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Santa Mónica murió cuando alcanzó el anhelo de su corazón

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St. Monica and young St. Augustine

Crédito: Public Domain

Los santos ajustaron su corazón a Dios y a sus designios porque el mundo ofrece alegría pasajeras. San Agustín nos habla del anhelo de su madre, santa Mónica.

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Nada vale la pena si no viene de Dios. Por eso, cuando nuestro corazón se ajusta al mundo vivimos con desasosiego. Por eso, leer lo que San Agustín escribió sobre la última conversación con su madre, santa Mónica, nos deja entrever lo que realmente debe importarle al cristiano.

Ajustarse a los designios de Dios

Nos afanamos por tener cada vez más cosas. En eso se nos va la vida, si somos sinceros con nosotros mismos. ¿Verdad que perseguimos tener lo mejor y por eso trabajamos sin descanso? Sin embargo, tenemos la experiencia de que, una vez satisfecho ese gusto surge uno nuevo.

Y pensemos, ¿vale la pena esforzarse tanto por conseguir alegrías pasajeras?, ¿qué va a pasar con nosotros y nuestros seres queridos cuando seamos llamados por Dios?, ¿acaso nuestro cúmulo de bienes materiales nos alcanzarán la salvación?

Los cristianos debemos estar pensando en acumular tesoros en el cielo (Lc 12, 32-34) y ajustar nuestro corazón a Dios, como lo hicieron los santos. Y esperar que el día de nuestra muerte, el Señor nos reciba con los brazos abiertos porque hicimos obras útiles para alcanzar la gloria.

Los anhelos de santa Mónica

Por eso resulta reconfortante leer lo que hicieron los antiguos santos para lograr ser agradables a Dios. Un gran ejemplo lo tenemos con santa Mónica, la madre que lloró largos años por la conversión de su hijo Agustín. Y cuando alcanzó su objetivo, nada esperaba ya, mas que la muerte.

Narra san Agustín en sus Confesiones la última conversación con su madre:

No obstante, Señor,  Tú sabes que aquel día mientras manteníamos tal conversación en que, al hilo de las palabras, este mundo iba perdiendo valor para nosotros junto con todos sus deleites , me dijo entonces ella :

«por lo que a mí toca, nada me deleita ya en esta vida. No sé ya qué hago en ella ni por qué estoy aquí, muerta a toda esperanza del siglo. Una sola cosa había por la que deseaba detenerme un poco en esta vida, y era verte cristiano católico antes de morir. Superabundantemente me ha concedido esto mi Dios, puesto que, despreciada la felicidad terrena, te veo siervo suyo. ¿Qué hago, pues, aquí?» 

Santa Mónica murió cinco días después de manifestarse satisfecha porque había alcanzado lo que más anhelaba: la conversión de su hijo.

Ojalá que Dios nos conceda la gracia de morir de la misma manera, habiendo alcanzado la paz del corazón porque dedicamos todas nuestras fuerzas en agradar al Señor.