar el Stade de France en una "catedral al aire libre".

La conexión con el rosetón de la Catedral de Notre-Dame de París se hizo entonces evidente. Diez meses antes, había sido responsable de la dirección artística y la puesta en escena del Congreso de la Misión en Bercy. Fue en esa ocasión cuando descubrí WePixArena, una tecnología que permite utilizar los teléfonos móviles de los participantes para crear luz o mostrar mensajes. Esta experiencia inspiró la idea de una vidriera viviente: instalar al público del Stade de France como una composición de fragmentos de vidrio en la grada, de modo que cada joven se convirtiera en un fragmento de color y, juntos, compusieran una obra de arte. Así nació el punto de partida de toda mi obra.

Una vez que el espacio se volvió sagrado, fue posible concebir todo lo demás. Sin esta vidriera, no podríamos haber imaginado toda la escenografía posterior: el fresco de los santos, las campanas de Francia, las peregrinaciones y los santuarios, las vocaciones religiosas…

Usted decidió dedicar un lugar significativo a los santos de Francia y la herencia cristiana. ¿Dónde encontró esta inspiración y cómo construyó la narrativa de la vigilia? 
El comité directivo quería proponer algo centrado en los santos de Francia. Para mí, el reto era crear un momento que fuera a la vez espectacular y profundamente espiritual, en un lugar que, por su propia naturaleza, no lo es, y ante el jefe de la Iglesia y 80.000 jóvenes que representan toda la diversidad de la Iglesia.

Era necesario imaginar algo capaz de unir a todos, aunque cada persona llegara con sus propias expectativas, convicciones, sensibilidades y gustos. Las únicas figuras que parecían verdaderamente capaces de hablar a todos y unirnos eran los santos de Francia. Porque son ellos quienes nos muestran el camino. Todos ellos, en su tiempo, soportaron pruebas extremadamente difíciles: guerras, convulsiones sociales, crisis, persecuciones… Realidades que, de diferentes formas y con la modernidad de nuestra época, aún resuenan con lo que viven los jóvenes hoy. Por lo tanto, me pareció esencial permitirles redescubrir, a través de estas figuras, algo de su propia historia. Como si los santos pudieran decirles: "No están solos. Lo que están viviendo, yo también lo he vivido. Pueden superar esta prueba, convertirla en fortaleza y, a través de ella, alcanzar el Cielo".

¿Cómo eligieron a los santos que incluirían? 
Durante la lluvia de ideas inicial, surgieron muchos nombres de santos, algunos más conocidos que otros. Sabía que era fundamental que todos se sintieran representados y que ningún santo eclipsara a otro. Fue entonces cuando surgió la idea de una cronología, que nos permite contar la historia de la Iglesia en Francia a través de los ojos de quienes la encarnaron: los santos.

Fue a través del acto de escribir que gradualmente logré identificar, para cada período, una virtud —ya fuera teológica o moral— capaz de caracterizar tanto la época como al santo que la vivió. A partir de ahí, la elección de las figuras surgió de forma natural, aunque obviamente era imposible incluirlas a todas. El objetivo principal era permitir que los jóvenes encontraran una conexión con sus propias experiencias actuales. Sus inquietudes sobre el futuro, las incertidumbres, un mundo en crisis, la guerra… Todas estas preocupaciones, en última instancia, no son tan diferentes de las que enfrentaron las generaciones anteriores. Por lo tanto, no hay necesidad de exagerar ni de intentar trazar paralelismos artificiales. Basta con observar lo que vivieron los santos, cómo actuaron, cómo oraron y cómo afrontaron las pruebas, para comprender lo que aún pueden enseñarnos.

La pregunta entonces se vuelve muy simple: ¿cómo puedo yo, en el siglo XXI, inspirarme en su ejemplo y vivir, a mi vez, con la misma entrega, la misma oración y la misma fe?

Tras llevar al público en un viaje a través de los siglos, ¿por qué decidió finalizar el espectáculo regresando al presente?
Cuando se narra una historia cronológicamente, me gusta la idea de sumergir al público, al final, en lo que viven hoy. Después de recorrer los siglos, era importante recordarles que la historia continúa. Lo mencioné durante la vigilia: Francia es el segundo país del mundo que más santos ha aportado a la Iglesia, y quería mostrar que esta historia sigue vigente hoy.

Fue un verdadero reto poder resumir, en tan poco tiempo, el pensamiento de los santos, su esencia, el siglo que vivieron y lo que tienen para transmitirnos.

Sin embargo, algunos críticos señalaron ciertas simplificaciones históricas en las narrativas.
Entiendo que los entusiastas de la historia y el patrimonio quizás no hayan encontrado lo que buscaban en el espectáculo, pero mi objetivo no era crear un espectáculo histórico. El objetivo principal era destacar, a través de cada siglo de la historia francesa y de los santos que vivieron en ellos, las virtudes que los caracterizan. Hablamos de fe, esperanza, humildad, valentía… todo lo que constituye Francia y lo que ha sido a lo largo de los siglos.

En última instancia, las fechas y los acontecimientos históricos importaban poco, siempre y cuando la esencia de la Iglesia en Francia estuviera claramente presente en el escenario. Y para mí, eso era lo más importante. También cabe destacar que el espectáculo fue muy breve: 18 minutos, de los cuales dos o tres se dedicaron a un final espectacular. Por lo tanto, fue un verdadero reto poder resumir, en tan poco tiempo, tanto el pensamiento de los santos, su esencia, el siglo en que vivieron y lo que tienen para transmitirnos.

