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Don Justino Cortés: el sacerdote que estudió la semilla evangelizadora de México

4 min de lectura
Catecismo pictórico Fray Pedro de Gante

Crédito: Fray Pedro de Gante, Catecismo de Fray Pedro de Gante, 1525-1528, Madrid, Biblioteca Nacional de España, Vitr/26/9 © BNE.

Una hoja del catecismo pictórico popularmente atribuido a Pedro de Gante, Biblioteca Nacional de Madrid.

El padre Don Justino es uno de los historiadores más destacados para la Iglesia en México gracias al estudio que realizó alrededor de la “semilla evangelizadora” que sembraron los primeros misioneros en los pueblos originarios durante la colonización

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Los estudios sobre el proyecto evangelizador que emprendieron los primeros misioneros en México son contados. Por ello, los que existen son un gran tesoro para la Iglesia y la identidad de los pueblos. 

El sacerdote Don Justino Cortés Castellanos, quien actualmente tiene 94 años, dedicó parte de su vida a investigar un capítulo histórico en particular: la inculturación del evangelio en los pueblos originarios de México durante el siglo XVI, por la cual hemos heredado la fe hasta el día de hoy. 

padre Justino Cortés Castellanos
Padre Justino Cortés Castellanos

Para él, conocer este hecho no solo representa una contribución a la historia general, sino también una objeto de reflexión para la práctica catequética actual, es decir, sobre cómo se acerca hoy la fe a la cultura de los pueblos. 

Nació en 1933 en la localidad de Santa Rita Tlahuapan, Puebla, siendo hijo de padres campesinos y el quinto de diez hermanos. En entrevista con Juvenal Cruz, uno de sus discípulos más cercanos, confesó que de niño no le gustaba estudiar y lloraba a menudo cuando lo llevaban a la escuela. 

Con el tiempo, abrazó el estudio gracias a la motivación de sus maestros y, pese a la falta de recursos económicos, ingresó al seminario menor, donde tomó gusto por las lenguas. Fue hasta los años 80, mientras estudiaba el doctorado en la Universidad Pontificia de Salamanca, cuando se enfrentó a su principal reto: descifrar el catecismo pictográfico de fray Pedro de Gante. 

Se trataba de un pequeño libro de apenas 7,7 por 5,3 centímetros que cargaban los misioneros para enseñar la doctrina cristiana durante la época colonial. Lo encontró en el archivo franciscano de la institución, guiado por el sacerdote Lucien Ceyssens, quien, al saber que Cortés era mexicano, supuso que lo conocía. 

“Caí en la cuenta de mi ignorancia; un sentimiento de vergüenza se apoderó de mí por desconocer cosas que pertenecen a la cultura de mi pueblo: la lengua mexicana” expresó para Confines Políticos. 

Reconoció que, además de su propia ascendencia, ser sacerdote de la Arquidiócesis de Puebla le permitía tener un “constante diálogo con los descendientes directos de aquellos indios para quienes fue elaborado el Catecismo en pictogramas”. 

“Era consciente que no podía esperar pacientemente a que alguien hiciera el trabajo de desciframiento de este Catecismo. Yo mismo debería intentar realizarlo y así poder conocer personalmente y de modo originario el proyecto teológico y pastoral en los pictogramas del Catecismo” añadió. 

El prologuista de su libro —producto final de la investigación— explicó que Don Justino “conoció horas oscuras” al tener que individualizar los centenares de glifos que conformaban el catecismo, compararlos y jugar con ellos, porque “lo no sabido era más amplio que lo sabido”. 

El desciframiento final permite conocer las bellas formas literarias “que refuerzan y abrillantar el sentido originario del mensaje traducido”, llegando a través de otras palabras a la esencia misma de la fe. 

“Hoy dígnate darnos nuestra tortilla (o tortita) que cada día es necesaria en nosotros… dígnate librarnos con tu mano contra todo lo que no es bueno” 

Y “Hacia ti suspiramos, los que vivimos en tristeza, los que no hacemos más que llorar aquí en este lugar de llantos, lugar desierto”, son algunas de ellas. 

El legado de Don Justino abre la puerta a nuevas investigaciones para descubrir de quiénes heredamos la fe, al tiempo que permite reconocer cómo Dios se hace presente en la historia y la cultura de cada pueblo.