Tras abandonar Líbano a los 18 años para escapar de la guerra civil, Mario Abinader pensó que por fin había pasado página en su vida. Cuarenta años después, este cardiólogo, que ahora reside en la región francesa de los Pirineos Atlánticos, divide su tiempo entre sus pacientes, su ministerio como diácono ortodoxo y la ayuda a los más vulnerables de Líbano.
"Siempre me he considerado una semilla libanesa plantada en Francia". Esta imagen le sienta bien. Nacido en el seno de una familia cristiana maronita en un suburbio residencial de Beirut, Mario Abinader creció en un entorno donde la fe ocupaba un lugar destacado. Estudiante brillante en un colegio jesuita, sobresalió en todas las materias, pero le costó decidir su camino. "No sabía qué quería hacer", recuerda, añadiendo que siempre sintió una vocación sacerdotal, que no había podido cumplir en su juventud.
Su padre, un alto funcionario, lo orientó entonces hacia la medicina. "Con tu perfil humanista, te veo como médico", le dijo. En 1982, mientras Líbano se veía asolado por la guerra civil, sus padres lo instaron a abandonar el país a los 18 años. Entonces comenzó a estudiar medicina en Burdeos. "Mis padres se negaron a que uno de sus hijos se uniera a una milicia. Somos cinco hermanos, yo soy el cuarto, y en cuanto cumplimos 18 años, nos fuimos de casa para buscar un futuro mejor en otro lugar", contó Mario a Aleteia. Esta partida, que se creía temporal, se convertiría en permanente para él.
Corazón y fe, una sola línea de vida.
Con el paso de los años, el joven estudiante construyó su vida en Francia, lejos de las incertidumbres que seguían asolando su país natal. "Vi las divisiones sectarias, la corrupción, todas las heridas del Líbano", recuerda, añadiendo que estaba convencido de que sería mucho más útil en Francia que en el Líbano.
Detrás de esta decisión también se encontraba el deseo de construir un futuro estable con su esposa, Chantal, a quien conoció durante sus estudios. Fue dentro de este nuevo equilibrio vital, entre establecerse en Francia y formar una familia, que su trayectoria profesional fue tomando forma gradualmente. Cuando llegó el momento de elegir su especialidad, Mario se inclinó naturalmente por la cardiología. Una elección que surgió tanto de su interés por la ciencia como de una convicción más profunda. "Tenía una gran sensibilidad hacia el simbolismo del corazón. Además de que este campo me atraía, siempre he creído que la verdadera inteligencia reside en el corazón, no solo en el cerebro".
Una intuición que nunca lo ha abandonado. Para él, el corazón no es simplemente el órgano que el médico examina y trata. Es también un lugar de encuentro, escucha y compasión. Esta visión adquirirá una nueva dimensión a medida que se desarrolle su viaje espiritual.
"Mi objetivo eterno es que lo que soy por dentro, en mi alma y en mi corazón, esté en armonía con lo que hago"
Gracias a su hermano José, Mario descubrió la Ortodoxia y se enamoró de ella. Fue allí donde recibió el llamado de Dios a la vocación que siempre había permanecido latente en su interior. "El sacerdote de mi parroquia vino a sugerirme que me hiciera diácono. Recuerdo que me conmovió mucho, pero sobre todo, me pregunté si estaría a la altura", confiesa.
Y así fue como acudió a su hermano mayor, José, en busca de consejo. "Me convenció con una sola frase: 'Si esperas a ganártelo, nunca lo harás. Ser diácono es servir'". Así, tras cumplir cuarenta años, Mario regresó a la universidad para estudiar teología en el Instituto Teológico Ortodoxo de San Sergio en París.
Ordenado diácono en Toulouse en 2018, sintió por fin que había respondido a algo que llevaba mucho tiempo presente en su interior. "¡Se ha cerrado un círculo!". Además de su ministerio, también cultiva la reflexión teológica, que comparte a través de artículos y textos espirituales en su blog. Algunos de sus escritos se han publicado en el diario libanés en lengua francesa L'Orient-Le Jour, lo que demuestra su deseo de contribuir al debate espiritual y a la transmisión de la fe.

