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Julio, de Venezuela: “La oración es el mejor medio”

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Álvaro Garrido - publicado el 30/06/26
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Julio César Morillo Leal tiene 39 años y es de Venezuela. Tras renunciar a todo, decidió seguir el llamado vocacional de Dios y servirlo por completo. Hoy habla sobre la crisis que atraviesa Venezuela y asegura que, en la oración, encontrarán la solución que la nación necesita

La historia de Julio César Morillo es la de un hombre dispuesto a sacrificarlo todo y que decidió detener una exitosa carrera profesional en su Venezuela natal para responder con valentía a la llamada de Dios para ser sacerdote. Actualmente es párroco de la Parroquia Niño Jesús, en San Timoteo, y habla sobre la crisis que atraviesa el país desde hace años; y sobre el agravamiento que los dos terremotos representaron para la situación de los venezolanos.

Una familia unida por sus abuelos

Julio creció siendo el mayor de dos hermanos en el seno de una familia humilde. Sus primeros años estuvieron marcados por la atención, el afecto y la profunda tranquilidad de la vida rural, cobijado por el amor de sus abuelos. Sin embargo, el destino le tenía preparado un giro radical cuando llegó el momento de mudarse con sus padres a la ciudad.

Aquel momento crítico coincidió con el divorcio de sus padres. La ruptura redefinió su rol. Julio decidió asumir el compromiso de ser el pilar de apoyo fundamental para su madre y su hermana menor, demostrando que incluso en medio de la tormenta, es posible encontrar la madurez necesaria para proteger a quienes más se ama.

"Desde esa edad me tocó asumir ciertas responsabilidades en mi hogar y plantearme diversos objetivos que me llevaron a centrarme en alcanzarlos con mucho empeño, dedicación y esfuerzo. Diseñé de tal modo lo que quería para mi vida y seguí ese plan hasta lograrlo".

Eligió estudiar Ingeniería porque le apasionaban los números. Su sueño era ejercer en campo y ser docente a nivel universitario.

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La vocación al sacerdocio

La vocación es un camino estrictamente personal. Para Julio, la fe se cultivó desde la juventud a través del servicio activo en los movimientos eclesiales de Venezuela, como la pastoral juvenil, Cursillos de Cristiandad y la Legión de María. Sin embargo, fue en los Encuentros Familiares de Venezuela donde entregó gran parte de sus años de servicio.

Paradójicamente, este movimiento se enfoca en la preparación para el matrimonio y la construcción del hogar, un rumbo que Julio ya había adoptado como su meta ideal.

"Hacia ese camino estaba enfocado mi proyecto de vida, lo cual me hizo creer que también eso era lo que Dios quería para mí".

Convencido de que el plano familiar y el éxito profesional eran la respuesta definitiva a su fe, Julio avanzaba con paso firme, sin sospechar que el diseño de su vocación aún contenía otros matices.

El éxito profesional frente al vacío interior

Julio alcanzó lo que muchos considerarían la cima del éxito: se graduó como Ingeniero de Petróleo, ejerció en su campo y se convirtió en profesor universitario. A una relativa corta edad, gozaba de la admiración de sus amigos y del orgullo de una familia que celebraba cada uno de sus triunfos.

Sin embargo, la realización profesional no se tradujo en una plenitud personal. Detrás de una carrera brillante, comenzó a gestarse una crisis existencial que desafiaba sus propios planes. Como él mismo confiesa: "Creía que esto sería lo que me haría plenamente feliz, pero en realidad me sentía vacío y sentía que estaba llamado a algo más".

Esa insatisfacción no fue un freno, sino el motor que lo impulsó a detenerse, cuestionar su dirección y concentrar todas sus fuerzas en descubrir su verdadero propósito de vida.

Sacrificarlo todo por la vocación

Acompañado por su director espiritual, tomó la decisión más difícil para un profesional brillante: soltar el control y dejar su futuro en manos de Dios. En ese proceso, llegó una revelación fundamental sobre cómo había gestionado su vida hasta entonces:

"Diseñé de tal modo lo que quería para mi vida y seguí ese plan hasta lograrlo. Pero mi vida estaba un poco vacía. Me percaté de que, si bien había realizado mi plan, nunca lo había sometido a consideración de Dios para ver si eso era lo que realmente Él quería para mí, sino que sólo mi oración se basaba en pedir ayuda para realizarlo y siento que Dios me permitió cumplirlo", relata.

