Hay preguntas que no admiten respuesta fácil. Preguntas que dejan a los adultos sin palabras y que, sin embargo, alguien tiene que pronunciar. ¿Cómo se le explica a un niño que su vida va a cambiar para siempre?
Los padres de Mael estaban ahí.
Los médicos les habían advertido: había que ir preparándole. Tenían que despertarle de la operación y contarle, de algún modo, lo que había ocurrido. La infección por meningococo obligaba a una decisión extrema: para salvarle la vida, perdería sus manos y sus pies.
Pero ¿cómo se dice eso a un niño de tres años?
En la antesala del quirófano, con cuarenta grados cayendo sobre un Madrid abrasador, no encontraron un discurso, encontraron una solución inmediata, urgente: escribir un cuento.
El cuento de Mael
Sabían que su película favorita era Cómo entrenar a tu dragón. Y recordaron que en esa historia también había heridas, también había cuerpos que seguían adelante después de haber sido amputados. Desde ahí empezó todo, casi sin pensarlo.
Poco antes de entrar en quirófano, su padre se inclinó hacia él y le susurró una imagen: tenía que soplar fuerte, muy fuerte, porque iba a volar hasta las estrellas. Mael obedeció mientras la anestesia empezaba a hacer efecto.
Y esa escena se convirtió en el comienzo del cuento.
Mael viajaba hasta las estrellas.
Allí se encontraba con un dragón verde, el temible Meningokor. Había que luchar. Había que vencerle. Y Mael, convertido en superhéroe, lo hacía. Lo derrotaba.
Pero toda batalla deja huella.
En esa lucha, el pequeño se había hecho daño en las manos y en los pies.
La página pasaba.
Y entonces aparecía la imagen que lo cambiaba todo: Mael con unas manos y unos pies de robot.
Le leyeron el cuento. Mael llegó al final. Entendió que aquel superhéroe tenía manos y pies de robot. Y entonces la pregunta fue inmediata, limpia, sin miedo: “¿Cuándo voy a tener yo mis manos de robot?”. Sus padres no habían esquivado la verdad, pero habían hecho posible la ilusión.
Porque hay muchas formas de explicar la verdad. Los buenos médicos saben que, según cómo se diga, hunden o levantan.
La verdad depende, muchas veces, de quién la pronuncie o de cómo se entregue. Ante un diagnóstico difícil, uno puede salir derrumbado… o puede salir con un hilo de fuerza al que agarrarse. Estos padres eligieron eso: no negar la gravedad, pero sí envolverla en un relato que abriera horizonte.
Porque en los quirófanos donde se libra una batalla médica, también se lucha con dragones enemigos del optimismo. No podremos solucionar siempre el problema físico, pero si domesticar o vencer al dragón que ataca a nuestra alma.
Del dolor, algo bello

Los padres de Mael entendieron que no se trataba solo de explicar lo que iba a pasar. Se trataba de darle a su hijo un modo de atravesarlo. De ofrecerle una historia en la que pudiera seguir siendo protagonista, incluso en medio del dolor.
Quizá por eso su cuento no terminaba en la herida...sino en la victoria.
Esta actitud nos interpela a todos: médicos, familiares, enfermos. Porque, antes o después, todos tendremos que atravesar la dureza de un diagnóstico, la incertidumbre de una decisión médica o la cercanía de un final.
Y ahí, cuando las palabras parecen no ser suficientes, tenemos que no quedarnos solo en lo que se pierde, sino en lo que sea conseguido o lo que aún puede ser.
Y, sin lugar a dudas, es tiempo de pedir ayuda al Espíritu Santo. Para hacer, incluso en medio del dolor, algo tan bello, tan magno como "El cuento de Mael".







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