Este 11 de junio comenzará a rodar el balón en la Copa Mundial de Futbol 2026. Durante las próximas semanas, miles de personas seguirán cada partido a lo largo y ancho del mundo; celebrarán victorias, sufrirán con las derrotas de sus equipos y compartirán una pasión que pocas cosas logran despertar a escala global. Será el Mundial más grande de la historia: 48 selecciones, 104 partidos y millones de personas de aficionados recorriendo México, Estados Unidos y Canadá.
Sin embargo, mientras gran parte de la conversación gira en torno a los equipos favoritos, las figuras deportivas, los pronósticos, la Iglesia ha decidido mirar el acontecimiento desde otra perspectiva. Tanto los obispos de México como de diversas diócesis de Estados Unidos han aprovechado la ocasión para recordar que el deporte puede ser mucho más que entretenimiento. Puede convertirse en una escuela de fraternidad, encuentro y esperanza.
Una oportunidad para algo más grande
En un mensaje publicado con motivo del Mundial, la Conferencia del Episcopado Mexicano retomó una reflexión del Papa León XIV que resumen el espíritu de esta mirada:
“Que el deporte sea siempre escuela de fraternidad y no de rivalidad vacía, espacio de encuentro y no de exclusión, camino de paz y no de violencia”.
Estas palabras resultan particularmente significativas en el contexto mexicano. Nuestro país sigue enfrentando profundas heridas sociales. Las cifras de la violencia continúan siendo preocupantes, mientras más de 120 mil personas permanecen desaparecidas y la polarización política y social ocupa cada vez más espacio en la conversación pública.
Por eso, los obispos observan el Mundial como una oportunidad para recordar algo que con frecuencia olvidamos: competir no significa destruir al otro.
En su mensaje, los obispos señalan que México vive numerosas rivalidades que suelen ensombrecer la convivencia pacífica: rivalidades políticas, económicas, ideológicas y sociales. Frente a ello, proponen transformar la lógica de la confrontación en una cultura del encuentro.
La imagen que ofrecen es fuerte: si en una cancha es posible disputar un partido con intensidad y respeto, también debería ser posible construir una sociedad donde las diferencias no desemboquen en odio o exclusión.
Una sola familia humana
Los obispos mexicanos insisten que, más allá de la competencia deportiva, el Mundial invita a reconocer que formamos parte de una misma familia humana.
Y es que, vivimos en un mundo donde las guerras, los conflictos internacionales y las divisiones internas parecen multiplicarse. También en México persisten heridas relacionadas con la violencia, las desapariciones, la corrupción y las desigualdades sociales.
Ante esa realidad, la Iglesia advierte que el deporte no debe convertirse en una distracción que nos haga olvidar estos problemas, sino una ocasión para poner nuestras diferencias al servicio de la justicia, la verdad y la paz.
Es decir, el Mundial puede ser una celebración, pero también una oportunidad para preguntarnos qué tipo de sociedad queremos construir cuando termine el último partido.
La hospitalidad como testimonio cristiano
Del otro lado de la frontera, varias diócesis estadounidenses han preparado iniciativas pastorales especiales para recibir a los millones de visitantes que llegarán durante el torneo.
Sin limitarse solo a la logística, las comunidades católicas están organizando celebraciones litúrgicas en distintos idiomas, espacios de oración, confesiones, adoración eucarística y programas de acogida para peregrinos y turistas.
La intención es profundamente cristiana: ofrecer hospitalidad. En una época donde la migración suele convertirse en motivo de tensiones políticas y sociales, la Iglesia recuerda que cada persona que cruza una frontera lleva consigo una dignidad que merece ser reconocida.
El Mundial, por tanto, se convierte también en una ocasión para vivir concretamente la universalidad de la Iglesia. No importa la nacionalidad, el idioma o los colores de una camiseta. La fe cristiana ve en cada persona a un hermano.
El triunfo que todos necesitamos
Durante las próximas semanas, hasta el 19 de julio, veremos sin duda goles y jugadas memorables, celebraciones multitudinarias, gente en la calle con aire festivo y mundialista; momentos que sin duda quedarán grabados en la historia del futbol. Todo eso forma parte de la belleza del deporte y la disciplina.
La Iglesia, en medio de esta fiesta, nos invita a mirar un poco más lejos: detrás de cada selección, de cada bandera y cada afición hay personas que comparten las mismas alegrías, los mismos miedos y la misma búsqueda de sentido. Personas que, a pesar de sus diferencias, forman parte de una única familia humana.
Porque, en un tiempo marcado por divisiones, enfrentamiento y desconfianza, el mayor triunfo no será necesariamente levantar una Copa, será descubrir que todavía somos capaces de encontrarnos con respeto y reconocernos como hermanos.











