Ir al contenido principal

La paradoja del profeta Jonás en la Biblia

5 min de lectura
livre-de-jonas-bible-godong

Crédito: Fred de Noyelle / Godong

El libro de Jonás de la Biblia narra la paradoja de un profeta tan dominado por la violencia y los celos que deseaba que fracasara su misión de misericordia

Compartir en :

Todos los hombres desean tener éxito cuando emprenden un proyecto. Y pensar en que ocurra la paradoja de triunfar cuando se quiere fracasar: incluso la novela policíaca más retorcida tendría muchísimas dificultades para desarrollar un guion así.  Sin embargo, esa fue precisamente la aventura que le ocurrió a uno de los profetas más importantes de la Biblia: ¡Jonás! Este recibió de Dios la misión de ir a advertir a la gran ciudad de Nínive de que se convirtiera para evitar la destrucción. ¡Y a Jonás no se le ocurrió nada mejor que huir y desobedecer!

Nínive se convirtió, para gran disgusto del profeta

Tras muchas peripecias, acabó cumpliendo a regañadientes su misión. El resultado no se hace esperar: ¡la ciudad pecadora se aparta de sus malas obras y evita el castigo! ¡Un éxito rotundo en todos los sentidos!

Estamos muy lejos aquí de los profetas que predicaron en el desierto y cuyas advertencias no surtieron ningún efecto. Pensemos en Jeremías e incluso en Jesús: sus predicaciones se topaban con la incredulidad, e incluso con la hostilidad, de sus contemporáneos. La mayoría de los profetas fracasaron al ser perseguidos.

Sin embargo, el más rebelde de todos, el más desobediente, Jonás, es aquel cuya misión se ve coronada por el éxito más rotundo jamás relatado en la Biblia. ¿Cómo explicar esta increíble paradoja?

La misericordia divina trasciende los corazones humanos

Triunfar cuando se quiere fracasar: ¿cómo es posible? De hecho, para intentar desentrañar un poco este enigma, fijémonos en las fuerzas en juego en la historia de Jonás. Está la fuerza que quiere triunfar, la que quiere fracasar y está… Jonás. ¿Quién quiere triunfar? Dios. ¿Quién quiere fracasar? El pecado, la violencia celosa. Y entre ambas, Jonás debe elegir.

Aunque el profeta no viva, en su verdad interior, la palabra que proclama (observa desde lejos si la desgracia no va a azotar a Nínive), esa palabra de misericordia resulta lo suficientemente poderosa como para imponerse a la mala voluntad de quien la transmite.

Dios nunca deja su misericordia totalmente en manos de los hombres. Porque nos conoce demasiado bien: solemos sentir envidia unos de otros con demasiada frecuencia y la misericordia rara vez es el primer impulso de nuestro corazón.

De ello se puede concluir que Dios nunca deja su misericordia totalmente en manos de los hombres. Porque nos conoce demasiado bien: solemos sentir envidia unos de otros con demasiada frecuencia y la misericordia rara vez es el primer impulso de nuestro corazón. Los rencores son persistentes y tenaces en nuestro interior.

Perdonar nos cuesta. Frente a este mal impulso, el conocimiento suele ser impotente. Sabemos que el perdón nos daría paz, pero las inclinaciones contrarias de la envidia y el rencor son más poderosas.

El ejemplo de Jonás ilustra esta verdad; él sabe perfectamente que Dios es misericordioso y, por eso mismo, se niega a obedecer la orden de Dios, ¡pues ello conduciría al perdón de Nínive! Jonás rechaza su misión a sabiendas.

Frente a su violencia interior, su conocimiento de la misericordia divina se mostró incapaz de convertirlo. 

Una llamada implícita a la venida del Espíritu Santo

Así pues, Jonás es el profeta que mejor cumplió su misión, a pesar de que deseaba que fracasara. ¿Y si esta paradoja quisiera decirnos que la misericordia del Señor es lo primero, más fuerte que nuestros rechazos y nuestra violencia?

Jonás, a pesar de saberlo ("Sabía bien que eres un Dios bondadoso y misericordioso, lento a la ira y lleno de fidelidad", le dice al Señor en Jon 4,2), no fue capaz de asimilar esa misericordia en su corazón porque el pecado era más fuerte que él, al igual que había sido más fuerte que Caín en el jardín del Edén cuando se vio tentado a odiar a su hermano Abel (Gn 4, 7).

Esta paradoja de Jonás significa, por tanto, que la primera persona a la que hay que convertir en una misión es el propio misionero. Jonás no logró su propia conversión: la violencia siguió habitando en él, incluso después del cambio salvífico de los habitantes de Nínive. ¿Existe algún remedio para esta mala voluntad? 

Sí, y se llama el Espíritu Santo. De hecho, el libro de Jonás es una llamada implícita a la venida del Espíritu, que, solo Él, será capaz de evangelizar nuestras profundidades marcadas con el sello del pecado. Por eso la historia del profeta es una buena noticia: Dios no dejará su misericordia en manos de nuestra mala voluntad. 

Pero aún así es necesario que acabemos por aceptar el perdón divino, pues Dios no puede perdonar continuamente en contra de nuestra voluntad. Somos libres y responsables. Como tales, debemos hacer nuestra la misericordia divina. Aquí es donde se necesita la acción del Espíritu Santo en nuestros corazones para que los convierta a la dulzura, a la ternura de Dios y al perdón de Jesús en la Cruz. ¡Así se conjurará en nosotros la mala voluntad de Jonás!