En el marco del Día Internacional de los Afrodescendientes, celebrado el 31 de agosto, analizamos la labor de la Iglesia en la defensa de la dignidad humana
Las naciones africanas, así como los pueblos afrodescendientes presentes en todo el mundo, se han caracterizado por sus valores identitarios y comunitarios, que, al encontrarse con otras culturas han dado frutos a toda la humanidad. Sin embargo, en el proceso también se generaron heridas profundas.
Este año, el Papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas, apuntó que la esclavitud, en el siglo XV, desplazó por la fuerza a millones de personas de sus hogares. Admitiendo que la Iglesia tuvo un gran retraso para condenarla, escribió: “En nombre de la Iglesia, pido sinceramente perdón”.
La disculpa pública es de suma importancia para los descendientes de las personas esclavizadas y para los sobrevivientes a la esclavitud moderna. Así lo señaló la religiosa Leonia Katunge, quien se dedica a la lucha contra la trata de personas en el continente, en entrevista para el medio Crux Now´s.
Pues, aunque quinientos años parecieran ser suficientes para salir de los estragos, está convencida de dos cosas: que bajo la misma lógica de los barcos negreros del siglo XV operan los modelos de trata del siglo XXI, y que la fragmentación identitaria que dejó el colonialismo mantiene a las comunidades vulnerables.
A menudo, los sistemas educativos preparaban a los jóvenes para la servidumbre más que para el liderazgo; las economías fueron diseñadas para la extracción y no para el desarrollo interno; algunas naciones siguen atrapadas en deudas, dependiendo de estructuras económicas desiguales.
Hoy en día, los traficantes explotan precisamente estas fracturas, señaló. Los migrantes, refugiados y jóvenes desempleados migran a los países del Golfo bajo promesas de trabajo; las mujeres son obligadas a ejercer la prostitución en el Norte de África; y en Europa, los niños son reclutados para trabajar en las minas, la agricultura, las labores callejeras o son explotados sexualmente.
“Las naciones ricas cierran las vías de migración legal al tiempo que se benefician de la mano de obra indocumentada, crean un terreno propicio para la trata de personas” explicó la hermana Katunge.
Ello implica preguntas complejas. ¿Quién se beneficia de la mano de obra barata? ¿Quién gana cuando África exporta materias primas pero importa productos terminados a precios altos?. La vulnerabilidad y la desesperación benefician a estos sistemas.
Más profundo aún fue la fractura identitaria y comunitaria de los pueblos. Pilares como la familia, el clan, la espiritualidad y la responsabilidad colectiva fueron divididos y, con ello, los sistemas de confianza y cooperación se debilitaron.
“Necesitan recuperar su identidad, confianza, espiritualidad y sentido de pertenencia. Muchos se hacen preguntas espirituales profundas: ¿dónde estaba Dios?, ¿por qué me trataron como un objeto?, ¿aún tengo valor?.
Aquí radica la profunda importancia de la teología. El mensaje cristiano debe proclamar no sólo la salvación después de la muerte, sino también la dignidad en el presente. Cada sobreviviente debe redescubrir que no es mercancía, sino alguien sagrado” añade.
Responsabilidad global
A decir de Katunge, nuestras decisiones nunca son moralmente neutrales. Y si queremos pasar a cambios estructurales, como consumidores debemos preguntarnos: ¿quién hizo este producto?, ¿bajo qué condiciones?, ¿a qué costo humano?
El mismo Papa León en su encíclica señaló: Si no queremos pedir perdón en el futuro por no haber sido fieles al tesoro de la dignidad humana que contiene nuestra fe, hoy nos corresponde ser directos y firmes a la hora de denunciar la trata en sus múltiples manifestaciones.
Muchas diócesis y congregaciones religiosas realizan una labor extraordinaria. Las religiosas, especialmente, suelen estar en primera línea rescatando a supervivientes, dando refugio a las víctimas y educando a las comunidades vulnerables.
La hermana Leonia Katunge considera que la trata no es simplemente un problema social, sino una crisis teológica que afecta la imagen misma de Dios en la humanidad.












