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El enfoque de dos santos polacos ante la cultura de la cancelación

abrazo
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Karen Hutch - publicado el 10/04/26
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En un mundo que cancela rápido y perdona poco, la misericordia no es debilidad: es la forma más profunda de amar. Sor Faustina y san Juan Pablo II nos enseñan a hacerlo <br>

Vivimos en la era de la cancelación: un error basta para etiquetar, señalar y descartar sin perdonar. Pero, ¿qué pasaría si la respuesta no fuera el juicio, sino la misericordia? Lejos de ser debilidad, la misericordia es una de las formas más exigentes del amor. Santa Faustina Kowalska y san Juan Pablo II lo entendieron con claridad: es ahí donde el ser humano encuentra no solo consuelo, sino también transformación.

Pareciera que vivir la misericordia, actualmente, es solo para ingenuos, entonces ¿cómo podemos ser misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso? Sor Faustina fue escogida por Dios para ser la portadora de la última tabla de salvación: la misericordia. 

Ahora que se acerca el Domingo de la  Divina Misericordia, es el momento perfecto para introducirnos en la respuesta correcta para saber perdonar y llevar el amor de Cristo.  

La misericordia como encuentro personal con Dios

Sor Faustina, menciona en su diario que "la misericordia divina es el mayor atributo de Dios". La santa polaca nos recuerda que Dios es el primero en mostrarnos su perdón cada vez que nos equivocamos. Él es la fuente inagotable de amor y no se cansa de perdonarnos cada que nos equivocamos, por el contrato, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. 

La misericordia no depende de nuestro mérito, por lo tanto podemos pedir a Dios que nos enseñe a obrar con amor y ver con ojos de misericordia a aquel que se equivoca o nos daña de alguna manera, ya que si Dios nos perdona, ¿por qué no hacerlo nosotros también?

¿Por qué nos cuesta tanto ser misericordiosos?

Si la misericordia es tan valiosa, ¿por qué resulta tan difícil vivirla? La respuesta no está solo en lo que hacen los demás, sino en lo que ocurre dentro de nosotros.

Vivimos en una cultura donde todo parece medirse: lo que das, lo que recibes, lo que "mereces". Bajo esa lógica, la misericordia desconcierta, porque rompe el equilibrio del cálculo. ¿Por qué perdonar a quien falló? ¿Por qué dar otra oportunidad a quien no la supo aprovechar? En el fondo, nos cuesta porque la misericordia no sigue la lógica del mérito, sino la del amor.

La misericordia nace del amor valiente

San Juan Pablo II, nos dejó un ejemplo grande de misericordia, pues aquél hombre que intentó acabar con su vida, también fue visitado y perdonado por el mismo santo. Una lección tan grande que nos recuerda que la misericordia es para todos poniendo en primer plano al amor. 

No se trata de permitirlo todo o minimizar el mal. La misericordia no niega la herida ni justifica la injusticia; simplemente elige no quedarse atrapada en ella. Pero como no siempre sabemos poner límites sanos, preferimos irnos al extremo contrario: el juicio, la distancia, la indiferencia.

Entonces, ¿Cómo practicar la misericordia?

amor

Si bien todos somos humanos y podemos cometer errores, la misericordia nos solo es para los demás, sino que también nos recuerda que debemos practicarla con nosotros mismos y tratarnos con compasión. 

"La misericordia empieza cuando…"

  • decides no humillar
  • eliges comprender
  • renuncias a tener la última palabra

Este Domingo de la Divina Misericordia recordemos que el mismo Jesús quiere compartir con nosotros su misericordia, pues él mismo le dijo a sor Faustina: 

"De todas mis llagas, como de arroyos, fluye la Misericordia para las almas, pero la Llaga de Mi Corazón es la fuente de la Misericordia sin límites; de esta fuente brotan todas las Gracias para las almas. Las llamas de mi compasión me consumen, deseo derramarlas sobre las almas de los hombres." (Diario #1190, p.431)

¿Y tú estás dispuesto a ser un apóstol de la Divina Misericordia? 

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