Ir al contenido principal

Lo que la guerra cristera nos enseña hoy: la reflexión de un arzobispo

5 min de lectura
miguel-agustin-pro.jpg

Crédito: Public Domain

Mons. Gustavo García-Siller, MSpS, es sobrino de un cristero y escuchó, durante toda su infancia, los relatos de esta época. Más tarde llegó a su segunda familia, los Misioneros del Espíritu Santo, que también están íntimamente ligados a la guerra cristera. Esta es su reflexión sobre el conflicto religioso, y sobre la luz que puede darnos para ver la inmigración.<br>

Compartir en :

El 3 de agosto de 2026 se celebró el centenario de la elevación de San Antonio a arquidiócesis metropolitana. En este contexto, el arzobispo Gustavo García-Siller, MSpS de origen mexicano, publicó una carta pastoral titulada “Iremos a vosotros: Unidos en solidaridad con nuestros hermanos y hermanas en la migración”. Esta carta hace un llamado a acoger y acompañar migrantes siguiendo el mandato del evangelio de dar asilo al forastero. Sin embargo, en algunos párrafos de esta carta, García-Siller hace referencia a los cristeros y reflexiona qué lecciones podemos aprender de la guerra cristera que cumple 100 años de haber comenzado.

En la carta, el arzobispo comparte cómo este suceso histórico impactó su infancia y fue parte de una vocación que poco a poco tomó forma en su corazón.

Una vocación que maduró poco a poco

Criado en San Luis Potosí, México, su familia y las Religiosas de la Cruz, en cuyo colegio estudió, lo formaron en la fe católica. Desde muy niño, antes de hacer su Primera Comunión, la asistencia diaria a Misa fueron gestando en él un profundo amor a Dios.

Desde entonces tenía clara una cosa: quería ser sacerdote.

El arzobispo recuerda, con especial nitidez, cómo el conflicto religioso estuvo siempre presente.

“Crecí con la memoria viva de la Guerra Cristera; no como historia lejana, sino como testimonio familiar. Mis padres, abuelos y tíos conservaban sus relatos. Décadas antes de que yo naciera, mi tío Antonio ayudó a los cristeros transportando armas; fue capturado, condenado y ejecutado, y la familia lo recordó durante mucho tiempo como ‘Antonio el mártir’. Hace poco leí la obra definitiva de tres volúmenes de Jean Meyer, La Cristiada. Meyer, un historiador francés que hizo su vida entre mexicanos, rescató la historia vivida que yo conocía, y allí, en su libro, el nombre de mi tío Antonio aparece más de una vez”.

Y, en seguida, expone cuál es para él la “lección perdurable” de este tiempo de persecución:

“Un gobierno puede intentar organizarse en contra de la fe, legislar para excluir a Dios de la vida pública y castigar a quienes se niegan a acatar, pero la fe permanece”.

Solo la fe perdura

Además, su carta recuerda al Beato Padre Miguel Pro, un jesuita “que veía a Dios en todas las cosas,”. Él fue ejecutado por el gobierno con la esperanza de intimidar a las personas; sin embargo, ocurrió lo contrario.

“El Padre Pro afrontó la muerte con serenidad y entrega, con los brazos extendidos en forma de cruz. Las fotografías captaron el sufrimiento vivido con amor. Justo antes de que resonaran los disparos, exclamó aquellas palabras que se habían convertido en el grito de guerra de los cristeros: ‘¡Viva Cristo Rey!’. Si el gobierno pensó que la ejecución del Padre Pro sofocaría el movimiento, en realidad lo avivó. Las imágenes circularon como estampas religiosas; aquel grito no murió con el hombre que lo pronunció, sino que pasó de boca en boca, de parroquia en parroquia y de generación en generación”.

Mons. Gustavo concluye entonces con lo siguiente, haciendo alusión a la crisis de inmigración:

“Hermanos y hermanas: los gobiernos y los tiranos pueden ir y venir, pero ninguno perdura. La Guerra Cristera tenía como objetivo la fe católica misma, el clima actual no es el mismo y las situaciones difieren. Sin embargo, lo que perdura es una respuesta paralela del Pueblo de Dios cuando se utiliza el miedo para silenciarlo: el testimonio de la fe. Cristo Rey reina hoy y reinará para siempre. Esta fue la fe que sostuvo al Beato Miguel Pro, la que me formó y la que sostiene a nuestra Iglesia ahora”.

Posteriormente, recordó cómo el mismo conflicto religioso impactó también a su segunda familia: los Misioneros del Espíritu Santo.

Esta congregación religiosa, de la que forma parte, nació en México en 1914 “bajo la sombra de la persecución y nutridos por la devoción al Espíritu Santo”.

Relatando sus primeros años vocacionales: su paso por el seminario en Guadalajara, su traslado a Estados Unidos por órdenes de su superior y primeros años de ministerio acompañando migrantes, escribe:

“A mis hermanas y hermanos migrantes: muchos de ustedes no eligieron ni el momento ni el destino. Partieron porque la supervivencia no les dejaba otra opción. No tuvieron tiempo para prepararse, contaban con pocas pertenencias y ninguna garantía. No pretendo decir que mi camino fue igual al de ustedes; el suyo ha sido, a menudo, mucho más duro. No obstante, aquella pequeña dosis de miedo que sentí ante la incertidumbre me marcó para siempre. Por eso reconozco su sufrimiento, camino con ustedes por esta senda y me mantengo firme en la defensa de la dignidad que Dios les ha dado”.

La carta completa puede consultarse, en español, en este enlace.