"¡Desde que estoy en Bonneval, nunca había comido tanto chocolate!", exclama la hermana Anastasia entre risas. Desde hace casi 150 años, en el corazón del Aveyron, las monjas cistercienses de la abadía de Bonneval se dedican cada día a la elaboración de chocolate. Todo comienza en 1875, cuando, tras la Revolución, diez religiosas refundan la abadía. La regla de San Benito y su lema "ora et labora" marcan el ritmo de la vida de las monjas.
Las hermanas buscan entonces un medio de subsistencia y se inspiran en la abadía de Aiguebelle, que ya produce chocolate. Una actividad que comienza oficialmente en 1878 y les permite permanecer en clausura, fieles a su carisma.
Una fábrica de chocolate en el corazón de la abadía

Algo digno de destacar: las hermanas compran las materias primas y elaboran ellas mismas su chocolate. Son las únicas religiosas francesas que lo hacen, incluso hoy en día. Un proceso que requiere numerosas máquinas: "Tenemos una auténtica fábrica de chocolate en la abadía. ¡Es una pequeña fábrica!", explica la hermana Bernadetta. Al principio, las cistercienses trabajaban de forma muy artesanal y producían poco. Hoy en día, todo está mecanizado, incluido el envasado, que requiere mucho tiempo. Dos chocolateros trabajan codo con codo con las hermanas para garantizar la producción.
Malakoffs, botellas de licor y "napolitanos de fantasía"
La comunidad de veintitrés monjas cistercienses de Bonneval, francesas, polacas o gabonesas, ofrece una quincena de tabletas de chocolate diferentes, disponibles en la tienda de la abadía, en su página web o en las tiendas de artesanía monástica. Una gama que se ha ampliado recientemente gracias a la importación de cacao de Perú, Santo Tomé, Madagascar y Ecuador. "La mayoría de los granos proceden de Ghana y Costa de Marfil", destaca la hermana Bernadetta. El azúcar se compra en Francia y, según las recetas, se añade leche o avellanas". Pero el producto que ha dado fama a la abadía durante décadas es el "malakoff".
Esta barrita rellena de praliné sigue seduciendo a los visitantes de Bonneval. Una antigua receta perfeccionada a lo largo de las décadas, cuyo secreto solo conocen las hermanas. Tercer chocolate estrella: las botellitas de licor. "¡Un ´caramelo´ cuyo crujido no se encuentra en ningún otro sitio, a diferencia de los clásicos ´Mon Chéri´!", asegura la hermana Anastasia. Las hermanas buscan hoy desarrollar nuevos sabores y experimentan con whisky o incluso con Chartreuse.
Entre las innovaciones recientes, también se encuentran las rosas del desierto, la crema para untar o incluso los "napolitanos de fantasía", pequeños cuadrados de chocolate muy finos adornados con arroz inflado, avellanas recubiertas o pistachos… Los productos están disponibles en la tienda de la abba

Un producto "de lujo"
Una fama que, con el paso de los años, ha sabido crecer y atraer a nuevos visitantes. "No hacemos nada especial para darnos a conocer. Mucha gente viene específicamente por nuestro chocolate, lo que siempre nos resulta curioso", confiesa la hermana Anastasia. A principios del siglo XX, las hermanas incluso participaban en mercados o ferias para presentar su chocolate y ganaban premios simbólicos. Pero, a pesar de este éxito, a veces se hace patente una inquietud entre las hermanas. "Dependemos del precio del cacao y, lamentablemente, tenemos que subir los precios.
Con nuestro proceso de fabricación semiarteanal, nuestros chocolates se convierten casi en productos de lujo", explica la hermana Bernadetta. Una sombra que no parece empañar en absoluto esta fabricación ancestral. "¡Producimos unas dos toneladas de chocolate al año!". Y la hermana Anastasia concluye: "Es un producto del que estamos muy orgullosas. El legado del trabajo de nuestras hermanas mayores y de todo el espíritu de ingeniería que desarrollaron".










