Un encuentro con periodistas organizado por la Dimensión de Educación y Cultura del Episcopado Mexicano propone mirar el conflicto religioso con verdad histórica, autocrítica cristiana y esperanza reconciliadora
La Dimensión de Educación y Cultura de la CEM reunió en fechas recientes al sacerdote historiador Armando González Escoto y al padre Eduardo Corral Merino, asesor responsable de proyectos especiales de esa Dimensión, para reflexionar sobre el centenario del conflicto religioso en México.
A cien años del inicio del conflicto religioso en México conocido como “La Cristiada”, la Iglesia no propone volver a las trincheras de la historia, sino aprender de ellas. Ese fue el tono del encuentro, en el que el padre Armando invitó a mirar la Cristiada con una memoria serena, capaz de reconocer luces y sombras.
El punto de partida fue el mensaje de los obispos de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara, firmado por el cardenal José Francisco Robles Ortega y por los obispos de las ocho diócesis que son parte de esta Provincia Eclesiástica. Esa región, recordó el historiador, fue el epicentro de un conflicto que marcó profundamente la vida de muchas familias y comunidades.
Pero la intención del centenario no es alimentar viejas heridas, sino sanarlas. La memoria cristiana, cuando es auténtica, no convierte el dolor en bandera de revancha; lo presenta ante Dios para que pueda convertirse en verdad, aprendizaje y paz.
Más allá de una historia de buenos y malos

Una de las advertencias más importantes del historiador fue que la Cristiada no puede reducirse a la aplicación de la llamada Ley Calles de 1926. El conflicto tuvo raíces más profundas: la crisis de autoridad tras la Revolución Mexicana, las tensiones derivadas de la Constitución de 1917, las distintas posturas de los obispos ante el Estado, los errores de las autoridades civiles y también los de algunos sectores eclesiales.
Ese matiz es decisivo. Recordar la Cristiada sólo como una historia de buenos contra malos empobrece la memoria. La Iglesia sufrió persecución, hubo mártires y hubo fieles que entregaron su vida por Cristo; pero también existieron decisiones discutibles que deben ser reconocidas con madurez.
González Escoto señaló, por ejemplo, que los católicos no fueron únicamente víctimas. También la Iglesia de aquel momento cometió errores, entre ellos la suspensión del culto público y la actividad partidista. Esta afirmación no disminuye el sufrimiento padecido por los creyentes, sino que permite mirarlo con mayor claridad.
Mártires, cristeros y víctimas civiles
Uno de los aportes más valiosos del encuentro fue la distinción entre mártires, cristeros y población civil. El padre Armando González explicó que no todos los muertos del conflicto pueden ser llamados mártires en sentido estricto.
La Iglesia reconoce como mártires a quienes dieron la vida por la fe sin tomar las armas ni promover la violencia. Al mismo tiempo, la memoria cristiana no borra a los cristeros que murieron defendiendo lo que consideraban sagrado, ni a tantos inocentes que padecieron el sufrimiento de ambos bandos.
Esta distinción ayuda a evitar dos tentaciones: convertir toda la Cristiada en una epopeya religiosa o reducirla a simple fanatismo armado. Ninguna de las dos miradas basta. El creyente está llamado a honrar la fe de los mártires, reconocer el dolor de las víctimas, examinar los errores históricos y preguntarse qué caminos de paz se abren hoy.
La guerra no es el camino del Evangelio
En el encuentro, el historiador subrayó que el levantamiento armado no fue un fenómeno nacional, aunque sus consecuencias sí alcanzaron a todo México. También recordó que no todos los católicos apoyaron la rebelión: entre los obispos hubo posturas distintas, desde la intransigencia hasta la conciliación y la resistencia pacífica.
Este dato rompe con una visión monolítica de la Iglesia de aquellos años y permite comprender mejor la complejidad del momento: “La historia no se deja encerrar fácilmente en consignas”.
Aquí es donde aparece una figura clave para una lectura cristiana del centenario: el beato Anacleto González Flores. Su resistencia pacífica, orientada a la organización social y a la participación política por vías legales, fue presentada como un camino distinto al de la violencia.
En este contexto, el sacerdote dejó una frase especialmente actual: “Es más fácil levantarse en armas que educar democráticamente a una sociedad”. La frase es impresionante porque no pertenece sólo al pasado. También hoy, en sociedades marcadas por la polarización, la tentación de simplificar, atacar y dividir sigue siendo más fuerte, aunque no sea el camino correcto.
Educar la memoria para no repetir la violencia
Educar democráticamente exige paciencia, formación, diálogo, instituciones, responsabilidad ciudadana y una fe capaz de hacerse cultura sin convertirse en imposición. Para la Iglesia recordar la Cristiada debería impulsar precisamente eso: creyentes mejor formados, más comprometidos con el bien común y menos disponibles para la manipulación ideológica.
El padre Eduardo Corral Merino apuntó en la misma dirección al hablar de la necesidad de mirar los hechos con objetividad y hacia el futuro. Cuando una historia deja miles de muertos, no puede ser usada como bandera de revancha. Debe convertirse en advertencia moral: esto no puede repetirse.
Por eso, el centenario de la Cristiada no debería despertar nostalgia de combate, sino responsabilidad cristiana. La pregunta no es cómo volver al pasado, sino qué estamos haciendo hoy para que la fe, la libertad religiosa y la convivencia social puedan sostenerse sin violencia.
Por eso, el centenario de la Cristiada no debería despertar nostalgia de combate, sino responsabilidad cristiana. La pregunta no es cómo volver al pasado, sino qué estamos haciendo hoy para que la fe, la libertad religiosa y la convivencia social puedan sostenerse sin violencia.
Una laicidad colaborativa
El encuentro también abrió la reflexión sobre la relación entre la Iglesia y el Estado. Corral recordó la importancia de una laicidad colaborativa: una sana distinción de autonomías, en la que el Estado y las religiones no se confundan, pero tampoco se traten como enemigos.
La Iglesia no busca privilegios políticos. Reclama que la dimensión religiosa de las personas y comunidades pueda aportar al bien común desde lo que le es propio: la apertura a Dios, la defensa de la dignidad humana, la formación de conciencia y la esperanza.
En este sentido, el centenario de la Cristiada puede ser una oportunidad providencia para preguntarnos qué significa hoy defender la libertad religiosa, sin abrir viejas divisiones, sino reconociendo que la paz de un país se construye convocando a todos sus actores sociales.
Recordar para sanar
Hay memorias que dividen y memorias que sanan. La primera selecciona los hechos que le convienen y convierte el dolor en arma. La segunda se atreve a mirar luces y sombras, reconoce el martirio sin glorificar la violencia, pide justicia sin sembrar odio y aprende de los errores para no volver a cometerlos.
A cien años de la Cristiada, la pregunta no es quién ganó aquella guerra, sino qué hemos aprendido de ella. Si la respuesta es más resentimiento, habremos fracasado. Si la respuesta es una defensa más madura de la libertad religiosa, una conciencia histórica más honesta y un compromiso más decidido con la paz, entonces la memoria habrá dado fruto.












