Durante la época de la Ascensión, siempre atrae el famoso boceto de Peter Paul Rubens de Cristo ascendiendo al cielo, con sus pies aún visibles. Toda la composición está plasmada en un dramático escorzo: la cabeza casi desaparece en el aire y los pies se convierten en el elemento más prominente.
El boceto fue una preparación para un fragmento de una pintura mucho mayor que Rubens realizó en la bóveda de una iglesia en Amberes. La pintura fue creada en 1620, pero la iglesia se incendió en 1718. El boceto en sí ha sobrevivido —actualmente se encuentra en la Academia de Bellas Artes de Viena— y, aun en su forma inacabada, sigue siendo tan fascinante que suele aparecer en colecciones de obras dedicadas a la Ascensión.

La pintura fue creada para dar al espectador la impresión de estar justo debajo de Cristo suspendido en el aire. Por eso, sus pies son el elemento más llamativo.
Estos "pies que se alejan" son, de hecho, un motivo recurrente en el arte sacro. Innumerables representaciones de la Ascensión muestran a los discípulos asombrados mirando al cielo, mientras Cristo casi desaparece por completo del encuadre. El espectador ahora solo ve sus pies. La Ascensión sorprendió claramente a los discípulos: ya no tenían nada a lo que aferrarse.
Cuando pienso en la atmósfera sublime de la contemplación espiritual, rara vez la imagino llena de la imagen de pies descalzos. Sin embargo, esta es precisamente la imagen que nos transmite la tradición del arte cristiano. ¿Qué tienen esos pies que se alejan que captan nuestra atención?
Peculiar y llamativo
La Biblia está llena de referencias a los pies. "¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian las buenas nuevas!". María Magdalena rompe un frasco de alabastro con ungüento y lava los pies de Cristo. Más tarde, Él mismo lava los pies de sus primeros sacerdotes el Jueves Santo, y deja claro que si no se lo permiten, no tendrán parte con Él.
Haay elementos que son tan bellos que no resulta extraño verlos en el arte: como el caso de las rosas o cualquier otra flor; sin embargo, los pies son extraños: son comunes, incluso un poco torpes. Por eso su presencia constante en el arte y la literatura resulta tan fascinante.
En el Evangelio de Juan, hay un momento de incertidumbre tras la Resurrección, cuando María Magdalena se encuentra con el Resucitado en el jardín del sepulcro. Al principio, no lo reconoce, pero cuando lo comprende, cae a sus pies y los abraza. "No me sujetes", dice Jesús, "porque aún no he subido al Padre". Con ternura, se separa de ella. Aquellos pies divinos ya no están destinados a caminar sobre la tierra.
Cristo resucitado camina por el mundo como un gigante. Trasciende los límites del cuadro, y su gloria se derrama sobre el cielo y las nubes, sobre el pan y el vino. Se alza imponente sobre la creación como el sol naciente. Permanecemos abajo, con la cabeza ladeada, observándolo desaparecer. Su cabeza ya está entre las nubes. Solo nos aferramos a sus pies, pero Él deja claro que, en algún momento, debemos soltarlo.
Hasta que llegue el día
Hay una tristeza oculta en la Ascensión. Cristo debe partir. Ya no caminará con sus amigos, ni compartirá comidas con ellos, ni conversará con ellos. Pescó con ellos por última vez. Comieron juntos la Pascua por última vez. Ya no podrán caminar con él ni hablar con él como antes.
La pintura de Rubens capta magistralmente la dinámica de esta pérdida. Aunque la escena permanece estática, se percibe cómo Cristo se desvanece.
Pero, en nuestra propia vida, no podemos convertirnos en prisioneros del pasado. Los cambios naturales y positivos a los que nos enfrentaremos en cada etapa de nuestra vida —que los hijos crezcan, que tengan sus propios hogares, los nuevos lugares a los que nos lleva la vida, incluso seguir a Cristo que nos deja— conllevan separación. Sin embargo, los caminos que recorremos forjan lazos duraderos. Es el amor lo que nos da la fuerza para soltar, y es el amor lo que, en última instancia, nos volverá a unir.
Cristo aseguró a sus discípulos que, aunque estarían separados por un tiempo, su búsqueda mutua fortalecería aún más su vínculo. Si se marchaba, no era porque su amor se hubiera debilitado, sino porque estaba preparando un hogar permanente para sus amigos.
Aunque la vida sea una sucesión de despedidas y, como los discípulos, lamentemos la ausencia de quienes amamos, la promesa permanece: los pies siguen a la cabeza. Así que continuamos nuestro camino, amando lo mejor que podemos. Damos un paso a la vez, confiando en que un día cada partida se convertirá en un regreso.










