Las obras plásticas destinadas a lo sagrado, tales como la pintura, escultura, o la arquitectura misma de un templo, no están condicionadas a un estilo de arte específico. Históricamente, la Iglesia ha promovido los varios estilos y formas en tanto cumplan con su propósito: servir a la liturgia.
Las pinturas, esculturas y obras que habitan un templo, son como una ventana que nos ayudan a acceder al mundo de lo invisible y lo divino. A través de ellas, el hombre puede vivir de manera más fructífera el misterio eucarístico y experimentar la infinita belleza de Dios.
Debido a su carácter esencialmente litúrgico, la iglesia ha sido árbitro y juez de los estilos y técnicas que se utilizan para su elaboración, procurando la mayor nobleza de los materiales. Sin embargo, no fue la única influencia para que se utilizaran determinados estilos a lo largo de la historia.
Inicios del arte sacro
Las celebraciones litúrgicas de los primeros cuatro siglos transcurrieron en la clandestinidad de las catacumbas, por ello, las expresiones visuales de la fe eran más bien discretas a través de símbolos e iconos. Este escenario se transformó en el siglo IV, cuando el Imperio Bizantino adoptó al cristianismo como religión oficial y puso a disposición del culto sus mejores artistas, naciendo así, el arte sacro bizantino.
Es el arte sacro por excelencia, ligado a la iconografía de las primeras comunidades, y con una técnica que enfatiza las miradas de Cristo y de los santos. Aunque los rostros puedan parecer rígidos, Tais Gea, teóloga y pintora de arte sacro, explica que su razón de ser es demostrar el dominio que tienen sobre sus pasiones y cómo se encuentran encauzadas a Dios.
“Yo creo que este elemento de ser inexpresivos nos permite acercarnos a ellos en todas las circunstancias de nuestra vida. A veces vas con enormes tristezas suplicándole a Dios que interceda por tu vida y encuentras un Cristo en carcajadas, dices, pues la verdad es que no me identifico” explica.
Identidad en Hispanoamérica
Por otro lado, durante la joven cristiandad hispanoamericana del siglo XVI, el arte sacro se vio marcado por el estilo Gótico, Renacentista y Mudéjar. Las conjunciones entre ellos expresan la herencia hispana y la mezcla cultural de la época.
“Es por ello que no podemos hablar de un estilo artístico por el cual la Iglesia tenga predilección. Todo arte es reflejo de la sociedad que lo produce, de tal manera que podemos estudiar la historia de una comunidad o contar la historia de un pueblo a través del arte y la arquitectura” comparte el iconólogo Margarito Mijangos.
El fin último: transmitir la belleza de Dios

En la actualidad el arte sacro sigue alimentándose de una rica tradición eclesial y transformándose con los estilos y técnicas modernas, siempre que estén en sintonía con la fe, la piedad y sirvan al culto con dignidad y belleza.
Pero parte de este proceso también lo constituye el desarrollo personal y el camino de fe del artista. Como hija de su tiempo, Tais Gea tenía a su alcance un estilo más contemporáneo de pintura, sin embargo, aconsejada por Fray Gabriel Chávez de la Mora -uno de los arquitectos más importantes del siglo pasado en México- llegó al arte bizantino.
Tras nueve años de compartir esta forma de oración a través de su apostolado Bet Tefilá, ha despertado en ella la inquietud por desarrollar una escuela y espiritualidad propia. Un deseo que parte de lo esencial: el estudio profundo de la Biblia y el conocimiento del canon.
“Esta experiencia de contemplación que me permite decir 'yo he visto el rostro de Dios' a través del arte ha sido otro medio de encuentro con el Señor a través de su belleza”