Lejos de crear una separación entre su vida profesional y espiritual, esta vocación le permite, de hecho, unificarlas. "Como cardiólogo, intento aplicar las enseñanzas de Cristo: escuchar, no juzgar, ser compasivo". Ser el mismo hombre en la iglesia, con su familia, en su práctica médica o con personas en dificultades es su credo, que adquiere una nueva dimensión en 2020.
Líbano, un compromiso de corazón
El 4 de agosto de 2020, una de las mayores explosiones no nucleares de la historia, ocurrida en el puerto de Beirut, devastó barrios enteros de la capital libanesa, causando la muerte de más de 220 personas y dejando 6.500 heridos. El impacto fue inmenso.
Por primera vez en mucho tiempo, a pesar de su profunda conexión con sus raíces, Mario sintió una clara vocación: "Sabía que mi país me necesitaba". Si bien hasta entonces había viajado al Líbano principalmente para ver a su familia y durante las vacaciones, se interesó cada vez más por la difícil situación de la población afectada. "La situación sanitaria allí ha sido catastrófica durante varios años, y se ha agravado aún más desde que se intensificaron los conflictos armados. Uno de cada dos libaneses vive por debajo del umbral de la pobreza, y gran parte de la población no puede costearse los medicamentos", explica Mario.
Junto con amigos cercanos, fundó en 2021 la asociación Beyrouth dans nos mémoires, que más tarde se convirtió en la Fraternité franco-libanaise, para ayudar a quienes sufren.

“Nuestra misión es doble: entregar suministros médicos a la zona afectada y recaudar donaciones para las ONG con las que colaboramos”, explica el médico, que trabaja con la asociación OffreJoie, la cual intervino tras la explosión del puerto en 2020 para rehabilitar aproximadamente 150 edificios dañados y organizar la acogida de personas desplazadas, así como con la asociación Arcenciel, que trabaja con personas con discapacidad y poblaciones vulnerables.
“Mientras que en Francia tenemos la suerte de contar con asistencia social, allí, si no tienes nada, no tienes nada”, subraya Mario. Desde que fundó su asociación, ya ha logrado entregar nada menos que 26 maletas y 30 palés de material médico y paramédico. En septiembre de 2024, gracias a su red de asociaciones, incluso se envió un contenedor de material médico y mobiliario al puerto de Beirut, donde fue recibido y distribuido por el centro de acogida de refugiados Mar Michael.

Hoy, alrededor de cincuenta voluntarios participan en esta cadena de solidaridad entre Francia y Líbano. El doctor, siempre humilde, también se entrega viajando a Líbano dos veces al año para reunirse con asociaciones, distribuir medicamentos y realizar consultas de cardiología. "Este verano, iré con cuatro marcapasos donados por Medtronic, que implantaré personalmente en cuatro pacientes que no pueden costear el equipo, el quirófano ni los honorarios del cardiólogo que realiza el procedimiento", explica el cardiólogo, para quien este compromiso no es ni una obligación ni un sacrificio; es la consecuencia natural de una fe que busca materializarse en acciones concretas. "Mi meta eterna es que lo que soy por dentro, en mi alma y en mi corazón, esté en armonía con lo que hago", explica.
Al escucharlo, el cardiólogo, el diácono y el humanitario se convierten en una sola persona. Como si toda su vida hubiera convergido en esta única misión: cuidar los corazones, tanto los que laten en el pecho de sus pacientes como los que flaquean bajo el peso de las dificultades. Y cuando se le pregunta qué espera aún de su país natal, su respuesta sigue rebosante de confianza: "Para que el Líbano se salve, necesita la ayuda de Dios. Y yo creo en Dios".












