En septiembre, cambia tu forma de rezar: acércate a la Virgen María sin peticiones, solo para darle las gracias y decirle cuánto la quieres
Detrás de un grito de "mamá" siempre suele haber una petición en los primeros años: "Mamá, tengo frío". "Mamá, tengo hambre". "Mamá, tengo sed". "Mamá, tengo miedo". Pasan muy pocos años y, más tarde, las peticiones cambian: "Mamá, ¿puedo salir a una fiesta?". "Mamá, ¿me das dinero?". "Mamá, necesito…". Las peticiones, las necesidades, los requerimientos parecen ser los apellidos que van detrás de la palabra "mamá". Por eso merece la pena aprovechar el calendario, su cumpleaños, su santo, para llamar a la Virgen María solo para decirle que la quieres.
Solo llamo para decirte que te amo
Como nos enseñó en los ochenta Stevie Wonder: "Solo te llamo para decirte que te amo". Esto es lo que debemos hacer: utilizar esos días del calendario como esas banderas rojas que nos marcan, por lo menos, dos días al año en los que recuerde que son más que una figura multi-soluciones.
Y ahora, en este mes de septiembre, tenemos muchas celebraciones de nuestra Madre, como la Natividad de la Virgen o el Dulce Nombre de María. Son días en que deberíamos soñar con hacerle el mejor regalo. Tenemos que mirarla, quitarle el paño que tiene entre manos, mirarle a los ojos y decirle: "Hoy me ocupo yo".
Y ocuparnos de ella puede ser hacer una romería en algún santuario mariano, rezando un rosario con intención, haciendo una visita al Santísimo, dedicándole un rato de oración. Son días en que se merece nuestra mejor versión: olvidarnos de nuestras peticiones, de nuestros sufrimientos y dedicarnos solamente a pensar en darle lo que realmente se merece, sin esperar nada a cambio.
Una dulce relación con María, nuestra madre
Cuando empezamos a tratar de verdad con nuestra Madre, tarde o temprano nos asalta una duda: "Madre mía, ¿sabrás que te quiero por ti y no por todo lo que me aportas?".
La respuesta quizá esté en pensar como lo que somos: hijos pequeños... Y, además, únicos. Un hijo único sabe que todo lo que le regala a su madre terminará formando parte de su herencia. Por eso invertir en Ella es invertir en nosotros mismos, no se deja ganar en generosidad. Nada de lo que ponemos en sus manos se pierde. Todo lo que le regalamos a la Virgen ella lo invierte en nosotros, aunque no se lo pidamos.
Así que, por un lado, no tenemos que dejar de pedirle. A Ella le gusta notar nuestra confianza plena en sus manos. Somos hijos y necesitamos a nuestra Madre. La diferencia está en que, de vez en cuando, podemos acudir a Ella sin llevar una lista de peticiones bajo el brazo. Sin que haya un problema que resolver. Solo para acordarnos de Ella.
Un mes mariano
Este mes de septiembre, llama un par de veces al cielo. Sin peticiones al otro lado. Solo para decirle que la quieres. Hazlo las veces que quieras o por lo menos dos veces al mes con el propósito de convertirlo en una tradición: dos llamadas en las que no vas con un recipiente para buscar comida, sino que invitas a tu Madre a cenar fuera. Dos veces al mes para mirarla a los ojos, darle las gracias y decirle cuanto la amas.
Y confiar en que todo lo que ponemos en las manos de una madre acaba, de una manera u otra, volviendo a casa. No lo dudes: reza al modo Stevie Wonder.












