San Benito se vio tentado por pensamientos lujuriosos cuando se adentró en el desierto, con la esperanza de poder dedicar su vida a Dios y alejar la tentación
En el mundo actual, tanto hombres como mujeres son tentados casi a diario a cometer algún tipo de pecado sexual. Los teléfonos inteligentes facilitan enormemente el acceso a imágenes o videos que representan las fantasías sexuales más descabelladas de una persona, lo que conduce a una adicción de la que es extremadamente difícil desengancharse. La tentación es enorme. Y San Benito no estuvo exento.
Por eso, aunque estas dificultades puedan parecer un fenómeno moderno, lo cierto es que incluso muchos de los santos se enfrentaron a tentaciones de este tipo.
A menudo, la principal diferencia entre nosotros y los santos es que estos tomaban cualquier medida necesaria para detener una tentación antes de que fuera demasiado lejos.
San Benito y la mujer
En una etapa temprana de la vida de San Benito, probablemente cuando tenía unos 18 o 19 años, abandonó su cómodo hogar y partió en busca de la soledad.
Al principio vivió en una cueva y, aunque pudiera parecer el lugar perfecto para evitar la tentación, el diablo se aprovechó de su aislamiento para agitar su imaginación.
Así lo describe San Gregorio Magno en su biografía de San Benito:
"Había allí una mujer a la que había visto en alguna ocasión, cuyo recuerdo le infundió en la mente el espíritu maligno, y mediante la imagen de ella inflamó tan poderosamente de concupiscencia el alma del siervo de Dios, que esta se intensificó tanto que, casi abrumado por el placer, estuvo a punto de abandonar el desierto".
Estaba dispuesto a rendirse y volver al mundo, pensando que su plan de vivir en el desierto se había frustrado.
Sin embargo, recobró el sentido y tomó una medida muy drástica para apartar de su mente a aquella mujer:
"Pero, de repente, con la ayuda de la gracia de Dios, volvió en sí; y al ver que cerca de allí crecían muchas zarzas espesas y matorrales de ortigas, se quitó las ropas y se arrojó en medio de ellas, revolcándose allí tanto tiempo que, cuando se levantó, toda su carne estaba lamentablemente desgarrada: y así, con las heridas de su cuerpo, curó las heridas de su alma, al convertir el placer en dolor y, mediante el ardor exterior de un escozor extremo, apagó aquel fuego que, alimentado antes con el combustible de las cavilaciones carnales, ardía interiormente en su alma; y de este modo venció al pecado, porque cambió la naturaleza del fuego".
Infligirnos dolor físico puede que no sea lo primero en lo que pensaríamos para detener una tentación sexual, pero, en la mente de San Benito, necesitaba hacer algo extremo.
La lección que podemos aprender de esta historia es que, a veces, necesitamos hacer algo grande para alejarnos de una tentación frecuente que sigue obstaculizando nuestro progreso en la vida espiritual.
Eso podría incluso significar deshacernos de nuestro móvil o nuestro ordenador portátil con tal de salvar nuestra alma.
Sea lo que sea, lleva tu tentación ante Dios y pídele ayuda para saber qué debes hacer para alejarte de una tentación sexual.












