En este tiempo de Cuaresma, en el que los cristianos están llamados a realizar sus últimos preparativos antes de celebrar la solemnidad de la Pascua, el sacramento de la penitencia y la reconciliación es una etapa imprescindible. El tiempo de desierto ha agudizado nuestros sentidos espirituales: ahora somos capaces de medir mejor la distancia entre nuestro amor mesurado, mezclado con impurezas, y la caridad de Cristo. En estas condiciones, no debería costarnos demasiado encontrar materia de pecados que confesar al sacerdote. Y menos si implementamos un método para hacerlo mejor.
¿Cómo es la relación que tengo con mis seres queridos?
Antes de hacer un balance de lo que vamos a confesar, disponemos de varios métodos para detectar mejor nuestras faltas morales y espirituales. Una forma de hacerlo consiste en repasar los Diez Mandamientos y anotar las transgresiones que hemos cometido en relación con cada uno de ellos.
Otro enfoque, igualmente eficaz, propone repasar a todas las personas, cercanas o lejanas, con las que mantenemos relación: desde los lazos familiares hasta nuestros correligionarios, pasando por nuestros vecinos, compañeros de trabajo, amigos o personas con las que nos hemos cruzado a lo largo de los avatares de la vida. Para cada una de estas personas, es posible evaluar la calidad de la relación que mantenemos con ellas. ¡Y entre ellas, es por supuesto imprescindible contar a Dios mismo!
Por último, es indispensable contarnos a nosotros mismos entre las personas a las que ofenden nuestras malas acciones. En efecto, debemos a nuestra dignidad de hijos de Dios comportarnos de acuerdo con ese estatus que Jesús nos ha adquirido a un alto precio. El pecado es también una historia personal e íntima que me afecta en mi interioridad.
Con esos rostros conocidos grabados en mi mente, mis fallos cobran vida con mayor facilidad.
Al pensar en mis amigos, me doy cuenta de que no siempre he sido caritativo con los ausentes durante nuestras conversaciones. En términos más generales, me doy cuenta de que no he suplicado lo suficiente al Señor para que se manifieste a aquellos a quienes amo. ¡Los he amado demasiado humanamente, y no lo suficiente teológicamente! De este modo, con esos rostros conocidos e impresos en mi mente, mis faltas cobran vida más fácilmente.
Una cuestión de trato personal
Este método no tiene nada de arbitrario ni de fantasioso, por la sencilla razón de que el pecado, en la religión cristiana, es siempre una cuestión de persona a persona. De hecho, antes que la transgresión de una ley abstracta, el pecado es una herida infligida a otra persona o a Dios.
Cuando robo o miento, lo que cuenta no es haber cruzado la línea amarilla, sino, ante todo, el daño que he infligido a mi prójimo. Así pues, se trata de pasar de la dimensión obsesiva del pecado a su dimensión relacional. La relación es lo primero frente a mi obsesión por estar "en regla".
Por otra parte, esta fijación en la norma o la ley puede traducirse en una consideración narcisista excesiva, o en un repliegue sobre uno mismo que deriva en rencor introvertido: ¡no he estado a la altura de la idea demasiado favorable que me hacía de mí mismo!
Sin embargo, no es así como llegaré a la verdadera contrición, sino más bien tomando conciencia de la herida que he infligido a quien es mi amigo, mi vecino o, simplemente, mi prójimo, por quien Cristo dio su vida. Antes que una mancha, el pecado constituye una falta contra la caridad.
¡El Santo Rostro lleva más al arrepentimiento que las tablas de la Ley!
Esta forma de entender el pecado encaja perfectamente con la naturaleza de nuestra fe. Y es que, lejos de reducirse a un inventario de leyes, la fe cristiana es ante todo una historia de amor entre Dios y los hombres. Lo que Dios nos pide no es, en primer lugar, obedecer un código legislativo, sino caminar con Él para forjar una relación de amistad y amor.
En otras palabras, lo que prima en la fe cristiana es la relación de persona a persona. Los escritos más importantes de la Biblia, los evangelios, no son una recopilación de obligaciones o normas (aunque las haya), sino cuatro relatos de una misma vida: la de Jesús de Nazaret.
Ahora bien, si Dios se revela en una historia, es para hacernos comprender que la relación personal, que siempre surge y se teje a partir de vicisitudes y acontecimientos, es lo primero con respecto a la Ley.
¡Ante el Crucificado del Gólgota nos damos cuenta mucho más de nuestra falta de caridad que ante las tablas de la Ley!
La tristeza de Jesús en Getsemaní conmueve todo nuestro ser, mientras que la simple transgresión de un artículo de los diez mandamientos solo servirá para avivar nuestra vigilancia y nuestra resolución de no volver a caer en el futuro. La ira de un dios puntilloso con las normas nunca obtendrá el arrepentimiento que suscita en nosotros Jesús agonizando en el huerto de los Olivos y en el Gólgota. El Amor vivido, ofrecido, expuesto, gratuito, mendicante, el Amor desarmado y pobre, ese Amor, visible en el Santo Rostro de Jesús, manchado de sangre y escupitajos, es más exigente que la Ley.
"Contra ti, y solo contra ti, he pecado"
Para demostrar la dimensión relacional del pecado, basta con fijarse en el salmo penitencial por excelencia: el Miserere (Sal 51). Insensiblemente, en el hilo de su oración, el salmista pasa del registro de la mancha, de la impureza —al pedirle a Dios que borre, lave, purifique— al registro relacional al confesar: "Contra ti, y solo contra ti, he pecado".
Finalmente, es al confesar el amor paternal de Dios como el salmista integra, y supera, todas las facetas de su culpa, pues lo que cuenta no es, en primer lugar, la mancha del pecado, la impureza, sino la herida que el pecador ha infligido a Dios (y a Urías, a quien David mandó asesinar…).
Renovados desde dentro, podremos alegrarnos con Jesús por la misericordia que el Padre tiene con los hombres...
Renovados desde dentro, seremos capaces de regocijarnos con Jesús por la misericordia que el Padre muestra a los hombres en general, y a cada uno de nuestros conocidos en particular, el Día de Pascua al resucitar a su Hijo. Porque, al igual que el pecado, su reverso negativo, la Resurrección es también una cuestión de relaciones personales: la gracia pascual está llamada a repercutir en los vínculos concretos que mantenemos con nuestros seres queridos.








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