Usted tomó la decisión, bastante espectacular, de hacer aparecer a los santos a través de sus reliquias. ¿Cómo surgió esta idea? ¿Y qué aportó su presencia real y tangible a la historia que quería contar? Por varias razones, no pudimos realizar la adoración del Santísimo Sacramento, así que surgió la pregunta de cómo crear un movimiento suficientemente espiritual, sagrado y profundo para llevar a todos a entrar en oración con el Papa. Simplemente hacer que León XIV rezara ante una cruz, por muy hermosa que fuera, me parecía insuficiente, porque el desafío que enfrentamos desde el principio fue inmenso: guiar a 80.000 jóvenes a un momento de silencio genuino. Así fue como surgió la idea de una reliquia lo suficientemente significativa, poderosa en espiritualidad, emoción y sacralidad, para crear este momento. Y para mí, las reliquias eran muy importantes, especialmente cuando teníamos la reliquia de Cristo. Su presencia nos permitió santificar aún más el lugar. 

Inicialmente, consideré la Santa Corona. Pero ya había sido venerada por el Papa durante las Vísperas, en una transmisión televisada. Rápidamente, la Santa Túnica se convirtió en la opción obvia. Y cuando adquirimos esta increíble reliquia de Cristo, con el sucesor de Pedro viniendo a orar ante ella —León XIV probablemente fue el segundo papa después de San Pedro en orar ante ella— sentí que era esencial reunir física y materialmente la procesión de los santos en torno a Aquel por quien habían dado sus vidas. La secuencia es obviamente muy poderosa espiritualmente, pero para mí, también sigue siendo sumamente dramática por lo que transmite. Me permitió crear una escena que era a la vez espiritual, conmovedora y espectacular, que, para mí, también era una oración en sí misma.

Desde una perspectiva espiritual, su presencia elevó verdaderamente el espectáculo y lo transformó en una experiencia de oración. Dejamos entonces atrás los fuegos artificiales, la emoción y la belleza de una obra de teatro, entre comillas, para entrar en lo sagrado y en la oración.

Las 80.000 personas en el Stade de France quedaron deslumbradas por el espectáculo. Pero detrás de lo que vieron, inevitablemente hubo eventos imprevistos, momentos de duda, pequeños contratiempos, pero también maravillosas sorpresas. ¿Qué le viene a la mente hoy cuando piensa en todo lo que sucedió antes y durante esa noche? 
Lo primero que me viene a la mente es una enorme sensación de alivio, pero también una inmensa gratitud por este espectáculo, porque claramente no era un éxito asegurado. En pocas palabras, solo hubo un día de ensayo, el sábado anterior, con las 450 personas que dieron vida al espectáculo, en un estadio con espejos en el segundo distrito de París, en completo secreto. También tuvieron que gestionar las pruebas de vestuario ese mismo día: 450 trajes para probarse en un solo día. Fue una verdadera maratón.

Luego, reunimos a todos la noche anterior al espectáculo para un ensayo que se suponía que duraría dos horas. Pero, debido al riesgo de interferencias por ruido, tuvimos que acortarlo. También es importante saber que toda la música se interpretó en directo. Hoy en día, al producir un programa de televisión, eso es prácticamente inaudito: cuando se interpreta música en directo, normalmente se utiliza una pista de acompañamiento pregrabada para que, si surge el más mínimo problema con un músico, la música pueda continuar. En este caso, nunca habíamos podido ensayar con la orquesta y el coro. Tampoco habíamos podido grabar la música con antelación. Así que, si la orquesta o el coro se retrasaban o adelantaban ligeramente con respecto a la narración, que estaba pregrabada, el programa se arruinaba.

Y, sin embargo, todo funcionó. Fue absolutamente extraordinario. Creo sinceramente que el fervor de los jóvenes, la presencia de los santos a través de las reliquias, pero también la presencia de la Santa Túnica y, por supuesto, la del Papa, fueron elementos que aseguraron que el Cielo nos protegiera durante esos 18 minutos de la ceremonia.

También hubo, por supuesto, eventos imprevistos, pero muy alegres, sobre todo cuando mi equipo me informó en el último minuto que funcionarios del Vaticano nos habían dicho que el Papa quería saludar a la multitud y dirigirse al escenario central. Tuvimos que desplegar discretamente, en tres o cuatro minutos, un pequeño ejército de técnicos para asegurar la zona y mover decenas de barreras a lo largo de 280 metros para permitir que el Papa saliera por el centro, subiera al escenario y saludara a la multitud. Fue una decisión muy espontánea por su parte, y es sin duda una de las imágenes que perduran de aquella vigilia: León XIV en lo alto del escenario, con una multitud inmensa a su alrededor. ¡Fue absolutamente mágico!

Lo sucedido tocó una fibra sensible mucho más profunda que la de una simple pantalla artística destinada a albergar al Papa.

Mirando hacia atrás, ¿cómo se explica la magnitud de las reacciones suscitadas por esta vigilia, mucho más allá de los 80.000 jóvenes presentes en el Stade de France?
Me conmueven profundamente las reacciones de los participantes, pero también de toda Francia e incluso a nivel internacional. Desde el viernes, he recibido cientos de mensajes. Esto demuestra que lo sucedido tocó algo mucho más profundo que una simple muestra artística destinada a dar la bienvenida al Papa. Y creo que esto se debe a varias cosas. Primero, a la sed que tienen hoy las personas por descubrir o redescubrir a las grandes figuras que han marcado la historia de la Iglesia, pero también a una respuesta a las preguntas que los jóvenes puedan tener hoy.

Su éxito, obviamente, no se debe únicamente a mí. Solo soy un pequeño engranaje en la maquinaria de esta noche. Me siento muy feliz de haber podido ser un instrumento útil en manos de la Providencia. Fue la gracia la que hizo posible esta velada.