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Petro-guerras… ¿Qué enseña la Doctrina Social de la Iglesia?

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Luis Carlos Frías - publicado el 03/04/26
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Como humanidad, los bienes de los que gozamos son abundantísimos. El principal y mayor de ellos es el de los recursos naturales que encontramos en la creación. ¿De quién son? ¿Qué principios morales exige su explotación y comercialización? ¿Por qué el petróleo es, en este momento, la ‘joya de la corona’ en disputa?

Los recursos naturales son un genuino don de Dios creador, destinados para beneficio de toda la familia humana. La tierra, el agua, el aire y todo lo que contienen son muestra y evidencia de la sabiduría, riqueza y belleza de Dios; así como de su Providencia y generosidad al haberlos entregado para su explotación y administración al ser humano, culmen de su obra creadora, con miras al bien común universal.

“Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad” (Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, 69).

La voluntad de Dios es que todos gocemos de este inmenso don, en paz. El plan providente de Dios no excluye a nadie, ni privilegia a unos en perjuicio de otros. (Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 31), así lo explica la Doctrina Social de la Iglesia.

La disputa por el “oro negro”

En este momento de nuestra historia, cuando la ciencia y la técnica pareciera que han dominado la naturaleza al punto de garantizar el suministro de la energía que necesitamos para nuestro progreso y desarrollo de fuentes no fósiles, sino limpias y suficientes –principalmente la solar y la eólica–, vemos que, desgraciadamente, estamos lejos de lograrlo.

La ambición por el petróleo se ha convertido, una vez más, en factor determinante de guerras, invasiones y múltiples ultrajes al derecho internacional, así como a la vida y dignidad humana. La muerte y destrucción campean por todo el mundo a causa del petróleo, lo cual demuestra que el valor de este hidrocarburo se ha colocado por encima de la vida, dignidad y derechos humanos.

La existencia o ausencia de este producto determina, en muchos casos, la prosperidad de un país o, cuando menos, su atractivo o rechazo a los ojos de los países poderosos. Por él se intentan justificar guerras, invasiones y mortales alianzas. Se usa este para imponer sanciones y para ejercer presiones políticas. Su precio afecta directa y proporcionalmente la economía mundial: sube el precio del barril de crudo y todo sube de precio; la inflación se dispara, y la pobreza aprieta más y más a las personas y pueblos más vulnerables.

Un nuevo orden internacional

La Iglesia instruye en su Doctrina Social los pilares sobre los que se debe construir un nuevo orden internacional, más acorde con la dignidad humana que le viene al haber sido creado por Dios, a su imagen y semejanza: “La libertad y la integridad territorial de cada Nación; la tutela de los derechos de las minorías; un reparto equitativo de los bienes de la tierra; el rechazo de la guerra y la puesta en práctica del desarme; la observancia de los pactos acordados; el cese de la persecución religiosa” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia –CDSI–, n. 438). 

Estos principios son vitales para romper las barreras que limitan el desarrollo integral de todos los pueblos. Para nuestro caso particular, conviene destacar el “reparto equitativo de los bienes de la tierra”. No es moralmente lícito el acaparar para sí los recursos naturales, sean propios o, peor aún, ajenos; y con ello condenar a la pobreza a pueblos carentes de ellos. La solidaridad internacional exige la comercialización de estos, sin restricciones y a precio justo, a fin de que su utilidad esté disponible para todos.

“(...) la doctrina social invita a tener presente que los bienes de la tierra han sido creados por Dios para ser sabiamente usados por todos: estos bienes deben ser equitativamente compartidos, según la justicia y la caridad. Se trata fundamentalmente de impedir la injusticia de un acaparamiento de los recursos: la avidez, ya sea individual o colectiva, es contraria al orden de la creación” (CDSI, n. 481).

El desarrollo de nuevas fuentes de energía

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La actual explotación de los recursos energéticos no puede omitir la perspectiva de su extinción debido a que, en el caso de los de origen fósil, no son renovables. Esta limitante es una invitación al desarrollo de nuevas fuentes de energía sustentables. La Iglesia lo afirma y nos guía en este sentido en su Doctrina Social:

“A partir del presupuesto, que se ha revelado errado, de que existe una cantidad ilimitada de energía y de recursos utilizables, que su regeneración inmediata es posible y que los efectos negativos de las manipulaciones de la naturaleza pueden ser fácilmente absorbidos, se ha difundido y prevalece una concepción reductiva que entiende el mundo natural en clave mecanicista y el desarrollo en clave consumista” (CDSI, n. 462).

“En una perspectiva moral caracterizada por la equidad y la solidaridad intergeneracional, también se deberá continuar, con la contribución de la comunidad científica, a identificar nuevas fuentes energéticas, a desarrollar las alternativas y a elevar los niveles de seguridad de la energía nuclear”  (CDSI, n. 470).

Administrar para todos, no en poseer para sí mismo

En efecto, la meta de una sociedad más humana y fraterna debe acercarnos a la conciencia del destino universal de los bienes que recibimos de Dios en su creación, a fin de lograr el bien común universal que supone el desarrollo armónico e integral de todos los pueblos, “donde cada uno pueda dar y recibir, y donde el progreso de unos no sea obstáculo para el desarrollo de otros ni un pretexto para su servidumbre” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis conscientia, 90).

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