La historia de un crimen de un sacerdote contra un obispo que conmocionó a la Iglesia de Pernambuco y el susurro de misericordia en el lecho de muerte.
Quien recorre las cálidas tierras del Nordeste de Brasil, entre las faldas de Meruoca y las colinas de Garanhuns, se topa con una historia que fue escrita con la sangre de un sacerdote. Es el recuerdo de monseñor Francisco Expedito Lopes, obispo y un hombre de principios firmes, hijo de un maestro de obras de Ceará, que ascendió por los peldaños de la erudición en Roma para convertirse, en suelo brasileño, en un pastor marcado por el celo y, finalmente, por el martirio propiciado con un crimen y precedido del perdón.
Quienes lo conocieron conservan el recuerdo de una rectitud inquebrantable y de una opción por los más necesitados que lo acompañó hasta su último aliento.
Del campo a la cátedra
El niño Francisco nació predestinado al altar el 8 de julio de 1914, en la finca Jerusalén —una tierra que, según la geografía de la época, se situaba en Sobral, pero que actualmente pertenece a Meruoca, en Ceará—.
Hijo de Noêmia Cordeiro Lopes y de Edésio Pereira Lopes, el consumado constructor que erigió templos como la Capilla de San José en Sumaré, Expedito creció viendo a su padre moldear el ladrillo y decidió moldear almas. Bajo la atenta mirada del obispo José Tupinambá da Frota, ingresó en el seminario aún joven y no tardó en demostrar una inteligencia viva y estudiosa.
En 1936, cruzó el Atlántico rumbo a Italia con el objetivo de completar sus estudios de Teología. En la Pontificia Universidad Gregoriana, en Roma, obtuvo el doctorado en Derecho Canónico y fue ordenado sacerdote en octubre de 1938, celebrando su primera misa en la sagrada soledad de la catacumba de San Calixto, lugar en el que se reunían en secreto los primeros cristianos y destino final de muchos mártires.
Cuando regresó a Ceará en octubre de 1941 —por sorpresa y sin previo aviso—, traía en su equipaje los títulos romanos, pero conservaba el mismo espíritu sencillo. Ejerció como profesor, capellán y secretario del obispado hasta que, en 1948, el papa Pío XII lo eligió para una misión pionera: ser el primer obispo de la recién creada diócesis de Oeiras, en Piauí.
Allí, durante cinco años, organizó la diócesis, abrió escuelas y renovó las asociaciones dedicadas a los más desatendidos.
Su destino, sin embargo, cambiaría en agosto de 1954, cuando fue trasladado a la diócesis de Garanhuns, en Pernambuco, asumiendo el cargo como quinto obispo local a principios del año siguiente.
Monseñor Expedito era un pastor cercano al pueblo, pero que se caracterizaba por sus principios firmes y una postura intransigente frente a los abusos morales de sus subordinados. Y fue precisamente ese celo ético lo que le costó la vida.
Disparos por la noche
La tranquilidad de la residencia episcopal de Garanhuns se vio truncada la noche del 1 de julio de 1957, hacia las 18:00 horas. El silencio de la casa se rompió con tres disparos de revólver. El autor de los disparos no era un pistolero ni un enemigo político, sino el padre Hosana de Siqueira e Silva, vicario de Quipapá. Dos balas perforaron el pecho de monseñor Expedito y otra le alcanzó en el brazo.
El motivo del crimen era complejo. El padre Hosana ya había sido advertido por el obispo de que evitara disputas políticas y se ocupara de la educación en la parroquia, como era costumbre en aquella época. Además de alejarse de las directrices del obispo, el párroco mantenía una relación sentimental con una prima.
Ante el escándalo y los abusos, el obispo actuó con la firmeza doctrinal que le caracterizaba y suspendió a Hosana de sus funciones religiosas por tiempo indefinido.
El vicario negaba los hechos, juraba que todo no eran más que rumores e intrigas de personas que querían apartarlo de la parroquia, pero el obispo no aceptó sus explicaciones. Lleno de rencor, Hosana decidió «resolver de una vez por todas este asunto» y fue a reunirse con su superior. Monseñor Expedito cayó gravemente herido.
Durante ocho largas horas de agonía en el hospital, entre el llanto de los fieles y el dolor físico lancinante, el obispo transformó su tragedia en un acto de santidad. Antes de fallecer, hacia las dos de la madrugada del 2 de julio, pronunció unas palabras que grabaron su recuerdo como el «Apóstol del Perdón»:
«Ofrezco mi vida por la conversión de aquel pobre sacerdote para que no vuelva a ofender a Nuestro Señor. Ofrezco el sacrificio de mi vida por la diócesis de Garanhuns, por el clero y por los seminaristas».
Solo le faltaban seis días para cumplir 43 años.
El destino y el perdón
Una vez cometido el crimen —el primer caso en la historia de América Latina en el que un sacerdote asesinó a su propio obispo—, Hosana huyó. Se entregó a los religiosos del Monasterio de San Benito, pasó por manos del alcalde de Garanhuns y tuvo que recurrir a disfraces para ser trasladado al centro de detención de Recife, bajo la constante amenaza de ser linchado.
Cargando con el peso histórico de ser el tercer sacerdote de todo el mundo en cometer tal acto contra un superior, se enfrentó a una larga batalla judicial. Tras dos juicios anulados, fue condenado en diciembre de 1963 a 19 años de cárcel, obteniendo la libertad condicional en septiembre de 1968.
Excomulgado y apartado definitivamente del altar, Hosana se retiró a su finca de Correntes, en Pernambuco, municipio donde había nacido en 1913. Allí pasó a vivir de la agricultura y en el más absoluto aislamiento, negándose a hablar de su pasado.
Durante sus últimos años, intentó obtener el perdón del Vaticano e incluso trató de concertar una reunión con el papa Juan Pablo II durante su visita a Brasil, pero no fue posible.
Una triste muerte
La muerte llamó a la puerta del anciano sacerdote de forma igualmente violenta décadas más tarde. El 7 de noviembre de 1997, a los 84 años, Hosana fue asesinado a golpes de palo dentro de su propiedad. Una pareja de humildes agricultores del vecindario llegó a ser imputada por el crimen, pero ni siquiera la fiscalía local creyó que aquellas manos callosas fueran las verdaderas autoras del homicidio.
Lo único que quedó fue una pregunta sin respuesta que resuena por la zona rural: ¿quién, al fin y al cabo, mató al padre Hosana?
Mientras que el destino de su verdugo quedó envuelto en misterio y sombras, la memoria de monseñor Expedito avanza hacia los altares. Desde 2003, la Diócesis de Garanhuns trabaja activamente en su causa de canonización, cuyo proceso se abrió oficialmente en el Vaticano en 2006.
Hoy reconocido por la Iglesia Universal como Siervo de Dios, el obispo que en su testamento escribió que nació pobre, vivió pobre y esperaba morir sin dinero y sin pecados, sigue vivo en las oraciones de miles de devotos, demostrando que la última palabra de esta trágica historia la tuvo la misericordia.












