Conozcamos a un obispo que vive en una región brasileña con características únicas. Se trata de Dom Raimundo Vanthuy Neto, o simplemente Dom Vanthuy. Pero lo que verán ahora no es solo la trayectoria de un clérigo, sino el recorrido de un viaje que cruza ríos, rompe el aislamiento y se adentra en el corazón de la diócesis indígena más grande del país.
Dom Vanthuy no es un hombre de oficinas con aire acondicionado. Su historia está escrita con el sudor del camino y el ritmo de las aguas. Nacido en Roraima, hijo de migrantes de Ceará que llevaron la resiliencia del Sertão al norte, creció comprendiendo que la vida se construye con viajes.
Ordenado sacerdote en Roraima, donde sirvió durante décadas, recibió una vocación que lo llevaría al extremo noroeste de Brasil: la diócesis de São Gabriel da Cachoeira, en Amazonas. Un territorio conocido como la "Cabeza de Perro", donde las fronteras con Colombia y Venezuela se funden con la selva impenetrable.
Fe y diversidad
¿Qué significa ser pastor en un lugar sin acceso? En São Gabriel da Cachoeira, la geografía representa un desafío que moldea el espíritu. El obispo Vanthuy dirige una diócesis que alberga a 23 grupos étnicos indígenas diferentes. Se hablan 18 lenguas, un coro de voces ancestrales que encuentran en la Iglesia no un poder opresor, sino un espacio para escuchar. "Me llena de alegría llegar a una comunidad, especialmente a un pueblo indígena, y ver cómo conservan con tanta belleza el tema de la lengua. Creo que es una de las muestras más hermosas de resistencia. Imagínense una región donde se hablan 18 lenguas", afirma.
Para llegar a sus comunidades, el obispo no usa coches de lujo; se entrega al ritmo de los ríos. Pasa días y noches en barcas, superando la fuerza de las corrientes para llevar un mensaje de esperanza a aquellos a quienes el Estado a menudo ha olvidado.
Seguimos el relato de este hombre que entiende la misión como "estar en el camino". En su conversación durante la asamblea del CNBB, revela que São Gabriel es el municipio más indígena de Brasil.
"En la ciudad de São Gabriel se hablan cuatro lenguas, consideradas oficiales: tucano, baniwa, nengatu y portugués. Es fascinante, por ejemplo, ir al mercado de São Gabriel y observar los aspectos de las diversas culturas que se muestran, especialmente en la comida. Por ejemplo, en el mercado de São Gabriel se venden hormigas. Me parece asombroso ver a los niños metiéndolas en bolsas y vendiéndolas. Maniwara, que es uno de los alimentos de algunas tribus", relata el obispo.
Dom Vanthuy heredó un legado de 100 años de presencia salesiana, pero sabe que su misión ahora es diferente: es la misión de la presencia. "El ADN de la Iglesia es la misión", afirma con la convicción de quien no separa el Evangelio de la defensa de la vida y del territorio.
La cruz y el bosque
La trayectoria de Dom Vanthuy está marcada por una valiente transformación. Dejó atrás la realidad de Roraima, asolada por conflictos territoriales y una creciente urbanización, para convertirse en guardián de un territorio donde la cultura indígena es ley. Habla con admiración sobre la sabiduría de los pueblos del bosque, la resiliencia de las mujeres indígenas y la fe que florece en medio de las dificultades logísticas más extremas del planeta.
Para el obispo Vanthuy, ser misionero no se trata de convertir a la gente, sino de acompañarla. "La misión consiste en ir más allá de uno mismo", afirma, haciéndose eco de las peticiones del Papa Francisco. Su liderazgo se forja en el diálogo intercultural, en el respeto por los ritos que celebran la creación y en la valentía de denunciar las amenazas que se ciernen sobre la Amazonía. Es el obispo que escucha las inquietudes de las comunidades ribereñas y el clamor de la selva, transformando el altar en un espacio donde la lucha por los derechos y la liturgia se funden.
Mientras el mundo debate sobre el futuro del planeta en salas climatizadas, Dom Vanthuy está allí, en primera línea, donde la realidad es cruda y el sol implacable. Nos enseña que la fe solo tiene sentido si huele a oveja y tiene el color de la arcilla. Para el obispo de São Gabriel da Cachoeira, la misión se desarrolla en el silencio de los arroyos, en la mesa compartida con los indígenas y en la certeza de que la Iglesia solo está viva cuando decide no abandonar a los suyos.










