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¿Qué sentido tiene cultivar la devoción a un santo? 

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Paulo Teixeira - publicado el 16/04/26
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Un santo es un héroe en la fe, es decir, alguien que se esforzó en cumplir la voluntad de Dios, por eso cultivar la devoción por alguno sí tiene sentido

La santidad no es algo que nazca ya hecho, colgado en un oratorio. Es, ante todo, una construcción que comienza en medio del pueblo, en medio de las necesidades, y termina en el silencio de las salas de mármol del Vaticano que proclama al santo. Y cuando eso sucede, la gente comienza a cultivar la devoción por él o ella, pero, ¿tiene sentido?

Se oye decir que el santo ya nace con un brillo diferente, que desde la cuna ya obraba prodigios. Pero la verdad es que el santo es un "producto" de la fe y del tiempo. El pueblo, en su sabiduría, va esculpiendo la imagen de aquel que puede velar por él.

Es lo que los estudiosos llaman "retroproyección": la gente ve al adulto virtuoso y enseguida imagina que ya era un santito en el vientre de su madre. Así fue con personajes bíblicos como Isaac y Samuel. En Brasil, personas como Nhá Chica y el padre Vitor, negros de Minas Gerais, ya empiezan a ser descritos como iluminados desde la infancia. Es el pueblo queriendo que su héroe sea perfecto de principio a fin. 

La persona santa

Pero se equivoca quien cree que para subir al altar basta con el clamor del pueblo. Hay un camino lleno de obstáculos, una burocracia que la Iglesia denomina "Derecho Canónico". Es la ley de la casa, la norma que organiza la vida de fe. Sin ella, la devoción sería un laberinto sin fin. 

Fíjese en el caso de Fray Galvão, el primer santo nacido en tierras brasileñas. ¡Su proceso duró casi cien años! Fueron cuatro intentos, tribunales abiertos y cerrados, papeles que iban y venían. Para la Iglesia, no basta con que el pueblo diga que es santo; hay que demostrar las "virtudes heroicas".

Son las tres teologales —fe, esperanza y caridad— y las cuatro cardinales —prudencia, justicia, fortaleza y templanza—. Es un examen minucioso, como si se pasara la vida del sujeto por un tamiz fino.

Y está la prueba de fuego: el milagro. Para el devoto, un santo que no hace milagros es como una lluvia que no moja la tierra. En el catolicismo popular, el santo es el mediador, aquel que tiene contacto con el Creador para resolver la sequía, la enfermedad o la falta de dinero.  

Santos, justo al lado 

El Papa Francisco decía algo que nos hace reflexionar: que la santidad no necesita alarde ni milagros que salgan en portada. Habla de los "santos de al lado", esa gente corriente que se enfrenta al cansancio del día a día, a los éxitos y a los fracasos, pero que no pierde la ternura. 

Al fin y al cabo, el santo es aquel que nos representa en lo que queremos ser. La gente tiene un santo preferido para cada necesidad. Por eso, el sentido real de cultivar la devoción por un santo en especial es que se trata de un ser humano transfigurado, alguien que ha gastado la suela de sus zapatos en el mismo suelo que nosotros, pero que ha aprendido a caminar mirando las estrellas.

Y así, de promesa en promesa, de proceso en proceso, el mundo va poblando el cielo con sus mejores hijos. 

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