Vivimos en una sociedad que muchas veces mide el valor humano según la productividad, la belleza, el éxito o la autonomía. Pero, ¿qué pasaría si una persona deja de producir, envejece, enferma o depende de otros? La bioética personalista responde con claridad: la dignidad humana nunca desaparece. El valor de una persona no se gana, no se compra y jamás depende de su utilidad.
Toda persona tiene valor por lo que es, incluso en la fragilidad, la enfermedad o la dependencia.