Una vez alineado con esta nueva perspectiva, los acontecimientos comenzaron a encajar y el mensaje se volvió inconfundible: el Señor le pedía una entrega absoluta.

Atender esta llamada exigió de Julio un desapego radical. Tuvo que renunciar a su empleo, a su carrera de ingeniería y a sus estudios. El paso más complejo, sin duda, fue confrontar la resistencia de su propia familia, quienes al principio no comprendieron ese giro tan drástico. La vieja estructura había caído para dar paso a su verdadera misión.

Una frase de san Juan Bosco

El anuncio de su decisión desató una tormenta previsible: el rechazo severo de su familia. Romper con las expectativas ajenas significó para Julio cargar, durante un tiempo, con la mirada de decepción y pena de los suyos, quienes no comprendían el valor de empezar de cero.

En medio de ese aislamiento emocional, una máxima de san Juan Bosco se convirtió en su brújula y refugio, pero algo adaptada del original (Cuando se trata de servir a Dios, hay que estar dispuesto a sacrificarlo todo): "Cuando se trata de seguir la vocación, hay que estar dispuesto a sacrificarlo todo".

Entonces tomó la decisión de embarcarse en esta aventura de la vocación sacerdotal y Dios se fue encargando poco a poco de poner todo en su sitio, acompañar a su familia y ocupar el lugar que Julio había dejado en ellos.

"He sentido la misericordia que Dios ha tenido al llamarme y por eso comencé mi formación sacerdotal hace poco más de seis años, en la que hasta ahora me siento muy feliz al ver que se está realizando el sueño que Dios ha tenido conmigo, a pesar de mis debilidades".

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La grave situación de Venezuela

Es evidente la grave situación en la que se encuentra Venezuela, especialmente tras los dos terremotos del 24 de junio que -al 30 de junio- han causado la muerte de más de 1,700 personas, 5,034 heridos y una cantidad desconocida de desaparecidos, que las Naciones Unidas estima que podría ser de hasta 50,000 personas.

A través de la Fundación CARF, este joven sacerdote comparte un poco de lo que esta catástrofe significa para el pueblo de Venezuela: 

"Son muchos los muertos confirmados. Hay muchas personas que permanecen entre los escombros. Muchos edificios desplomados y el resto con fallas estructurales serias.

El Aeropuerto Internacional de Maiquetía que es el principal del país se encuentra fuera de servicio por los serios daños que recibió. Varios complejos residenciales y hoteles se han desplomado en Caracas y sus alrededores. Incluso varios templos se han visto afectados, algunos se les ha desprendido el techo, en otros se han caído algunas paredes y pues todo ha sido una tragedia".

Esta situación agrava los problemas que ya venía enfrentando el país: familias disgregadas por la migración, salarios insuficientes, escasez, incapacidad de conseguir productos de la canasta básica, falta de medicamentos e insumos hospitalarios, escasez de combustible para los vehículos y una larga crisis económica, política y social que se encuentra en el punto más álgido de su historia.

El trabajo de la Iglesia venezolana 

Dentro de toda esta situación, la Iglesia venezolana está haciendo un gran trabajo al tratar de cubrir las necesidades de la población con la ayuda de diversas fundaciones internacionales que se han mostrado solidarias con la situación del país. 

Así, han levantado comedores, centros asistenciales y han provisto de medicamentos, entre otras cosas, que le permiten solidarizarse con los fieles que en este momento necesitan algo más aparte de los Sacramentos.

Para Julio, la transformación de su país no es una utopía ajena a la fe, sino un compromiso que nace de la vida espiritual. Considera que la oración es la herramienta más poderosa para generar un cambio verdadero en Venezuela, siempre y cuando se traduzca en acciones concretas orientadas al bien común, dejando de lado los intereses individuales para vivir el mandamiento del amor.

"La oración es el mejor medio para lograr un cambio en el país, y a partir de ella la realización de acciones concretas que lleven a la búsqueda del bien común"

Bajo el amparo de Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela, Julio y su comunidad confían el destino de la patria a la intercesión divina. Asimismo, elevan sus oraciones para que la llamada del Señor continúe resonando con fuerza en el corazón de la juventud venezolana, inspirando a más jóvenes a dar un sí generoso que permita seguir construyendo la Iglesia en su tierra natal.

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