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Cómo combatir la vanidad y el reconocimiento con humildad

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Mar Dorrio - publicado el 24/05/26
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Humanamente, podemos querer ser vistos y recibir reconocimiento por nuestras buenas acciones, pero cabe preguntarse ¿eso nos lleva a Cristo? Aquí un ejemplo de humildad

El pasaje de los Hechos de los Apóstoles que narra la elección de san Matías nos recuerda más del que no fue elegido que del que sí lo fue. Es un ejemplo de cómo contrarrestar la vanidad humana con el ejemplo de Cristo, que nos enseña a obrar con humildad.

Porque qué difícil es apagar el aguijón de la vanidad. Qué difícil es no querer ser el escogido, el reconocido, el señalado entre todos. Qué difícil es aceptar con paz que quizá otro sea mejor, más válido, más santo o simplemente el que Dios quiere. Nos gusta pensar que somos generosos hasta que llega el momento en el que otro ocupa el lugar que deseábamos nosotros. Ahí aparece la verdad.

El reconocimiento y la humildad

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Y la verdad es que muchas veces somos tremendamente miserables. Queremos a Dios, sí, pero también queremos el aplauso, la mirada buena de los demás, el sentirnos importantes. Queremos servir… siempre que se nos note un poco.

Por eso conmueve tanto pensar en José Barsabás Justo. Porque después de jugarse la vida siguiendo a Cristo, después de haber permanecido fiel, después de haber sido considerado digno de estar entre los dos posibles elegidos… no salió su nombre. Y ahí termina su protagonismo en la Escritura.

No sabemos si lloró. No sabemos si sintió rabia. No sabemos si tuvo que tragarse el orgullo mientras todos abrazaban a san Matías. Pero sí sabemos algo: permaneció. Y quizá ahí estuvo su verdadera santidad.

Entrega sincera

Habrá ocasiones en las que lo único que podemos decirle honestamente al Señor es: "Quiero quererte". Ni siquiera "te quiero" con pureza absoluta. Ni siquiera “me alegro plenamente de tu voluntad". No. A veces lo único real es: "Quiero querer".

Y, curiosamente, eso mismo repiten continuamente los cursos de orientación familiar cuando hablan del matrimonio. Lo importante no es sentir siempre. Lo importante es decidir. Decidir permanecer. Decidir amar incluso cuando no apetece. Decidir seguir cuidando al otro cuando el entusiasmo desaparece y solo queda la voluntad.

Quizá por eso los matrimonios sólidos no se sostienen sobre mariposas permanentes, sino sobre una decisión renovada cada día. Te elijo, aunque hoy me cueste, aunque hoy esté cansado, aunque hoy no me salga. 

Orientar el corazón hacia Dios

Con Dios ocurre algo parecido. Que tal vez Él no espera de nosotros una perfección emocional imposible, sino esa humilde decisión de seguir orientando el corazón hacia Él incluso cuando dentro siguen peleando la soberbia, la comparación y la necesidad de ser vistos.

Porque el aguijón de la vanidad no desaparece de golpe. Sigue ahí. Doliendo.

Pero en medio de esa miseria también puede aparecer una oración pequeñísima y verdadera:

"Señor, quiero quererte. Aunque no me salga del todo. Aunque mi humanidad siga prefiriendo ser Matías antes que José Barsabás. Aunque todavía me duela no ser el elegido".

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