Más de 50 mil personas salieron a las calles en Culiacán, Sinaloa, con la consigna “Sinaloa, ponte de pie” en la marcha más multitudinaria que ha visto este estado mexicano en años pidiendo una sola cosa: paz y justicia
Dos años después de que la violencia cambiará drásticamente la vida cotidiana de las personas de Sinaloa, miles se animaron a salir a las calles este domingo 13 de septiembre para pedir paz, convocados por el obispo de Culiacán, Mons. Jesús José Herrera Quiñónez.
Familias enteras, jóvenes, empresarios, comerciantes, colectivos de búsqueda de personas, todos vestidos de blanco, recorrieron la avenida Álvaro Obregón desde el templo de Nuestra Señora de Guadalupe, lugar conocido como La Lomita, hasta la Catedral Basílica de Nuestra Señora del Rosario.
La jornada comenzó a las siete de la mañana con una Misa presidida por Mons. Jesús José Herrera Quiñónez, obispo de Culiacán. Después, bajo el lema “Sinaloa, ponte de pie”, comenzó una movilización en la que se mezclaron oraciones, pancartas, fotografías de personas desaparecidas y reclamos ciudadanos.
Dos años que cambiaron a Sinaloa
El 9 de septiembre de 2024 comenzó una nueva etapa de violencia en este estado mexicano, derivada de la confrontación entre facciones del Cártel de Sinaloa. La disputa se desató semanas después de la detención en Estados Unidos de Ismael “El Mayo” Zambada y Joaquín Guzmán López y terminó convirtiéndose en una crisis que ha alcanzado las calles, familias, la economía y la vida ordinaria del estado.
Los datos acumulados durante estos dos años permiten dimensionar la herida: registros oficiales hablan de más de 3 mil homicidios dolosos, miles de desapariciones y más de 12 mil vehículos robados por el crimen organizado, desde el inicio de la confrontación.
Aunque las autoridades federales reportaron recientemente una reducción del 26.1% en el promedio diario de homicidios dolosos en Sinaloa, entre enero y agosto 2026 frente al mismo periodo del año anterior, pero para muchas familias no se trata de cifras, se trata de nombres y rostros.
Durante la marcha, familiares de desaparecidos caminaron sosteniendo fotografías. También participó la familia de Juan Alejandro, el pequeño de un año que murió días antes durante un ataque armado. La lona que llevaban decía simplemente: “Hoy caminamos por ti Juan Alejandro”. Esta imagen resumía buena parte del motivo de la movilización.
No acostumbrarse al dolor

Día antes de arrancar la marcha. Mons. Herrera explicó que su deseo era caminar llevando en el corazón el sufrimiento de su pueblo, pero convencido de que “la violencia no tiene la última palabra”. Justo para que todo el clero diocesano pudiera sumarse, el obispo pidió suspender, en todas las parroquias, la Misa matutina, con tal de que los sacerdotes se sumaran la marcha.
Durante la homilía, antes de caminar con su pueblo, el obispo pidió calles seguras, familias felices y niños y jóvenes capaces de transitar sin temor y sin miedo. Puso sobre la mesa dos palabras que, en el contexto de Sinaloa son indispensables: verdad y confianza.
Aunque el obispo Herrera afirmó haber hablado directamente con la gobernadora del estado, Graciela Domínguez, para expresar su preocupación y la necesidad de que las autoridades “hablen con la verdad”, el obispo no quiere que sea solo un llamado a los gobernantes. Pidió que la ciudadanía sea capaz de exigir y sostener instituciones fuertes, honestas y cercanas, capaces de garantizar la seguridad, combatir la impunidad y proteger la vida. A los cuerpos de seguridad les recordó su responsabilidad de actuar respetando la dignidad de las personas.
Y hubo también palabras dirigidas directamente a quienes forman parte de los grupos que ejercen la violencia. El obispo los invitó a detenerse y mirar el sufrimiento provocado en familias y comunidades, recordando que “ningún poder, territorio o ambición vale más que una vida humana” y que todavía es posible cambiar de camino.
Perdonar no significa olvidar
Quizás uno de los puntos más delicados de su mensaje fue el tema del perdón en una ciudad llena de heridas.
Justo las lecturas de este domingo pasado invitaron a dejar atrás el rencor. Pero Mons. Herrara Quiñonez aclaro que, perdonar no significa borrar lo ocurrido.
Habló de las madres buscadoras que continúan esperando noticias de sus seres queridos y defendió la necesidad de conservar viva la memoria: recordar para sanar, aprender, corregir el camino y evitar repetir los mismos errores. La violencia, insistió, nunca construye un futuro mejor.
La propuesta cristiana, por tanto, no consiste en minimizar el mal ni pedir a la víctimas que olviden lo que pasó. Se trata de romper el círculo que convierte el dolor en una nueva forma de odio. Es decir, la clave: “volver a mirar al otro”.
Para el cristiano, recordó el obispo, quien piensa distinto no puede convertirse automáticamente en enemigo, objeto o alguien a quien eliminar. El otro sigue siendo hermano.
Esto es una idea que conecta directamente con uno de los grandes llamados del pontificado del Papa León XIV: construir una paz “desarmada y desarmante”, una paz que no sostenga sobre la amenaza sino sobre la justicia, el diálogo y la reconciliación.
Después de caminar, construir
Al inicio de la movilización ciudadana, los participantes liberaron cientos de globos blancos y alzaron sus pancartas en donde se leía: “Somos más los que queremos vivir en paz”, “Sinaloa, ponte de pie”.
Al llegar a la catedral, algunos ciudadanos subieron a un templete y, con micrófono en mano, dieron testimonio de lo que han vivido, de lo que la violencia les ha arrancado, de lo que han perdido. Un maestro de escuela que recrimina porque no hay futuro seguro para los niños y niñas, padres de familia preocupados, con miedo.
Fueron más de 40 organizaciones ciudadanas que se sumaron a la marcha, sacerdotes, religiosas, familias enteras que desean un cambio en su estado. Porque para Culiacán ponerse de pie no significa normalizar las desapariciones y la violencia; es acompañar en el camino a quienes sufren, exigir a las instituciones que cumplan con su responsabilidad y construir, desde las familias y las comunidades, relaciones en las que el otro vuelva a ser digno de confianza.
La fe cristiana no promete que ese camino sea sencillo. Sí recuerda algo esencial para una sociedad herida: la violencia no tiene por qué escribir la última página de su historia.








