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Los fieles laicos otorgan al sacerdote el mandato de celebrar la Misa

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Ludzie świeccy na Eucharystii

Crédito: Edijs K | Shutterstock

En realidad, aunque las oraciones las dirige el ministro son los laicos quienes, en ese momento, otorgan al sacerdote el mandato para celebrar la santa Misa

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Son las raíces históricas y teológicas de la invocación litúrgica "Oremos para que este sacrificio mío y de ustedes" en la Misa en las tradiciones oriental y occidental. Muestra que la respuesta de los fieles es un mandato espiritual que la Iglesia confiere al sacerdote para que celebre el Santo Sacrificio.

Esa acusación no se ajusta a la realidad

La oración "Oren para que Dios Padre todopoderoso acepte mi ofrenda y la de ustedes" y la respuesta del pueblo son un elemento fijo de cada Santa Misa. A veces surgen acusaciones de que estas palabras deberían desaparecer de la liturgia. ¿Por qué? Los críticos afirman que enfatizan demasiado el papel del propio sacerdote y dejan a los fieles en un segundo plano.

Sin embargo, los estudios históricos sobre esta oración muestran justo lo contrario. Para comprender su verdadero significado, hay que remontarse al siglo V y examinar la tradición de la Iglesia oriental.

El sorteo de Zacarías y el temor de María

En el antiguo rito sirio oriental, tras la liturgia de la palabra, el archidiácono se acercaba a uno de los clérigos y lo designaba para celebrar el Sacrificio. Se trataba de una referencia directa al Zacarías evangélico, que fue elegido por sorteo para ofrecer el incienso en el Lugar Santo. El sacerdote elegido se situaba ante el resto de los concelebrantes y pedía: "Oren, hermanos, para que Dios Padre todopoderoso acepte mi ofrenda y la suya…". El presbítero celebraba la Eucaristía y, a continuación, administraba la comunión al obispo, a los demás reunidos en el presbiterio y a los fieles en la iglesia (curiosamente, el obispo no celebraba la misa, su tarea consistía en enseñar).

La tradición bizantina adoptó esta costumbre con una forma ligeramente diferente. En ese momento tiene lugar un diálogo entre el presbítero y el diácono. El diácono dice: "Que el Espíritu Santo descienda sobre ti y que el poder del Altísimo te proteja".

Se trata de una clara alusión a la escena de la Anunciación. San Juan Damasceno escribía que el sacerdote debería preguntar entonces, como María: "¿Cómo será esto?". ¿Cómo es que el pan y el vino comunes se convertirán en el Cuerpo y la Sangre? La respuesta de la tradición es breve: No te andes con sutilezas. Es obra del Espíritu Santo.

La misma idea está presente en nuestro rito romano. En este caso, el diálogo tiene lugar entre el presbítero y los fieles laicos, quienes, a las palabras del celebrante, responden: "Que el Señor acepte la ofrenda de tus manos, en honor y gloria de su nombre, y también para nuestro bien y el de toda la Santa Iglesia…".

La responsabilidad que recae sobre los laicos

Cuando pronunciamos estas palabras en los bancos de la iglesia, rara vez pensamos en la responsabilidad que recae sobre nosotros. Sin embargo, es enorme.

Es el momento en el que el sacerdote, por así decirlo, se despide del pueblo. Entra en el "Santo de los Santos" para dar comienzo a la Plegaria Eucarística. Sin embargo, no lo hace por iniciativa propia.

En ese momento, los fieles laicos otorgan al sacerdote el mandato para celebrar la Eucaristía.

La Iglesia no es solo una jerarquía. Es, ante todo, personas bautizadas que participan en el sacerdocio universal de Cristo. Al responder al sacerdote, dicen: "Ve. Te otorgo el mandato. Celebra este Sacrificio en mi nombre".

Dios no necesita nuestras grandes obras, sino que exige amor. Cuando en la misa falta el diálogo y la respuesta por parte de los fieles, el sacerdote se queda solo. Vale la pena recordarlo cuando estamos el domingo en la iglesia: sin la voz y la participación de los laicos, la liturgia pierde su fundamento comunitario.

Basado en la conferencia del P. Marek Blaza SJ «La Eucaristía: unidad en la diversidad | Marek Blaza SJ»