"Demos gracias a Dios por habernos dado al príncipe Alberto II", declaró monseñor Bernard Barsi, entonces arzobispo de Mónaco, durante la Misa de entronización del hijo del difunto príncipe Rainiero III, el 19 de noviembre de 2005. "Le pedimos a Dios que conceda a nuestro príncipe soberano la luz de su Espíritu de verdad para que ejerza con delicadeza y determinación su alta y noble misión", había agregado monseñor Barsi.
Estas palabras, probablemente percibidas por algunos televidentes del resto del mundo como una simple reminiscencia de una especie de folclore religioso, se tomaron en serio en Mónaco.
Veinte años después, casi día por día, llevaron al príncipe Alberto a tomar una decisión políticamente incómoda, cuando se negó a dar su consentimiento a un proyecto de ley que legalizaba el aborto, el cual había sido aprobado por el Consejo Nacional seis meses antes por unanimidad casi total. El príncipe ordenó a su gobierno que no aplicara esta medida y que se mantuviera la normativa vigente, reservando las interrupciones del embarazo para casos extremos.
"Creo que el sistema actual expresa lo que somos, teniendo en cuenta el papel de la religión católica en nuestro país, al tiempo que garantiza un acompañamiento seguro y humano", explicó el príncipe Alberto, confirmando así el lugar central del catolicismo en la Constitución monegasca, que lo establece como religión de Estado.
Un gesto simbólico y político
Esta decisión fue recibida como una sorpresa divina en el Vaticano, donde varios responsables "elogiaron el valor del príncipe" durante su visita de enero de 2026, según indican fuentes romanas y monegascas. La decisión del príncipe Alberto se hizo eco de la negativa del rey Balduino a firmar la ley que legalizaba el aborto en Bélgica en 1990, un gesto destacado por el papa Francisco durante su visita a Bruselas en septiembre de 2024, cuando anunció la apertura del proceso de beatificación del antiguo rey de los belgas. Pero a diferencia de Bélgica, una monarquía constitucional donde, al igual que en Luxemburgo, el Reino Unido o España, el papel del soberano es esencialmente simbólico y no le permite bloquear un proceso legislativo, el príncipe de Mónaco dispone, por su parte, de un poder político real.
El padre Christian Venard, delegado episcopal para la comunicación en la diócesis de Mónaco, señala que, para tomar su decisión, el príncipe soberano "no se basó en argumentos morales, sino en un argumento constitucional". El príncipe dijo, en esencia: ‘O cambiamos la Constitución, o respetamos nuestra Constitución. Ahora bien, como príncipe, soy el garante de la Constitución. El artículo 9 convierte al Principado de Mónaco en un Estado católico’. Por lo tanto, decidió que no podía promulgar una ley contraria a los principios católicos".
Una decisión que coincide con las palabras de Benedicto XVI sobre los famosos "puntos no negociables", señala el padre Venard, quien también destaca la compatibilidad con la ética católica de la legislación monegasca sobre el final de la vida: el principado ha invertido en cuidados paliativos, rechazando toda forma de eutanasia. Teniendo en cuenta estas orientaciones del principado, que contrastan con las de Francia, el viaje del Papa a este microestado podría constituir así un mensaje para el "gran país vecino y amigo".
¿Una princesa tocada por la gracia?
En un plano más íntimo y personal, la decisión del príncipe se hizo eco de las posturas de su madre, Grace Kelly (1929-1982). En una entrevista concedida en 1971 a una revista australiana, ella había manifestado su firme oposición al aborto, "sea del tipo que sea, legal o ilegal". En cuanto al trauma psicológico resultante del aborto, la ex actriz afirmaba: "Lo siento muy profundamente. Los médicos tienden a pensar que todo termina en media hora. No es tan sencillo. Las consecuencias psicológicas duran muchos años". Unas declaraciones que iban a contracorriente en el contexto de los años setenta, marcados por el relativismo de las costumbres.
Por lo tanto, es probable que el príncipe Alberto se haya visto influido por el ejemplo de su madre, una mujer carismática y muy querida por el pueblo monegasco. La princesa Grace era una católica ferviente, especialmente devota de la Virgen de Pompeya, a quien rendía frecuentes y discretas visitas. En mayo de 2025, el príncipe Alberto II realizó una peregrinación siguiendo sus pasos al santuario de Pompeya, unos días antes de asistir en Roma a la misa de inauguración del pontificado de León XIV, quien, por su parte, acudirá allí el próximo 8 de mayo, con motivo del primer aniversario de su pontificado.
El príncipe Alberto también visitó en esa ocasión la capilla del beato Bartolo Longo, quien desde entonces ha sido proclamado santo por el Papa. El homenaje del soberano monegasco a este laico italiano se hizo eco de su compromiso con la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén, a la que el príncipe Alberto apoya y de la que posee la medalla de Gran Cruz. Además de la defensa de la vida, el apoyo a los cristianos de Oriente es también una prioridad de este príncipe, quien ha hecho del vínculo con la Iglesia católica y el papado una prioridad de su reinado.







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