Si hay un argumento clásico en las comedias románticas es el del joven rico —príncipe, rey, heredero o magnate— que decide ocultar quién es realmente. Se hace pasar por un hombre corriente, incluso por alguien sin recursos, porque teme que la mujer de la que se enamore no le quiera a él, sino a todo lo que lleva detrás: el dinero, el apellido, la posición, el poder. Quiere comprobar si alguien sería capaz de elegir su amistad cuando ya no pueda ofrecer nada.
El valor de no servir para nada

En este contexto -y claro, con ironía-, los amigos inútiles son aquellos que no pueden ayudarte a ascender socialmente, que no conocen a la persona adecuada para abrirte una puerta, que no tienen influencia, ni dinero para sacarte de un apuro, ni una agenda llena de contactos, ni acceso a ese grupo al que te gustaría pertenecer. Son amigos que, aparentemente, no sirven para nada.
Y, precisamente por eso, son una prueba de autenticidad. Si esa amistad existe es porque los quieres por ser ellos mismos. Porque hay algo invisible, imposible de medir, que sostiene la relación. Porque cuando sufres, no minimizan tu dolor; les duele contigo. Porque celebran tus alegrías sin convertirlas en una competición. Porque permanecen cuando ya no hay ningún beneficio en quedarse. No nos engañemos: de esos amigos hay muy pocos en una vida.
Las personas no son proyectos
Sin embargo, cuando hablamos de acercar a otros a Dios, la amistad entra en un terreno delicado. Existe el riesgo de que las personas sientan que solo las queremos como un proyecto de evangelización. Que cada invitación a una actividad de la parroquia o de un movimiento parezca un intento de sumar participantes, como si estuviéramos compitiendo por quién lleva a más gente.
Y cuando alguien percibe eso, no solo se aleja de Dios; también se aleja de nosotros. La amistad nunca puede ser un cebo. Antes que nada, las personas tienen que sentirse queridas. Queridas de verdad. No como un objetivo, sino como un fin en sí mismas.
El miedo a nuestra propia vulnerabilidad

Pero hay otro peligro mucho más sutil. Muchos podemos sentir el miedo de que, al margen de la fe, descubran que no somos especialmente brillantes; que se cumpla aquella frase de Los Secretos: "¿Cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario?".
Quizá pensamos que esa persona se acercó porque le resultábamos interesantes, inteligentes o admirables, y sabemos de sobra que, cuando retiremos el foco de nosotros y lo pongamos en Dios, descubrirá que no tenemos nada extraordinario que ofrecer.
El arte de saber desaparecer
Pero ¿y si precisamente esa fuera la mejor noticia? ¿Y si nuestra misión consistiera en desaparecer un poco? ¿Y si, cuando alguien deja de mirarnos a nosotros para empezar a mirar a Dios, el trabajo estuviera hecho?
Tal vez la evangelización también necesite amigos inútiles. Personas que no retengan a nadie para sí mismas, que no creen dependencias, que no pretendan convertirse en imprescindibles. Amigos que, una vez cumplida su misión, acepten con paz pasar a un segundo plano.
Porque, al final, la amistad más verdadera siempre tiene algo de gratuita. Y el mejor amigo es, quizá, aquel que consigue acercarte a lo mejor sin que acabes necesitándole a él.











