En el Instituto del Sagrado Corazón, en Roma, Olivier Lamoril se ocupa cada día de cerca de 500 alumnos. Este padre de familia, antiguo oficial, decidió dejar el ejército para dedicarse a la educación. Una trayectoria singular que surge de una visión exigente y profundamente humana de la profesión de educador
Este viernes por la tarde, los pasillos están vacíos. Los alumnos del Instituto del Sagrado Corazón han salido todos a disfrutar de la suavidad de una primavera en Roma. Para Olivier Lamoril, antiguo miembro del ejército y "coordinador de actividades pedagógicas y didácticas" —llamado más sencillamente "preside" (director) por el personal italiano—, ni hablar de ir a pasear por la Ciudad Eterna ni de disfrutar de la excepcional vista del establecimiento.
Ubicado en el complejo de la Trinidad de los Montes, el Instituto del Sagrado Corazón puede presumir de ser la escuela con el panorama más hermoso de Roma. Como todos los días, las citas se suceden: asuntos administrativos, reuniones con padres de alumnos, profesores… Logramos colarnos en la apretada agenda de este apasionado de la educación.
En su pequeño despacho, enclavado entre las aulas, este joven de unos cincuenta años nos recibe bajo la mirada de Juan Pablo II y de un busto de la fundadora de esta escuela, Santa Magdalena Sofía Barat. Un grabado representa la Plaza de España, situada a unas pocas decenas de metros: el centro se encuentra junto a la iglesia de la Trinidad de los Montes, que domina Roma.
Hacer que Olivier Lamoril hable sobre la educación es fácil. Cita con entusiasmo a los papas Pablo VI, Benedicto XVI y Francisco y, por último, esta frase de Francisco de Sales, que ha convertido en su máxima: "Nos corresponde sembrar bien y regar bien, pero dar el crecimiento solo le corresponde a Dios". Para "sembrar bien y regar bien", el director apuesta por la cercanía desde su llegada a Roma al inicio del año escolar 2024.
Cada mañana, se encuentra en la puerta para saludar uno por uno a los 500 alumnos matriculados aquí. Asimismo, se enorgullece de acudir a la sala de profesores en todos los recreos para conversar con los docentes. "Para mí, la dimensión educativa y relacional siempre ha sido prioritaria frente a la dimensión administrativa que conlleva mi misión", subraya.
Olivier Lamoril es, por lo tanto, un hombre de acción. Ya lo demostró en otra etapa de su vida, ya que antes de realizarse en el mundo de la educación, fue militar. Alto, de hombros anchos y mandíbula cuadrada, casi se lo podía adivinar. "Estudié en la Escuela de Oficiales de Saint-Cyr en Coëtquidan antes de convertirme en jefe de sección", cuenta mientras se sumerge en recuerdos lejanos.
"Participé en dos operaciones en el extranjero: en Costa de Marfil y en Kosovo". Sin embargo, varias razones lo llevaron a pasar página. En primer lugar, la dimensión familiar: "Me perdí dos partos de mi esposa", recuerda este padre de seis hijos, que perdió a una niña.
También fue bajo las armas donde maduró su vocación de educador. "En el ejército hay reglas, es formador, me gustaba ese aspecto de mi profesión, ¡pero no era mi misión principal como oficial!" Así que decidió empezar de cero y presentarse a los exámenes de acceso a la docencia. Él, un hombre de acción, tuvo que acostumbrarse a un nuevo ritmo. "Durante el año que pasé preparándome para los exámenes, fui ama de casa con cuatro hijos", recuerda, divertido.
Una nueva batalla: la clase de secundaria
Una vez obtenido el CAFEP, ya no eran cuatro, sino una treintena de niños los que se sentaban frente a él cada día. Así que en 2005 se convirtió en profesor de historia y geografía. "En ese momento sabía que solo era una etapa", explica quien nunca perdió el temperamento de líder heredado de su experiencia como oficial. "Ya tenía en mente la idea de dirigir escuelas, pero antes quería conocer las alegrías y las dificultades del oficio de profesor", continúa.
El antiguo jefe de sección, que dirigía a 39 hombres que le obedecían ciegamente, recuerda sus primeras clases de catequesis con una clase de quinto de secundaria muy revoltosa. "Un horror", comenta hoy riendo. Sin embargo, esa experiencia no le desanimó. De hecho, quiso seguir enseñando incluso después de convertirse en director de la escuela en 2010. "Me parecía importante mantener el vínculo con los jóvenes", insiste.
En 2015, lo trasladaron a dirigir una escuela de 1250 alumnos, y la carga se volvió demasiado pesada como para seguir desempeñando ambas funciones. !Fue desgarrador!, reconoce, y se juró a sí mismo no perder nunca ese vínculo de cercanía con los alumnos. Aún hoy, a veces echa una mano al personal docente, !aunque en Italia no está muy bien visto que el director sea también profesor", comenta.
Al llegar a Roma, Olivier Lamoril tuvo que adaptarse a las particularidades locales. "Los italianos son primos no tan cercanos de los franceses", señala.
“Reglas y amor”
A pesar de ello, hay ciertos principios fundamentales que siguen siendo universales para que los niños crezcan de manera sana. Como miembro de la Comunidad del Emmanuel, Olivier Lamoril ha desempeñado funciones de responsabilidad en la rama de "educación" de esta comunidad, que gestiona, entre otros, escuelas en África y Haití.
Esta fue una oportunidad para él de descubrir enfoques educativos a veces radicalmente diferentes, pero también las necesidades universales de los más pequeños: "Dondequiera que estemos en el planeta, para crecer bien, un niño necesita que nos pongamos a su nivel, que le demos reglas y amor", asegura, al tiempo que insiste en el ejemplo que debe dar todo educador.
En Italia, este ferviente católico ha descubierto una relación con la religión "radicalmente diferente": "¡Aquí la cuestión de Dios es algo evidente!". Una grata sorpresa para este director de escuela, acostumbrado a las dificultades que a veces plantea el laicismo a la francesa. En Roma, puede poner en marcha una pastoral dinámica, sin obstáculos. "Acabamos de vivir un año de locos", comenta con entusiasmo. "Entre el jubileo y el cónclave, ha sido una locura de intensidad".
Esta tranquilizadora omnipresencia de la Iglesia es muy notable: el patio de los estudiantes, con vistas a Roma, ofrece una vista impresionante sobre la marea de tejados y campanarios de la ciudad eterna. Recortándose contra el cielo azul, la imponente cúpula de la basílica de San Pedro parece emerger de ese océano y velar, junto a Olivier Lamoril, por los alumnos del Sagrado Corazón.












