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“Cuidar la dignidad”: el llamado de la Iglesia mexicana ante la explotación sexual rumbo al Mundial 2026

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Mónica Alcalá - publicado el 27/05/26
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A pocos días del comienzo de la Copa Mundial de Futbol, la Iglesia en México expone dos grandes preocupaciones: el riesgo del aumento de la trata de personas y la explotación sexual durante eventos masivos internacionales.

Mientras México se prepara para recibir a millones de visitantes durante la Copa Mundial de Futbol, la Iglesia mexicana ha decidido poner sobre la mesa una preocupación que suele quedar fuera de los reflectores deportivos: el riesgo del aumento de la trata de personas y la explotación sexual durante eventos masivos internacionales.

La alerta no es nueva. Organismos internacionales han advertido que grandes concentraciones turísticas, artísticas y deportivas, suelen convertirse en escenarios propicios para redes de explotación, particularmente de mujeres, menores de edad y migrantes. Por eso, distintas instancias eclesiales en México han insistido en la necesidad de construir una verdadera “cultura de cuidado”, capaz de proteger la dignidad humana en un contexto cada vez más vulnerable.

El llamado fue retomado recientemente en iniciativas impulsadas por los obispos de México y difundidas por la agencia católica de noticias Vatican News, donde se advierte que el problema no se puede entender únicamente como un asunto de seguridad o criminalidad, sino como una profunda crisis cultural.

Una herida que también afecta a México

La preocupación no es menor. La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) estima que actualmente existen alrededor de 50 millones de víctimas de trata y otras formas de explotación en el mundo, una cifra que ha aumentado alarmantemente en los últimos años.

De acuerdo con datos de la misma oficina, México continúa siendo uno de los principales territorios de origen, tránsito y destino de víctimas de trata en América Latina. Diversos análisis señalan además que, hasta el 96 por ciento de los casos de trata en México no se denuncian, lo que revela la enorme dimensión oculta del problema.

Además, organismos civiles han advertido sobre el incremento de riesgos digitales relacionados con el grooming (acoso y abuso sexual digital de adultos hacia niñas, niños o adolescentes) y captación mediante redes sociales. Entre 2024 y 2025, el Consejo Ciudadano para la Seguridad y la Justicia de la Ciudad de México, reportó un aumento del 86 por ciento en denuncias relacionadas con pornografía infantil.

Cuando una persona deja de verse como persona

El fondo de esta crisis, advierten distintos organismos eclesiales, es profundamente cultural. La explotación sexual no comienza solamente dentro de estructuras criminales; empieza cuando el cuerpo humano deja de percibirse como algo digno y sagrado para convertirse en mercancía, entretenimiento o producto de consumo.

Por eso, la Iglesia mexicana ha insistido tanto en promover una verdadera “cultura del cuidado” una expresión que va mucho más allá de protocolos institucionales. Hablar de cuidado implica proteger, especialmente a quienes son más vulnerables: niños, adolescentes, migrantes, mujeres explotadas o personas atrapadas en contextos de pobreza y violencia.

También supone cuestionar una cultura que muchas veces normaliza la cosificación del cuerpo, la hipersexualidad y ciertas formas de consumo digital que terminan debilitando la percepción de la dignidad humana.

Como afirmó el Papa León XIV en su reciente encíclica Magnifica Humanitas: “Las personas terminan siendo reducidas a un medio para obtener resultados, un recurso que puede utilizarse y explotarse, y dejan de ser reconocidas como un fin en sí mismas”.

La respuesta cristiana: proteger la dignidad humana

La mirada cristiana propone algo profundamente contracultural para nuestro tiempo: ninguna persona puede reducirse jamás a objeto de consumo.

Jesús mostró una cercanía especial hacia quienes eran vulnerados, utilizados o marginados. El Evangelio coloca siempre en el centro a la persona concreta, especialmente a quien sufre.

Por eso la preocupación de la Iglesia rumbo al Mundial 2026 no busca empañar una celebración deportiva, sino recordar algo esencial: el verdadero progreso de una sociedad no se mide únicamente por su capacidad para organizar grandes eventos internacionales, sino también por la forma en que protege a los más vulnerables.

Y quizás, en un tiempo donde tantas vidas corren el riesgo de convertirse en mercancía, defender la dignidad humana siga siendo uno de los actos más urgentes —y más profundamente cristianos— de nuestro tiempo.

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