Encontramos santos para toda ocasión. Gracias a Dios, su Providencia alcanza a todos y se manifiesta en quienes son dóciles a su voz. Tal es el caso de Félix de Cantalicio, un hombre común, "casi salvaje" porque era analfabeta ni recibió educación refinada, sin embargo, su humildad y sencillez lo convirtieron en un gran santo.
Pobre y sin educación, pero de gran humor
Félix nació en el pueblo de Cantalicio, Italia, por el año de 1513, dentro de una familia pobre. A los diez años comenzó a trabajar cuidando ganado en la finca de la familia Picci. Cuando jugaba rudo con sus compañeros, siempre les ganaba en las luchas porque su complexión era fuerte y era bastante tosco, fortaleza que le ayudó a soportar las duras faenas del campo, horas que llenaba de rosarios y oración.
Al cumplir 28 años entró con los frailes capuchinos de Città Ducale. Fue llevado a Roma para servir como limosnero, cargo que ejerció durante casi cuarenta años. Su aspecto de hombre fortachón y hábito remendado causaba curiosidad, pero aun así, la gente lo quería. Cada mañana, después de la Misa y la oración, salía a mendigar por las calles de Roma.
Para todos tenía algún consejo o una bendición, que ofrecía con gracia y teatralidad que rayaba en la exageración, como se acostumbraba en la época en la que le tocó vivir. Además, siempre vio a hombres, mujeres y niños como las personas en quienes podía servir a Cristo, a quien tanto amaba.
Amigo y consejero de santos
Fue gran amigo de san Felipe Neri con quien bromeaba y se saludaba de esta manera:
–Buenos días, fray Félix. ¡Ojalá te quemen por amor de tu Dios!
–Salud, Felipe. ¡Ojalá te apaleen y te descuarticen en el nombre de Cristo!
Pero cuando alguien lo insultaba, simplemente respondía: "¡Que Dios te haga un santo!"
Además, ¿quién lo podría imaginar? acudían en busca de consejo los santos. El sabio obispo de Milán y luego San Carlos Borromeo, le consultan sobre la reforma del clero diocesano. El sencillo y humilde lego mendicante respondió:
"Eminencia: que los curas recen devotamente el oficio divino. No hay nada más eficaz que la oración para la reforma del espíritu".
Y al cardenal Montalto, de la Orden Franciscana, antes de ser el papa Sixto V, le dijo:
"Cuando seas Papa, pórtate como tal para la gloria de Dios y bien de la Iglesia: porque, si no, sería mejor que te quedaras en simple fraile".
Un amor tierno y sencillo
Por las noches gustaba de ir a la iglesia a orar, y en ocasiones, a llorar. Un día sintió que la Santísima Virgen ponía al Niño Jesús en sus brazos y luego, en su corazón. Amaba a Dios y eso le bastaba para ver al mundo con ternura.
A los 72 años las fuerzas le comenzaron a faltar; entonces "el asnillo de los frailes", como se llamaba a sí mismo, tuvo que trasladarse a la enfermería en donde le asignaron un colchón de lana - que nunca había usado - , pero no se estaba en paz y terminaba en la iglesia con su Jesús, sin embargo, dejó de hacerlo para no causarles molestias a sus hermanos.
Pero le llegó el momento de volver al Padre. El 18 de mayo de 1587, Félix murió después de recibir el santo Viático . Al enterarse la gente, acudió en tropel a verlo y tocarlo por última vez porque lo consideraban un santo.
Al contemplar esta inusitada reacción, su maestro fray Bonifacio soltó una expresión que describió perfectamente cómo lo veían los frailes: "¡Quién lo hubiera creído, si parecía un hombre salvaje!"
San Félix de Cantalicio fue canonizado el 22 de mayo de 1712 por el papa Clemente XI.










