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México no está condenado a la violencia: el asesinato del padre Román y un llamado urgente a la paz

6 min de lectura
velada de oración por teuchitlán diálogo por la paz

Crédito: Diálogo por la paz

La muerte y despedida del padre Román de la Cruz Hernández vuelve a poner frente a México una realidad que los obispos acaban de señalar con claridad: la violencia no puede convertirse en parte del paisaje

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“Era un padre muy carismático, muy trabajador, le gustaba mucho interactuar con la gente, con las familias”. Así recuerda Gabriel, uno de los fieles de la comunidad de Santa Cruz, en Huejutla, al Padre Román de la Cruz Hernandez. Quizás por eso, en su despedida, hubo tantos niños, monaguillos, servidores parroquiales y familias enteras. Su muerte no dejó solamente una parroquia sin sacerdote, dejó una comunidad que ya era familia con él, que era parte de su vida cotidiana.

El sacerdote, de 48 años, fue encontrado sin vida el 15 de septiembre pasado, a un costado de la carretera Tolago-Tetlapaya, en Hidalgo. Presentaba heridas de arma de fuego. Las autoridades iniciaron una investigación y el obispo de Huejutla, Mons. José Hiraís Acosta Beltrán, pidió expresamente evitar especulaciones mientras se esclarecen los hechos. Tanto la diócesis como la Conferencia del Episcopado Mexicano exigieron que el crimen no quede impune.

Casi 20 años de ministerio

El Padre Román nació el 28 de julio de 1978 en Mazahuacán, municipio de Lolotla. Se formó en el Seminario Diocesano de Huejutla y fue ordenado sacerdote el 18 de diciembre de 2006.

Su ministerio pasó por distintas comunidades de su diócesis. Fue vicario parroquial en el Sagrado Corazón de Jesús, en Pisaflores; en San Marcos Evangelista, Calnali; y en San Agustín de Mezquititlán. En 2016 fue nombrado párroco de San Pedro Apóstol, en Tepehuacán, y desde septiembre 2024 servía en Santa Cruz, donde además era el primer párroco diocesano de aquella comunidad. También coordinaba la Comisión para la Pastoral Profética de la Diócesis de Huejutla.

Los testimonios de sus feligreses ayudan a completar una biografía que las fechas no alcanzan a contar. Lo recuerdan dedicado, responsable, cercano a las familias y preocupado por fortalecer los ministerios parroquiales. Uno de los frutos más visibles de ese trabajo, señalaban en distintas entrevistas sus parroquianos, fue fortalecer el grupo de monaguillos y servidores que consiguió involucrar en la vida de la comunidad.

Cuando ser sacerdote también significa vivir entre la violencia

El asesinato del padre Román no puede convertirse simplemente en una cifra más. Pero las cifras sí nos permiten dimensionar el problema.

El informe del Centro Católico Multimedial presentado a comienzos de 2026 contabilizaba 13 sacerdotes asesinados entre 2018 y 2025. Con el crimen del padre Román, el recuento correspondiente al periodo 2024-2026 llegó a cuatro sacerdotes asesinados más: Marcelo Pérez Pérez, Bertoldo Pantaleón Estrada, Ernesto Baltazar Hernández Vilchis y Román de la Cruz Hernández.

El mismo Centro ha advertido que, alrededor del 80% de los asesinatos de sacerdotes permanece en la impunidad y calcula entre 26 y 28 agresiones semanales contra templos e instalaciones religiosas, desde robos y profanaciones hasta extorsiones y ataques violentos. El propio director del organismo, el padre Omar Sotelo, ha descrito a México como uno de los países más peligrosos para ejercer el sacerdocio.

Hay que hacer, sin embargo, una precisión importante: el propio informe señala que no existe oficialmente una persecución religiosa generalizada contra la Iglesia en México. Buena parte de esta violencia está relacionada más bien con temas de inseguridad, el crimen organizado, la delincuencia común y el control criminal e territorios. Precisamente por eso el sacerdote puede terminar compartiendo los riesgos de la comunidad a la que sirve.

“México no está condenado a la violencia”

Hay una coincidencia dolorosa. Apenas seis días después del asesinato del padre Román, con motivo del Día Internacional de la Paz, los obispos mexicanos lanzaron un comunicado con una advertencia: “No podemos permitir que la violencia se vuelva parte del paisaje ni que el miedo determine nuestra manera de vivir”.

Su mensaje parece escrito también para comunidades como Santa Cruz pues, la CEM recordó que detrás de cada persona asesinada, desaparecida, desplazada o extorsionada existe una familia herida. Por eso, insistieron, “México no está condenado a la violencia” y trabajar por la paz es tarea de todos, aunque las responsabilidades sean distintas: corresponde al Estado garantizar seguridad y justicia, pero también a la familias, escuelas, empresarios, medios, iglesias y comunidades reconstruir vínculos y evitar que la violencia se vuelva normal.

La paz cristiana no significa resignarse

La respuesta cristiana ante un asesinato tampoco consiste en callar, olvidar o sustituir la justicia por una reginación piadosa.

El Papa Francisco lo explicó con claridad en Fratelli Tutti: perdonar no significa consentir que quien hace daño continúe haciéndolo. La justicia debe buscarse precisamente por respeto a las víctimas y para impedir nuevos crímenes. Al mismo tiempo, el cristiano se niega a entregar su corazón a la lógica de la venganza.

El Papa León XIV ha insistido este año en una paz: “Desarmada y desarmante, humilde y perseverante”; una paz que no es pasividad, sino una manera radicalmente distinta de responder al mal.

Eso fue también lo que pidió el obispo de Huejutla durante la despedida del padre Román: exigir respeto por la vida y, aún en medio del dolor, no permitir que el rencor y el odio tengan la última palabra.

Tal vez allí se encuentre el desafío más profundo. No acostumbrarse, no mirar otro asesinato y seguir de largo. Exigir justicia sin convertir el dolor en odio. Acompañar a las comunidades heridas y seguir formando niños, familias y jóvenes para la fraternidad.

Por eso, frente a la realidad de un sacerdote asesinado, las palabras de los obispos mexicanos adquieren todavía más fuerza: “No renunciemos a la paz. Construyámosla juntos, todos los días”.