Ocurre hasta en las mejores familias: los favoritos aparecen en escena y, si no somos nosotros, inmediatamente lo notamos. El padre, la madre o un pariente mayor prefiere a algunas personas - o a uno en especial - con marcadas diferencias que suelen provocar celos y discusiones. Pero, ¿es así con Dios?
Los predilectos del Señor
Por las palabras de nuestro Señor Jesucristo sabemos que Dios ama a los humildes y sencillos. El Papa Benedicto XVI comentó lo siguiente en la Audiencia General del 15 de febrero de 2006 , al referirse al canto del Magníficat de la Santísima Virgen María:
"Sin embargo, al final, su fuerza secreta está destinada a manifestarse para mostrar quiénes son los verdaderos predilectos de Dios: los 'fieles' a su Palabra, 'los humildes', 'los hambrientos', 'Israel, su siervo'; es decir, la comunidad del pueblo de Dios que, como María, está constituida por quienes son 'pobres', puros y sencillos de corazón. Es ese 'pequeño rebaño' al que Jesús invita a no tener miedo, pues el Padre ha querido darle su reino".
Los soberbios no aman a Dios
Nuestro Señor nos ama a todos, pero como nos ocurre a nosotros, corresponde al amor que le profesamos. No puede forzar nuestra voluntad para que le amemos, por eso, quien se acoge a Él recibe mucho más. La prueba la tenemos en los santos que han confiado en su Palabra y todo esperan de su misericordia y providencia.
En cambio, una persona soberbia que cree que nada necesita de Él, que lo desprecia o peor aún, reniega o lo desconoce, no puede esperar que Dios lo recompense. No sería justo, porque la justicia divina también nos alcanzará porque, como dice el Catecismo de la Iglesia católica:
"La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido".
(CEC 1807)
Así es que, los favoritos de Dios se miden en el amor. "Ama a Dios sobre todas las cosas", como lo indica el primer mandamiento de la Ley de Dios y forma parte de sus predilectos con tus palabras y obras.










