La conversión no siempre se ve en grandes cambios, sino en frutos concretos que transforman la vida cotidiana
La Cuaresma no termina en el sacrificio, sino en frutos de vida nueva. La pregunta no es cuánto renunciamos, sino qué ha cambiado dentro de nosotros. La conversión auténtica deja huellas visibles: nuevas actitudes, nueva mirada, nueva libertad interior.











