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Liébana–Jerusalén: qué cambia cuando dos lugares se hermanan

3 min de lectura
hermanamiento entre Santo Toribio de Liébana y el Santo Sepulcro de Jerusalén

Crédito: Diócesis de Santander

Acto de hermanamiento entre la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén y el Monasterio de Santo Toribio de Liébana

El Custodio de Tierra Santa y el obispo de Santander refuerzan sus vínculos en el Santuario de Santo Toribio

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Santo Toribio de Liébana -que custodia el lignum crucis de mayor tamaño de los fragmentos de la cruz de Cristo que se conservan en el mundo- y el Gólgota -el monte donde murió Jesús- han estrechado vínculos esta semana.

El custodio de Tierra Santa, Francisco Ielpo, y el obispo de Santander, Arturo Ros, firmaron en Liébana el hermanamiento entre el monasterio español y la basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén el 14 de septiembre de 2026.

Desde ese día (fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz), el santuario cántabro cuenta con una reliquia del Gólgota. 

Y en el Santo Sepulcro habrá una imagen de la Virgen Bien Aparecida, patrona de la diócesis de Santander.

Además, la Iglesia de Santander se ha comprometido a promover el conocimiento y las peregrinaciones a Tierra Santa y a donar una ayuda económica a la población de Oriente Medio, especialmente probada en todos los sentidos.

“Este hermanamiento firma un vínculo de amistad, sostenimiento y cercanía que genera esperanza al pueblo”, resumió Ielpo.

Esperanza, ¡eso es lo que aporta la fraternidad! Cuando la familia o la Iglesia te da un hermano, compartir las alegrías y las penas, los bienes y las dificultades, abre un nuevo horizonte que enriquece el camino.

Por qué mirar la cruz

El custodio de Tierra Santa se refirió a Liébana y al Gólgota como “dos lugares lejanos pero unidos por un mismo misterio: el misterio de la cruz, el misterio de un amor que llega hasta el final”.

Para el franciscano, es atravesando el sufrimiento con Cristo “como descubrimos que también el lugar de la prueba puede convertirse en el lugar donde Dios se manifiesta como amor”.

Concretando, Ielpo recordó que la tierra en la que vivió y murió Jesús “está atravesando un largo desierto, un desierto hecho de guerra, miedo, violencia, sufrimiento y falta de perspectivas”. 

“Desde el Gólgota nosotros, los cristianos, no podemos ofrecer explicaciones fáciles”, afirmó. 

“Pero podemos señalar una cruz y decir: Dios no ha abandonado al hombre -añadió-, en el Gólgota, Dios entró en la herida de la humanidad”.

El franciscano reiteró que “la cruz nos señala un camino diferente: el mal no se vence multiplicándolo sino con un amor más grande”.

“A pocos pasos del Gólgota hay un sepulcro vacío”, recordó: la cruz es esperanza porque “lleva ya dentro de sí la promesa de la resurrección”.

“Este es el camino de nuestra fe -concluyó-: del desierto a la confianza, de la tentación al abandono en Dios, de la cruz a la vida, de la herida a la esperanza”.