Los investigadores analizaron si un cambio en la microbiota intestinal, con bacterias buenas, podía influir en las decisiones sociales. Tras siete semanas de suplementación, los participantes rechazaban con mayor frecuencia las ofertas económicas injustas, incluso aunque ello les supusiera una pérdida económica.
Un pequeño juego sobre la gran justicia

Imaginemos una situación sencilla. Alguien recibe 100 pesos y tiene que repartirlos contigo. Puede ofrecerte la mitad, treinta pesos, diez pesos o nada. Tú puedes aceptar o rechazar la oferta. Si la rechazas, nadie recibirá ni un céntimo.
Desde un punto de vista puramente económico, sale a cuenta aceptar cualquier cantidad superior a cero. En la práctica, la gente suele decir: "No, gracias". Prefieren perder el dinero antes que aceptar un acuerdo que consideran injusto.
Precisamente este mecanismo es el que utilizaron los científicos en un estudio publicado en "PNAS Nexus". Querían comprobar si la composición del microbioma intestinal puede influir en lo mucho que nos importa la justicia.
El intestino, el cerebro y la toma de decisiones en la mesa
En el estudio participaron 101 hombres. Durante siete semanas, una parte de ellos tomó un sinbiótico, es decir, un preparado que combina probióticos y prebióticos. El otro grupo recibió un placebo. Ni los participantes ni los investigadores que dirigían directamente el estudio sabían quién pertenecía a cada grupo.
Antes y después de la intervención, los participantes entregaron muestras de sangre y de heces, posteriormente participaron en el llamado "juego del ultimátum". El resultado fue intrigante. Las personas que tomaban el simbiótico rechazaban con mayor frecuencia las ofertas injustas.
En otras palabras: tras el cambio en la microbiota, estaban más dispuestos a pagar de su propio bolsillo para castigar la deshonestidad. El efecto más marcado se observó en aquellos cuyo microbioma era menos equilibrado al inicio del estudio.
La justicia también tiene su lado bioquímico
Los investigadores se han fijado en la tirosina, un aminoácido precursor de la dopamina. Las variaciones en sus niveles podrían ser uno de los eslabones que conectan el intestino, el cerebro y el comportamiento. Esto no significa que un yogur o un suplemento vayan a convertir a alguien en un paladín de la justicia. Tal simplificación sería divertida, pero falsa.
El estudio muestra más bien algo más sutil: nuestras decisiones sociales no se forman exclusivamente en una mente "fría". En ellas influyen el cuerpo, el metabolismo, la dieta, el estado de los intestinos y, tal vez, también los microorganismos que llevamos dentro cada día.
¿Qué se deduce de todo esto en el contexto de una comida normal?

Conviene tener cuidado de no intentar generalizar demasiado los resultados del estudio. El estudio se centró únicamente en hombres, contó con un grupo reducido de participantes y constituye más bien un sólido punto de partida para la reflexión científica que una respuesta definitiva.
Sin embargo, es difícil pasar por alto sus conclusiones. Durante años hemos hablado de la alimentación principalmente en el contexto del peso, el colesterol y la energía. Ahora se ve cada vez más claro que la dieta también puede estar relacionada con el estado de ánimo, las reacciones sociales y la forma de tomar decisiones. El plato no sustituye a la conciencia. Sin embargo, puede crear condiciones de trabajo mejores o peores para ella.
El ser humano está más conectado de lo que creemos
Desde la perspectiva cristiana, el ser humano nunca ha sido solo una "mente en una caja". Somos cuerpo y alma, razón y emociones, biología y relaciones. Este estudio confirma de forma interesante lo que ya sabemos, pero expresándolo en el lenguaje de la ciencia moderna.
Quizás, pues, el cuidado de uno mismo comience de una forma más sencilla de lo que nos gusta pensar: por el sueño, el ejercicio, una buena comida (con probióticos :), un día menos caótico. Por pequeñas decisiones que ponen en orden el cuerpo y, a través de él, ayudan también al corazón y al alma.











