Entre las diversas actuaciones musicales y artísticas, la primera noche del Papa en Barcelona, este martes 9 de junio, estuvo marcada por la espectacular y "peligrosa" demostración de los castelleros, quienes formaron una pirámide humana ante las ovaciones de los más de 40 000 espectadores reunidos en el estadio, orgullosos de ver cómo se ponía en valor esta tradición catalana ante el Papa. Una forma, tal vez, de rendir también homenaje al valor físico, moral y espiritual de los católicos catalanes, llamados a unirse para mantenerse juntos frente a múltiples factores de desequilibrio en una sociedad atravesada por numerosas fracturas sociales, ideológicas y religiosas.

En un conmovedor diálogo con los jóvenes, el Papa se mostró atento a los males de nuestro tiempo: la pérdida de sentido, la depresión, la tentación del suicidio, la violencia doméstica… Ante testimonios conmovedores, el Papa invitó con delicadeza a levantar la mirada hacia Jesús, asegurando que "el Hijo de Dios asume en su propia carne toda la angustia, la soledad y el sufrimiento de la humanidad". Explicó que, mediante su Pasión y su muerte en la cruz, Jesús "comparte nuestro dolor y nos revela el rostro de un Dios compasivo que lleva nuestras penas, sufre con nosotros, llora nuestras lágrimas y permanece a nuestro lado con su presencia llena de amor y misericordia".
Entre el público, Angela, una joven catalana marcada por la experiencia de las JMJ de Lisboa, reconoce que vivir la fe no siempre es fácil en su región. "Hay muchos ateos y a veces es difícil ser católico en Barcelona. Por suerte, tenemos nuestra parroquia y un grupo de jóvenes creyentes que nos apoyan", explica. Diego, estudiante de filosofía en Barcelona, dice que vive este día con mucha emoción. Según él, la visita del Papa tiene un carácter histórico para la ciudad y constituye una valiosa oportunidad para hacer oír un mensaje de esperanza, igualdad y justicia en un mundo que él considera cada vez más fragmentado.

Reconoce que Barcelona no siempre es un terreno fácil para los católicos. Al ser una ciudad cosmopolita, marcada por la diversidad de culturas y religiones, a menudo relega la fe al ámbito privado. Sin embargo, rechaza la idea de una Iglesia en declive. "La Iglesia de Barcelona existe, está viva", afirma.
Destaca el dinamismo de las parroquias, las asociaciones y las numerosas iniciativas que siguen animando la vida religiosa local. En su opinión, a pesar de los cambios en la sociedad, la fe sigue profundamente arraigada en la historia y la cultura de la ciudad.

Un sentimiento que comparte Paula, una nicaragüense afincada en Barcelona desde hace 20 años y que vive este día con especial emoción, ya que su esposo, de nacionalidad peruana, es compatriota del Papa.
“Es el segundo papa que veo en mi vida. Ya había conocido al papa Francisco en Perú, y hoy estoy aquí para ver al papa León. Es una alegría inmensa, una gran emoción”, dice.
Jesús, vivo y acogedor para todos
Procedente de un país marcado por la persecución de los católicos, se siente plenamente libre para practicar su fe en España y destaca la importancia de la comunidad latinoamericana en la vida de las parroquias de la región. Miembro de la parroquia de la Madre de Dios de los Desamparados, en L'Hospitalet de Llobregat, ha viajado con un grupo de fieles para escuchar "el mensaje que el Papa traerá a nuestras vidas y a toda la comunidad católica que vive aquí, en Barcelona".
Un poco más allá, Leonardo asegura que "los cristianos viven este momento con mucha alegría" y que esta bienvenida al Papa es "un orgullo para todos los catalanes". Tras ofrecer generosamente su botella de agua al autor de estas líneas, que mostraba algunos signos de debilidad, Leonardo concluye la conversación con un vibrante "¡Viva Jesús!". Durante esta sorprendente vigilia, los católicos catalanes han buscado hacer a Jesús vivo y acogedor para todos… incluso dando agua a quienes tienen sed.












