La semilla que él no logró ver germinar, hoy da frutos en África; concretamente, en Argelia, ciudad en la que vivió a principios del siglo pasado, y en la que recientemente los católicos se congregaron en torno al sucesor de Pedro
Desde el 13 de abril, el Papa León XIV ha recorrido el continente africano, visitando a las comunidades católicas de cuatro países. El primero de ellos fue Argelia (13-15), país que, en 1901, vió llegar a un sacerdote recién ordenado, deseoso de ir por “las ovejas perdidas”: Charles de Foucauld.
Tras una juventud desordenada, Charles vivió una dramática conversión al catolicismo, marcada por el estudio y la oración. Tras llenar su corazón de amor por Jesús, decidió ser sacerdote, vivir el silencio y dedicar su vida a llevar el Evangelio a las comunidades musulmanas más remotas del desierto.
El llamado al Sahara
En 1990, Charles escribió: “Sabiendo por experiencia que no había ningún pueblo más abandonado que los musulmanes de Marruecos, del Sahara argelino, pedí y obtuve el permiso de ir a Béni Abbès, pequeño oasis del Sahara argelino cerca de la frontera de Marruecos”.
Fue así como el 28 de octubre de 1901 llegó a Argelia. Tras su llegada, Charles pasaba largas horas delante del santísimo y acompañando a esclavos, pobres, enfermos y soldados.
Sin embargo, su misión iba más allá de caminar junto a ellos y denunciar los males de su tiempo -como la esclavitud y la opresión-. Él deseaba establecer “un pequeño convento de monjes fervientes y caritativos, que amen a Dios con todo su corazón y al prójimo como a ellos mismos”. Pero esa misión no se concretó durante su vida. Nadie se unió a él en el desierto y vivió “siempre solo”.

En 1903, el obispo del Sahara le propuso ir con los Tuaregs, al corazón del desierto. Él aceptó con gozo, “dispuesto a ir hasta el fin del mundo y a vivir hasta el juicio final…”
En esta misión, Foucauld tuvo la dicha, como él mismo lo escribió, de colocar por primera vez, en zona tuareg, la Santa Reserva en el Tabernáculo. Su tiempo estuvo dedicado a rezar, conocerlos y estudiar su idioma y cultura.
Al tiempo, dominando la lengua, se propuso crear un diccionario de la lengua Tuareg al francés (aún considerado una referencia) y a traducir los evangelios a esta lengua. “Es para mí un gran consuelo que sea su primer libro el de los Santos Evangelios”, escribió.
De esta forma, Charles no solo los estudió durante 12 años; sino que los amo. Se convirtió en un servidor y hermano. Los consideraba sus amigos y reconoció que ellos le daban “las mayores alegrías y consuelos”.
Frecuentemente, en sus oraciones, Foucauld pedía por la conversión de estas almas y por la santificación de la región:
“¡Envía santos y numerosos obreros y obreras evangélicos a los Tuaregs, al Sahara, a Marruecos, a todas partes adonde sean necesarios; envía santos hermanitos y hermanitas del Sagrado CORAZÓN, si es tu Voluntad!”
En otra ocasión, escribió: “Esta África, esta Argelia, estos millones de no cristianos reclaman tanto la santidad que solamente podrá obtenerles su conversión; recen para que la Buena Noticia llegue y que los últimos llegados se acerquen finalmente al pesebre de Jesús, para, también, adorarlo”.
Una fe más grande que cualquier desierto
Estas súplicas tardaron un tiempo en ser escuchadas, pues a pesar de los años que vivió entre ellos, no pudo ver un solo fruto de conversión.
En alguna ocasión, el hermano universal escribió:
“¿Hace algún bien mi presencia aquí? Si la mía no lo hace, la presencia del Santísimo Sacramento lo hace ciertamente y mucho. Jesús no puede estar en un lugar sin irradiar. Además, el contacto con los oriundos del lugar, hace desaparecer poco a poco sus prevenciones y prejuicios. Es muy lento, muy poca cosa; rece para que su hijo haga un mayor bien, y que mejores obreros que él vengan a desbrozar este rincón del campo del Padre de familia".
Más adelante, también registró: “¡Mañana se cumplirán diez años de que digo la Santa Misa en la ermita de Tamanrasset! (sur de Argelia, nota del editor) ¡y ni un solo convertido! Hay que rezar, trabajar y esperar.”
Fruto de la guerra que se vivía en Europa y algunas regiones de África, Charles de Foucald fue violentamente asesinado el 1º de diciembre de 1916, sin haber nunca celebrado una misa multitudinaria, sin haber fundado una comunidad de religiosos o ver crecer la fe católica en estas poblaciones musulmanas por las que entregó su servicio y oraciones durante los últimos 15 años de su vida.
Sin embargo, como el grano de trigo que muere y da mucho fruto, así fue Charles y su testimonio de vida.

Después de su muerte, numerosas órdenes tienen su base en su “espiritualidad del desierto”. Hoy existen 20 grupos, con más de 13.000 miembros a través del mundo, que forman parte de la Familia Espiritual de Charles de Foucauld; es decir, 20 congregaciones y asociaciones que lo consideran su fundador o que están mayormente inspirados en él. El 15 de mayo de 2022, fue canonizado por el Papa Francisco.
Hoy, en 2026, el Papa León XIV se convierte en el primer pontífice en visitar Argelia y celebrar la santa Misa con la comunidad católica de esta región. Un país en donde el 98% de la población aún se identifica como musulmana, pero cuyo 2% católico le debe a Charles -y a los muchos que han venido después de él- esa semilla de la fe que fue plantada y que hoy comienza a dar frutos.
Y su recorrido por África -marcado por la fraternidad, el diálogo interreligioso y el espíritu misionero que distinguieron a Charles deFoucauld- nos remite al deseo una vez expresado por el hermano universal:
Ver, en estas tierras africanas, "una pequeña familia que imite tan perfectamente las virtudes de JESÚS, que todos, en los alrededores, se sientan llamados a amar a JESÚS!”
Quizá San Charles no vio una sola alma convertida en África, pero la misión recibida por Dios era real; y hoy, da frutos, no solo en Argelia, sino en el mundo.












