En Veracruz, la hermana Marilú, una laica consagrada, se dedica, desde hace dos décadas a ayudar a “los más pobres de los pobres”. Cuando se le pregunta cómo afronta cada reto que se presenta la respuesta es clara: Dios está con ella para guiarla
-Si tú me das la oportunidad de que ella nazca, yo te la consagro.
Esa noche de 1950, la oración de su madre iba acompañada de un profundo arrepentimiento. Había atravesado un aborto intencional meses atrás y, por eso, cuando se enteró que estaba embarazada de nuevo, temió que las secuelas impidieran el nacimiento de su próxima hija.
Contra todo, Marilú nació y se convirtió en la décimo tercera hija de la familia. Sus hermanas mayores se encargaron de contarle, cuando creció, las plegarias que habían escuchado de su madre durante el embarazo.
“Creo que desde allí empezó mi viaje”, piensa ahora, a sus 75 años.
Ahora es septiembre de 2026, la hermana Marilú se levanta muy de mañana y conduce hacia la catedral de la ciudad. Antes lo hacía toda la semana pero ahora, debido a su salud, se limita a asistir el día en que van todas sus hermanas de la Orden del Carmen para vivir la eucaristía y renovar su consagración a la Virgen.
No, no es religiosa, pero vive el servicio de manera tan radical como si lo fuera. Desde hace 20 años forma parte de los Hogares por el amor de Dios, una asociación civil fundada por laicas consagradas como ella que se dedica a ayudar a “los más pobres de los pobres”.
Cuentan con comedores para mamás y niños en situación vulnerable, personas indigentes y drogadictos; una escuela primaria de servicio gratuito ubicada en una colonia de bajos recursos; y casas hogar para adultos mayores abandonados.
La hermana Marilú asumió la dirección de una de las casas para mujeres, y vive y sirve allí de tiempo completo.
Una infancia que la preparó para su misión
—¿Por qué andas sin calcetines, Marilú?
—Porque no tengo— respondió la pequeña de cinco años tras haberlos escondido debajo del buró.
Era la voz de la religiosa del internado donde vivía Marilú en aquel entonces. Ella y sus hermanas ingresaron porque su madre así lo dispuso: “Mis hijas rancheras no van a ser, tienen que estudiar” protestaba contra los reniegos del padre, quien no quería que se fueran.
Durante su estancia en diferentes internados religiosos, Marilú forjó su carácter a través de muchas correcciones, disciplina y amor al estudio.
“También aprendí cosas cómo arreglar una verdura para que se conserve, porque íbamos al mercado por la merma. Todo eso hoy me lo pide el señor en esta casa hogar y lo sé hacer” comparte.
—¿Dónde está tu bata?— le pregunta a una de las abuelas.
Y ésta, señala a su cama aunque no esté ahí. No se sabe si realmente no recuerda dónde está o no quiere ponersela, porque a veces revuelve la ropa que ya tenía lista.
Es la tarde de un domingo de 2026, la hermana Marilú intenta alistar a las abuelas que residen en la casa hogar para ir a misa. La capilla está justo al lado, pero hacer que se bañen, vistan, además del tiempo que les toma bajar la rampa en la entrada de la casa, requiere que siempre salgan antes.
Varias de las que viven allí están diagnosticadas con cuadros de esquizofrenia o epilepsia, algunas llegan con enfermedades que hace que requieran apoyo en sus necesidades más básicas y, otras veces, se caen o enferman y necesita llevarlas al hospital.
Así, la hermana Marilú es una misionera de tiempo completo: cuida de las abuelas, vela por la casa, recibe y administra las donaciones, y también vende pasteles donados como otra fuente de ingreso.

En el año 1999, su esposo sufrió un derrame cerebral y perdió las facultades del lenguaje. “Yo le decía algo, pero él no me entendía. Lo único que se le quedó eran las groserías y, en lugar de pedirme algo de manera normal, decía una tras otra” recuerda.
Se conocieron durante su juventud en el movimiento Acción Católica. Porque después de estar por muchos años en colegios con religiosas, cuando cumplió 15, la madre superiora habló con ella:
—Ya estuviste con nosotras, pero no has tenido novio. Mira, después sucede que hay religiosas que se arrepienten de que no probaron. Estudia la prepa y si conoces a algún muchacho, ten novio, sal a fiestas… claro, no olvides la misa ni tu espiritualidad pero, me entiendes…
—Está bien madre, entonces ¿vengo el año que entra?— respondió, porque le gustaba la vida religiosa y no quería irse.
—No, sal y vive como una chica normal…
Y así fue. Conoció a Juan en la universidad y sus primeros años de matrimonio transcurrieron con momentos bellos y difíciles pero, después, él se perdió en el camino.
“Cuando hay un vicio como el alcoholismo, sientes mucha impotencia de ver como los enreda y destruye por dentro. Fue muy, muy doloroso, pero hacía tiempo que ya le había dicho al Señor: mi verdadero esposo eres tú”. Y él decidió llevárselo después de 3 años muy desgastantes.
Las gracias actuales de Dios
—¿Quieres ir al baño?— le pregunta a una abuela que va saliendo de una convulsión por epilepsia en ese momento.
—No— alcanza a decir.
—Bueno, entonces nos subimos de nuevo el pantalón.
La abuela no tiene conocimiento de nada mientras atraviesa su convulsión y, por tanto, presenta conductas que ella misma desconoce o con las que puede lastimarse. La hermana Marilú sabe tratarlas con paciencia, pues además de la experiencia con su esposo tuvo la de su hijo mayor, quien sufrió ataques fuertes de esquizofrenia años atrás.
“Se le llaman gracias actuales. En el momento Dios está ahí contigo, te está iluminando y te está diciendo: ahorita abrázalo, ahora ponte firme, calla o espera que se desahogue” explica.
Muchos dirían que quizá es momento de que descanse, pues también es mayor. ¿Por qué sigue con esto? Por amor a Dios.
"Cuando uno encuentra el amor verdadero, a Dios…—suspira— aparentemente estoy sola, pero yo me siento muy protegida por mamita María, José y los ángeles. He ido cruzando las tormentas con cada uno, y cuando se va haciendo agua en el barco despierto a Jesús y él se pone las pilas y lo vuelve a enderezar. Es el capitán del barco y quien dirige aquí".












