A Roger le brillan los ojos cuando habla de su tío abuelo. Él querría mantener vivo su espíritu, su generosa entrega a los demás como un acto de desprendimiento.
Por eso acaba de iniciar una obra social que lleva su nombre, Antoni Naudí, enfocada en la ayuda a la infancia más vulnerable.
“Queremos seguir su legado -explica a Aleteia-: que cada acción que hagamos sea coherente con la lógica de su ministerio”.
Antoni Naudí fue un sacerdote al que todavía muchos recuerdan por sus creativas y eficaces respuestas a los problemas sociales de la segunda mitad del siglo XX en España.

Impulsó la creación de una cooperativa textil en la localidad de Linyola, una tienda de comestibles a precio de coste y de un sindicato de trabajadores y la construcción de un barrio con 162 viviendas en la ciudad de La Seu d’Urgell.
Migrantes ayer y hoy
Para Roger Naudí, los problemas actuales no difieren esencialmente de los de aquellos años.
Tal vez las personas necesitadas ya no llegan desde otras zonas de España, sino de otros países, pero siguen sufriendo las mismas necesidades de vivienda, alimentos, respeto a sus derechos humanos.

A través de su asociación de reciente creación, Roger Naudí ofrece psicoterapia gratuita, investigación, formación de terapeutas, atención jurídica y otros servicios comunitarios.
“Hemos constatado que hay una necesidad en este territorio fronterizo, especialmente en familias que han migrado de Latinoamérica -destaca-. Muchos niños han visto afectada su salud mental o su bienestar emocional”.
“Tenemos que recuperar la comunidad, crear redes -propone Roger- porque si lo ponemos todo en manos de las instituciones dejando toda la responsabilidad en el estado caemos en el peligro del individualismo”.
La alegría de dar

Para ello encuentra una gran inspiración en el hermano de su abuelo, que falleció 10 años antes de que él naciera y que no descubrió a fondo hasta la edad adulta.
El sacerdote Antoni Naudí promocionó en sus parroquias el escultismo y el acompañamiento a los jóvenes.
Con discreción y humildad, a través de las relaciones personales y de actividades culturales, formativas, de ocio,… motivaba a personas muy diversas a implicarse en la mejora de la sociedad.
“Decían que ayudaba incluso con ingenuidad, que le tomaban el pelo, pero él no lo hacía por el reconocimiento de los demás: tal vez había descubierto la alegría dar, de ser para otro”, dice Roger.
Al final de su vida, Antoni Naudí cumplió su sueño de ser misionero, acompañando a refugiados españoles de la guerra en la zona francesa de Saint Etienne.
Roger ve importante recuperar su figura y sus valores. Y considera que “el mejor homenaje que podemos rendirle es esforzarnos para reproducir su forma de actuar hasta que deje de parecernos excepcional”.









