A la sombra del monasterio del Vaticano, dentro de los límites del Estado más pequeño del mundo, los jardineros del Papa cultivan con esmero un huerto único que produce frutas y verduras 100 % orgánicas garantizadas. Aleteia fue a explorar los alrededores de esta parcela protegida, a la que nadie tiene acceso
"El secreto de un huerto orgánico es el jardinero". Stefano Giampaolo, el jefe de los servicios de jardinería del Vaticano, no deja de hablar de este proyecto. La superficie del huerto es modesta —400 m²—, pero la ambición y la pasión son enormes. Y sus límites están bien protegidos: es imposible para el visitante vislumbrar lo que allí se cultiva, detrás de un alto muro vegetal formado por un seto frondoso. La puerta de acceso permanece firmemente cerrada.
Para acercarse al terreno, hay que subir la pequeña colina, seguir la pared rocosa salpicada de cactus y plantas tropicales, y dirigirse hacia el monasterio de ladrillos rojos, contiguo a la antigua sede de Radio Vaticano. En el umbral del huerto inaccesible, sus guardianes explican con orgullo que alberga, entre otras cosas, unos 25 árboles centenarios que producen variedades antiguas de cítricos, limones y naranjas, imposibles de encontrar a la venta. Con al menos 80 años de antigüedad, estos árboles, de los que solo se ve la copa, han sido testigos de ocho papas.

"Las hermanas también preparan mermeladas que se venden para obras de caridad", comenta Stefano Giampaolo. Las hermanas son las ocho religiosas argentinas de la comunidad que el Papa Francisco instaló aquí tras la muerte de Benedicto XIV. De hecho, el papa alemán residió en este monasterio tras su renuncia al trono de Pedro, de 2013 a 2022. Tras su fallecimiento, su sucesor devolvió a este lugar su misión original, tal como la había concebido Juan Pablo II: albergar a una comunidad de monjas contemplativas dedicadas a orar por el papa reinante.
Son, pues, estas religiosas de clausura, cuyas ventanas y sus contraventanas verdes se abren a este remanso de paz donde gorjean los pájaros, las que cuidan en parte del huerto. De acuerdo con el jardinero a cargo, Gilberto Bianchi, quien lleva 35 años al servicio del Papa, ellas también deciden las líneas generales de sus cultivos —kiwi, berenjenas, albahaca, tomates cherry…—, de los cuales es difícil obtener una lista detallada.

¿Por qué tanta discreción? "El origen del Vaticano es el de un jardín secreto", comenta con humor Stefano Giampaolo. "Tras los Pactos de Letrán, las murallas leoninas se diseñaron precisamente para preservar ese universo aparte que es el papado", señala. Sea como fuere, los jardines del Vaticano siempre han tenido tanto una función ornamental como productiva, asegura.
100 % orgánico en las tierras del Vaticano
Si bien en algunas épocas hubo dos huertos, hoy solo queda uno. Con el paso de los años, este se ha convertido al cultivo orgánico de acuerdo con las normas ecológicas más exigentes, impulsado en particular por la encíclica Laudato si’ del Papa Francisco. El documento marcó un giro decididamente ecológico en el pequeño Estado: flota de vehículos eléctricos, gestión ecológica de los residuos, energía sostenible… Las inversiones han sido numerosas en los últimos años para convertirse en un Estado con un balance de carbono ejemplar.

En cuanto al huerto, se trató de "maximizar los esfuerzos", explica Stefano Giampaolo. Además de dejar de usar productos sintéticos, el proyecto busca fortalecer el ecosistema y la biodiversidad del lugar. Y afirma: "Ahora podemos decir que es totalmente orgánico". Para este experto, el éxito radica principalmente en la presencia constante de los jardineros, quienes trabajan con "precisión y puntualidad" para cuidar las plantas y prevenir sus enfermedades (fitopatías). En este caso, dos jardineros —de un total de 35 personas que trabajan en el departamento de espacios verdes— están asignados a este huerto.
Variedades de frutas olvidadas
"Regresar a la naturaleza"… Ese es el lema de la producción orgánica. Para garantizar una producción lo más natural posible, los jardineros del Vaticano se esfuerzan por dejar que la tierra respire, utilizan métodos no químicos —como el tratamiento de los tomates con algas marinas— y evitan forzar la producción. "Nos adaptamos al clima y a los caprichos de cada año", confiesa Gilberto Bianchi. En cuanto al riego, no es automático: él mismo evalúa las necesidades, lo que además permite conservar los recursos hídricos.
"Cada vez es más difícil cultivar debido al calentamiento global y al entorno urbano", admite Stefano Giampaolo. En el futuro, los jardineros del Vaticano desean seleccionar variedades particulares de frutas "perdidas", olvidadas por la gran producción. También trabajan en el cultivo de plantas que puedan ahuyentar a los parásitos. Y ya notan un aumento en el número de insectos polinizadores. Seguramente algunos se preguntarán: ¿acaso estas misteriosas verduras, objeto de tanta dedicación, terminan en el plato del Papa? Por parte del Vaticano, es imposible saberlo con certeza: el silencio es la norma en torno a los hábitos del hombre de blanco. Un secreto tan bien guardado como los jardines pontificios.







