Ciertamente, acceder a la voluntad de Dios y hacer lo que nos pide, no siempre va a gustarnos. El papa León XIV lo sabe por experiencia propia y así lo ha transmitido ante la inocente pregunta de un niño.
¿De pequeño querías ser papa?
Durante su viaje apostólico a España, el papa León XIV se detuvo en una parroquia dedicada a San Agustín, en Barcelona. Ahí tuvo un encuentro con las organizaciones diocesanas de caridad y asistencia. Y entre las personas que dialogaron con él, estaba el pequeño Renzo, un niño de seis años que, en su inocencia, hizo muchas preguntas al Santo Padre.
Una de ellas fue: ¿De pequeño querías ser papa?
León XIV respondió:
"No quería ser papa ni como joven ni como viejo, pero cuando el Señor llama hay que decir sí".
Decir que sí a Dios
En la vida se presentan ocasiones en las que deseamos negarnos a realizar lo que Dios nos pide. La Biblia contiene muchos ejemplos en donde manda acciones que, seguramente, en la primera impresión no le gustaron a los protagonistas:
Abraham, un hombre de 75 años, tuvo que dejar su tierra por obedecer a Dios (Gen 12) y después le pidió el sacrificio de su único hijo, Isaac (Gen 22, 1-2).
Moisés sacó al pueblo judío de Egipto para permanecer 40 años en el desierto (Ex 3).
Jonás no quería ir a Nínive a predicar el arrepentimiento al pueblo (Jonás 1, 1-3).
Jeremías fue elegido por Dios para ser profeta, pero él no quería porque "era solo un niño" (Jer 1, 6)
Y podríamos citar muchos ejemplos más - ojalá que desees leerlos por ti mismo en la Biblia - en los que los hombres se resisten a obedecer a Dios, tal vez por miedo, quizá por pereza, lo cierto es que no son capaces de ver más allá de sus temores.
Sin embargo, cuando consiguen deshacerse de sus inseguridades y poner su absoluta confianza en Dios, Él hace maravillas y vemos en el resultado la mano providente del Señor.

Estar dispuestos para Él
Por eso la respuesta del papa León XIV al tierno Renzo es tan iluminadora: Cuando el Señor llama, hay que estar dispuestos a decir "sí", tal como lo hizo la Santísima Virgen María cuando el ángel le anunció que sería la madre de Dios:
"He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38).
Y, aunque no nos guste lo que nos pida, tengamos la certeza de que Dios sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. A pesar de lo difícil o exigente que sea, pongámonos en sus manos como el Señor Jesús, porque el bien que de esa obra se desprenda, siempre será mayor que el sufrimiento:
"Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22, 42).
Que el Señor nos ayude para decirle siempre "sí".










