San Enrique emperador demuestra que la santidad no está reservada a los monasterios o a la vida religiosa. También puede vivirse al tomar decisiones con justicia, ejercer la autoridad como servicio y buscar siempre el bien común
Cuando pensamos en un santo, es común imaginar a un monje, una religiosa o un mártir. Difícilmente pensamos en un gobernante. Sin embargo, san Enrique, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, demuestra que también es posible alcanzar la santidad desde el ejercicio de la autoridad. Su vida recuerda que Dios llama a cada persona a ser santa allí donde se encuentra, incluso en medio de las responsabilidades, las decisiones difíciles y el servicio a los demás.











