La procesión dura dos días completos, extendiéndose hasta altas horas de la madrugada. Parejas y familias elegantemente vestidas, portando ramos de flores de colores preestablecidos y acompañadas por cientos de bandas de música, llegan a la plaza frente a la Basílica de la Virgen de los Desamparados. Las celebraciones culminan con la fiesta de san José el 19 de marzo, que pone fin a varios días de festejos. La gran presentación, en su día festivo, del hermoso vestido de su Novia —de unos 15 metros de altura y que sostiene al Niño Jesús—, congrega a los fieles en la plaza. El fragante aroma de su manto floral los recibe desde varias cuadras de distancia.
Durante la Ofrenda anual, miles de personas desfilan por la ciudad llevando flores a la Virgen de los Desamparados (Mare de Déu dels Desamparats), patrona de Valencia. A lo largo de dos días, estas ofrendas se disponen cuidadosamente formando un vasto manto floral, una imagen de devoción construida pétalo a pétalo. Cada año, el manto refleja un tema: una visión de fe y arte, así como una oración.
Este año, el manto tuvo un significado particularmente conmovedor. Diseñado por la artista valenciana Xenia Magraner, el reverso mostraba a una mujer y un niño tomados de la mano, con una paloma de la paz alzando el vuelo sobre dos intrincados lirios de la paz: una meditación visual sobre el sufrimiento y la resistencia frente a la guerra y la violencia. Las flores, que se enroscaban hacia el frente del manto, evocaban la Corona de Espinas... pero fue precisamente esa imagen de sufrimiento y odio la que abrió el camino a la madre y al niño que buscaban la paz.

¿Pero qué pasa después?
Al finalizar el festival, quedan casi 14.000 kilos de flores. Podrían haberse desechado. En cambio, la ciudad optó por un camino diferente.
El servicio municipal de limpieza de Valencia recogió las flores y las transformó en abono para los jardines de la ciudad. Lo que durante un breve periodo se convirtió en una de las imágenes religiosas más fotografiadas de la semana regresó a la tierra, esta vez para nutrir nueva vida. Es una decisión práctica, pero también profundamente simbólica.
La ofrenda en sí misma es un acto de generosidad: belleza puesta ante María sin esperar nada a cambio. Al convertir esas mismas flores en abono, la ciudad extendió ese gesto . El regalo no terminó en la festividad. Continuó, oculto, en parques y espacios verdes donde brotará nueva vida. En una cultura a menudo marcada por el exceso y el despilfarro, esta elección conllevaba una lógica diferente, más cercana a los ritmos de las Escrituras. La creación no se desecha; se transforma. Lo que se ofrece no se pierde.
El momento elegido intensifica su significado. Las Fallas concluyen el día de san José, en honor al patrón de los trabajadores, un hombre que vivió con sencillez, creó objetos materiales y sirvió a un propósito mayor a través del trabajo cotidiano.
La cuidadosa reutilización de estas flores evoca ese mismo espíritu: atento, arraigado y orientado hacia la vida. Para los visitantes, las Fallas suelen recordarse por su espectáculo: las llamas, el arte, las multitudes. Pero bajo esa energía yace algo más perdurable.









