Un mártir de la confesión, fray Augusto Rafael Ramírez Monasterio será el nuevo beato que muy pronto podrá ser venerado oficialmente en Guatemala
Guatemala es un país que ha vivido etapas de conflictos internos muy difíciles, como la mayoría de los países de habla hispana del continente americano. Sin embargo, la fe de los católicos y la entrega de sus fieles no dejan lugar a dudas. Este es el caso del Venerable Siervo de Dios fray Augusto Rafael Ramírez Monasterio, mártir de la confesión que pronto será declarado beato.
La noticia fue publicada en un comunicado firmado por Fray Edgardo Manuel Pérez Tejeira, Ministro Provincial de la Provincia Franciscana "Nuestra Señora de Guadalupe" de Centroamérica y Panamá, en el que se anuncia que la beatificación será realizada el 7 de noviembre de 2026 en la Finca Florencia, Santa Lucía Milpas Altas, Sacatepéquez, Guatemala.
Una breve biografía
La vida de este franciscano inició en la Ciudad de Guatemala el 5 de noviembre de 1937. Fue el menor de nueve hermanos. Recibió el orden sacerdotal el 18 de junio de 1967 en Teruel, España.
De acuerdo con el sitio de la Conferencia Episcopal de Guatemala:
"Era un fraile franciscano dedicado al servicio de los pobres y necesitados. La vocación sacerdotal la vivía intensamente en la celebración de la Eucaristía, la experiencia diaria de oración y una devoción particular a la Virgen María. Trabajó incansablemente por las vocaciones franciscanas, en su paso por los distintos destinos que tuvo y apoyó las casas de formación por las que pasó".
¿Por qué lo asesinaron? Leemos en el mismo sitio que:
"La razón de su muerte se encuentra en su trabajo pastoral con los jóvenes, especialmente en la formación de los valores cristianos de compromiso y proyección hacia la comunidad. A lo largo de su vida trabajó por los jóvenes en grupos juveniles, deportes, coro, etc. Por su espíritu amigable cautivó la simpatía de numerosos jóvenes que buscaban su consejo y asesoría espiritual; fue su amigo, director espiritual y confesor".
Mártir de la confesión
El pretexto para terminar con su vida llegó en junio de 1983. El entonces párroco de San Francisco el Grande, en Antigua Guatemala, confesó a un campesino implicado en la guerrilla. Por ello fue detenido ilegalmente y conducido al destacamento militar en donde lo torturaron y le quemaron las manos con cigarrillos para obligarlo a decir lo que el hombre le había dicho en confesión, pero él se negó.
Al día siguiente lo dejaron libre; no obstante, continuaron las amenazas de muerte para que abandonara el país. Finalmente, el 7 de noviembre de 1983 saliendo de casa de su hermana fue interceptado por unos individuos. Secuestrado por segunda vez, no se supo nada de él hasta el día siguiente, cuando su cadáver fue localizado en la morgue, torturado y asesinado a balazos.












