Cuando recibimos la Confirmación, el Espíritu Santo se encargó de darnos siete dones y doce frutos que nos harán más fácil ganar las batallas en contra de las tentaciones del demonio. Cada don y cada fruto tiene una función especial en el alma del cristiano, pero hablemos de la continencia, ¿para qué nos servirá en la vida diaria?
San Pablo habla de los frutos del Espíritu Santo
El Apóstol Pablo escribió a los Gálatas sobre lo que debían vigilar en su comportamiento para no ceder a sus inclinaciones:
Yo los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu de Dios, y así no serán arrastrados por los deseos de la carne. Porque la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Ambos luchan entre sí, y por eso, ustedes no pueden hacer todo el bien que quieren (Gálatas 5, 16-17).
Y para animarlos, les detalló qué habían recibido de parte del Espíritu Santo los que eran dóciles a su voz:
Por el contrario, el fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia. Frente a estas cosas, la Ley está demás, porque los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus malos deseos. Si vivimos animados por el Espíritu, dejémonos conducir también por él (Gálatas 5, 22-25).
¿Qué es la continencia?
El Catecismo de la Iglesia católica retoma lo dicho por san Pablo y nos explica brevemente qué son esos frutos:
Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: “caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad” (Ga 5,22-23, vulg.) (CEC 1832).
Ahora bien, San Agustín menciona que "Suele denominarse continencia la castidad que refrena los movimientos sexuales", pero también refiere a que hay que refrenar los labios", es decir, las palabras que manchan al hombre y los pensamientos que las motivan. Por eso escribió que:
"El vocablo contener significa que del pensamiento no se pasa al consentimiento".
¿Para que nos ayudará?
Si nos vamos un poco más lejos, en la vida diaria podemos poner en práctica la continencia para no ofender a Dios ni a nuestros prójimo con nuestras palabras, pensamientos y acciones, porque los malos deseos propician la conducta inadecuada.
Pensemos que un asesinato comenzó consintiendo el odio del corazón, una infidelidad con una mirada lasciva, los pleitos con una ira desbocada, las "comilonas y borracheras" como las describe san Pablo, porque no nos pusimos limites, en fin, que cuando no contenemos nuestros instintos, pasiones y sentidos, el pecado acecha y en un descuido, nos hace caer.
Por eso, pidamos al Espíritu Santo que nos conceda el fruto de la continencia para que podamos vivir en paz y que nuestro avance espiritual sea vigilado constantemente por Dios.










